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Viernes, 21 de Septiembre 2018
Cultura | La bailarina presentó el jueves por la noche su más reciente creación

Lola Lince: los movimientos del viaje

La bailarina presentó el jueves por la noche su más reciente creación, en el Estudio Diana

Por: EL INFORMADOR

'Apuntes de viaje' está constituida de tres momentos:''Estación de las cicatrices'', ''Exorcizar el mal'' y ''El retorno''.  /

'Apuntes de viaje' está constituida de tres momentos:''Estación de las cicatrices'', ''Exorcizar el mal'' y ''El retorno''. /

GUADALAJARA, JALISCO (28/ABR/2012).- Lola Lince limpió su alma. Expulsó a los fantasmas. Los retó y ganó. Su semblante de nostalgia se apoderó del escenario en el Estudio Diana la noche del pasado jueves, cuando la bailarina estrenó en Guadalajara su más reciente producción Apuntes de viaje, la escritura coreográfica como materia viva, proyecto apoyado por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca).

La bailarina, siempre abrevando de la experimentación, anudó su cuerpo con precisión, lo desenvolvió con elegancia y la serenidad con que lo hacía pareció regarse entre la gente. El público agradeció el retorno de Lince a la Perla Tapatía tras tres años de ausencia.

El paraje dancístico inició bajo un halo misterioso. Las luces ámbar transfiguraron su cuerpo en un artículo purificador de males. Esa era la misión de Lola Lince; un sonido similar al gong asiático la llevó al trance para abrazar la textura del escenario que en breve exploraría tres paisajes: “Estación de las cicatrices”, “Exorcizar el mal” y “El retorno”.

Su cuerpo se cobijó en un vestir blanco y una túnica oscura atravesada por su cintura con un grueso cintillo rojo satinado. El gong se fusionó a exclamaciones sonoras capaces de llevar al límite de la meditación a las más de 50 personas que disfrutaron de sus movimientos

Una mesa baja y circular adornada en un relieve nude representó esa exhibición de cicatrices que Lince anunció. Era el momento de compartir sus heridas curtidas y frescas. La bailarina –que ahora radica en Guanajuato- manipuló ese brote carnal, y viceversa, en un juego donde el devenir del tiempo era lo único que importaba.

Los dedos pulgares se adentraron a sus propias palmas. El aire fue abrazado tiernamente por todo su ser al sonar de los cuencos tibetanos. La túnica le sirvió para cubrirse como oruga al cambiante tocar de las cuerdas de un piano, que alegaba con recuerdos de infancia.

En tanto, Santiago Cumplido, cantante de ópera, meditaba la danza de Lola Lince desde su butaca. Es un iniciado en la técnica butoh, por lo que no dudó en acudir al espectáculo una vez que supo de la presencia de la bailarina en Guadalajara.

“Me impacta ella, su cuerpo, movimiento, energía. Me alucina. La música me fascina, es como una lluvia de sensaciones, un flashazo de diferentes emociones” expresaba el joven quien por momentos vio reflejados parajes de su vida en los movimientos de Lince.

Lola, la bailarina, se convirtió en una araña. Sus brazos y dedos tejieron algo en el espacio, quizá, la misma cueva que en instantes más tardes su capucha sería para concentrar la energía positiva que ella creaba.

En el segundo acto Lince se ausentó. Dos damas enfundadas en saco negro y pantalones de gran pata de elefante la remplazaron. El olor a incienso auguraba una próxima ceremonia cuando las dos mujeres pertenecientes a la Compañía Experimental de Lola Lince ingresaron al escenario desde las butacas traseras del foro.

Un incensario y una varilla corta en cada mano de esas guerreras féminas fueron elementos suficientes para espantar al vacío. Pelearon con el aire y lo acribillaron al estruendo de diálogos exclamados en dialectos ajenos al español. Brincar. Levantarse en puntas. Estirar el torso y los brazos. Encoger la espalda. Arrastrarse en rodillas, así culminaron esas mujeres que fueron gemelas y enemigas. Seres cercanos y distantes entre ellas mismas.

Lola Lince regresó para el tercer acto con un vestido negro de mate dorado coloreado por la luz que le desnudó la espalda. El movimiento de sus brazos la rescató del silenciado bullicio del escenario. Se acarició el rostro. Se ocultó de ella misma, del sonido y palpitar de las manecillas del reloj. Brincó en la cordura y la desfachatez hasta caer rendida y dejarse libre.

Gritó y vociferó efusivamente en solitario para vomitar en movimientos sus propias vísceras. Para explicarle al público sus experiencias carnales y espirituales traducidas en Apuntes de viaje.

La fragilidad de su cuerpo se recostó en el suelo como una hoja en otoño. Las dos damas guerreras retornaron a Lola Lince para emular a los péndulos del tiempo que corre y se agita a placer de las bailarinas al ocular los semblantes en enormes cacerolas negras.

Justo en ese momento, Lizeth Arteaga, administradora de condominios y ex alumna de Lince reconoció una de las vertebras ideológicas de Lola: la mujer.

“La prisión que tiene en sí misma y la libertad que ella se puede permitir”, dijo la espectadora al sentirse seducida por los encantos tailandeses que Lince colocó en su obra, y con “un control del cuerpo estupendo y muy bien coordinado”.

El ajuar elegante se intercambió por pantalones claros y un corsé desnudo a la espalda, que más tarde abrirían de frente para exponer rostros, piernas y brazos impregnados de color en esas delgadas mantas.

El tiempo se agotó, o Lola Lince lo rebasó. Por más de 90 minutos la bailarina exprimió sus conocimientos en técnica butoh aterrizados en una danza experimental. Así finalizó Apuntes de viaje, en el Estudio Diana con una expresión que encarna las experiencias corporales traducidas de las partituras de su vida arriba y fuera de los escenarios.

EN SUS PALABRAS

“Ni ser maestra, ni nada de íconos”

“Los pude aterrizar con claridad después de mucho extravío. De andar por caminos lodosos y pedregosos, encontrándome con mil fantasmas. Soy la intérprete de esas partituras que tienen esa peculiaridad de materia orgánica, como un algo que cambia, muta, se estimula y contrae”.

“Ni ser maestra, ni nada de íconos. Luego te encajonan y pierdes mucho. Es como una trampa, puedes perder la frescura, espontaneidad. Uno siempre tiene que estar con la actitud de un aprendiz que te permite ser libre”.

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