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Jueves, 21 de Febrero 2019
Cultura | Artes escénicas. Elisa Carrillo aceptó, por lo pronto, instruir a los dos jóvenes

Trío de ases en formación

Los hermanos Bejarano Vidal: Enrique, Rafael y Édgar, bailarines de ballet tapatíos, parten al extranjero a prepararse

Por: EL INFORMADOR

Édgar, Enrique y Rafael Bejarano Vidal en el estudio Ana Torquemada, en la pausa del mediodía de su larga jornada de entrenamiento.  /

Édgar, Enrique y Rafael Bejarano Vidal en el estudio Ana Torquemada, en la pausa del mediodía de su larga jornada de entrenamiento. /

GUADALAJARA, JALISCO (26/JUL/2012).- “El ballet no sólo es para niñas” se jacta Enrique Bejarano Vidal mientras ajusta sus zapatillas de ensayo; con nueve años de edad entiende que la danza no tiene límites ni géneros. En una charla cotidiana, este niño suelta palabras en francés, inglés y ruso, que pronuncia con agilidad y ese característico acento infantil de inocencia.

Enrique se inició en la danza clásica hace cinco años y en su pecho cuelga una medalla de oro sólido, que en 2011 ganó –junto a Dominique Mombrun- en la décima edición del Concurso Nacional de Ballet Infantil y Juvenil; por hoy, sus aspiraciones no incluyen tener el juguete de moda, sino convertirse en el mejor bailarín de ballet y emular los pasos de personajes gigantes como el ruso Mijaíl Baryshnikov o por lo pronto como el mexicano Isaac Hernández.

Enrique no tiene tiempo para ver televisión. Por la mañana cursa la primaria y en la tarde se adentra en una tarima encapsulada por cuatro muros, barras y espejos. Actualmente se prepara para explorar el mundo profesional de la mano de la maestra Ana Torquemada en la Real Academia de Ballet en Guadalajara.

El encuentro de Enrique con el ballet no es casualidad, su hermano mayor, Edgar -de 18 años de edad- fue quien despertó la inquietud de la familia Bejarano Vidal por inmiscuirse en las artes escénicas luego de interactuar como estudiante con las disciplinas artísticas del Centro de Educación Artística (Cedart) José Clemente Orozco.

Edgar desató la pasión por las puntas, los giros, saltos y attitudes, a tal grado de transmitir este anhelo bailarín a su otro hermano, el de en medio: Rafael –de 13 años de edad.

Edgar, Rafael y Enrique son jóvenes promesas del ballet mexicano. Por cuenta propia han decidido cargar una responsabilidad nacional. Están decididos. Quieren representar a Jalisco y extender la historia del ballet mexicano en las altas esferas internacionales.

Este fin de semana, Edgar y Rafael parten a la Academia Steps en Nueva York, no a competir, sino a incrementar y afinar sus conocimientos dancísticos en con una beca otorgada por la misma institución, posteriormente se trasladan a Frankfurt, Alemania a otra academia, para el mes de agosto, esta dupla planea instalarse en Alemania junto a la mexicana Elisa Carrillo –bailarina del Ballet de la Ópera de Berlín-, y así continuar con su preparación profesional.

Por su parte, Enrique disfrutará de una beca otorgada por la American Ballet Theatre, también en Nueva York.

En posición básica

“El ballet es como el sacerdocio. Es una religión que absorbe toda tu vida, esfuerzo y energía. Es una profesión muy celosa, en la que no puedes dejar de asistir a una clase, porque se nota”, dice Edgar Bejarano.

Este joven asegura que los “sacrificios” que implica esta disciplina son esfuerzos que en un futuro próximo se transformarán en logros, en premios y un nombre reconocido en México, Estados Unidos y Europa.

El alto rendimiento que el ballet requiere, no le permiten a Edgar el disfrutar de actividades propias a su edad. Las fiestas y desvelos han quedado en una prorroga indefinida: “Estoy apostando todo a la danza, de esto quiero vivir y morir (…) el ballet es una forma de vida”, expresa el hermano mayor al narrar un día común: hay que despertar a las seis de la mañana para ir al colegio, y después ir corriendo a la academia de baile desde las 16:00 hasta las 22:00 horas, de lunes a sábado. No hay tiempo para otra cosa, más que soñar y perfeccionar la danza.

Edgar no quiebra su cabeza pensando cuál licenciatura estudiar, él ya sabe que la danza será el sustento de su vida y espíritu. Por su parte, Rafael sí piensa en forjarse en otra profesión, pues en el baile cualquier cosa puede suceder; una leve lesión podría significar el acabose de todo.

La fotografía le guiña el ojo a Rafael, pero aún tiene tiempo para pensar en ello. Enrique –el más pequeño- gusta del dibujo, en ocasiones se aturde de las matemáticas que aprende en la escuela, pero también está decidido en consagrase en la danza y no parar sus giros en el aire hasta verse bailando en la Ópera de París, de Berlín o en el castillo de la reina de Dinamarca.

Puntas de oro

Los tres hermanos reconocen que el camino de la danza tiene obstáculos en México. El apoyo gubernamental existe y han sido beneficiados, pero consideran que hace falta más y mejor, para el crecimiento de artistas de primer nivel en México.

La formación inicial de los varones Bejarano inició con la maestra Doris Topete, pero ahora sienten las piernas libres para correr hacia nuevos horizontes profesionales. En la mente de Edgar rondan nombres de bailarines internacionales que representan sus aspiraciones y sueños: Carlos Acosta, José Martínez, Ángel Corella e Isaac Hernández.

El pequeño Enrique asegura que “Para ser un buen bailarín se necesita tener una mente limpia, pensar cosas buenas y que lo puedes hacer muy bien. En el ballet, la actitud es lo principal”. Entre sus mayores atributos, el niño destaca su agilidad y elasticidad, pero reconoce que hace falta mejorar la técnica y expresar más sobre el escenario: “a mi nivel estoy bien. Sé que hay niños mejores y eso es lo que tengo que superar”.

Rafael, quien aspira alcanzar niveles dancísticos como los de Ivan Vasiliev o Elisa Carrillo- considera que un buen bailarín se forja a través de las “Ganas e inspiración, sin eso, el ballet sería una rama más del arte (…) me hace falta tener más empeño y técnica. Los bailarines somos perfeccionistas y no podemos decir que este paso ya se domina, siempre tienes que mejorar”, exclama el joven al visualizarse danzando en la Compañía de Berlín, en la Ópera de París o en el Kirov Ballet de St. Petersburg, en Rusia.

El truco para no colapsar


“Me gusta llegar al escenario y que todo esté oscuro para sentir el frío de la ansiedad”, dice Rafael Bejarano, pues a demás de derrochar su danza frente al público, las circunstancias previas al acto como los ensayos generales, son lo que más disfruta del ballet.

Enrique domina al pánico escénico. Sus cuatro años de experiencia dancística lo han enseñado a disfrutar de las expectativas de los espectadores. Él prefiere no mirar las butacas y enfocar su vista en la puerta de ingreso al foro donde bailará. Ese es el truco para no colapsar en el estrés.

Para Edgar, el momento clave para enfundarse en la concentración es cuando escucha que los músicos de la orquesta afinan los instrumentos que guiarán sus movimientos y las luces comienzan a marcar la iluminación.

“Cuando bailamos no estamos en nosotros mismos. Hay una comunicación con el público pero no sentimos eso en el escenario. Me siento fuera de mí, realizado totalmente, la adrenalina está al 100 por ciento. Lo que más me ocupa en ese momento es seguir la música y dejarme llevar”, comenta.

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