"Íbamos a celebrar su cumpleaños pero ya no fue posible", dice Fernando Corsantes, secretario académico del Colegio Nacional de Danza Contemporánea, dependiente del mismo Cenadac. En su lugar, la llamada madre de la danza moderna mexicana, pionera en las expresiones contemporáneas en el país, enlutó a la comunidad cultural nacional dejando un legado de bailarines, coreógrafos y público agradecidos. "Ella le dio un nombre a la danza, formó parte de los grandes que le dieron el rostro cultural y artístico a México por el cual hoy es reconocido. Colaboró con más de 100 personalidades como Carlos Monsiváis, Diego Rivera, Frida Kahlo, Carlos Chávez", recuerda Corsantes. Sus allegados le decían "La bruja", de cariño. Creadora, intérprete, maestra. Guillermina Bravo es autora de 57 coreografías en vida, "algunas de ellas parte aguas no solamente en lo que es la vida escénica del país, sino de la vida cultural". En su búsqueda por experimentar, la ruptura estética fue una constante en la trayectoria de la coreógrafa, quien se apropiaba de las técnicas para luego reconfigurarlas. Una de sus contribuciones al mundo de la danza fue la depuración que hizo de la técnica Martha Graham, lo cual le dio notoriedad a nivel internacional. "Ahora se habla de conjugación de artes y la maestra desde hace 60 años ya hacía una integración de la música, de las artes plásticas y obviamente de la danza revolucionando el arte escénico de nuestro país y colocando a los ojos del mundo como una de las vanguardias del movimiento artístico mexicano", agrega Corsantes. Querétaro, su segundo hogar El 13 de noviembre de 1920, Guillermina Bravo nació en Chacaltianguis, Veracruz. En su juventud hizo sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música y luego en la Escuela Nacional de Danza, donde fue discípula de la maestra y bailarina estadounidense Waldeen von Falkenstein, también mentora de Amalia Hernández y Gloria Mestre.