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Sábado, 16 de Febrero 2019
Cultura | Don Ignacio García Aceves

De toros y cultura

Recordar a Don Nacho no es una simple reminiscencia

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO.- Mediaba la década de los 60, cuando tuve el privilegio de conocer, al menos físicamente, a aquel impactante señor. Hoy, a un par de días (30 de mayo) del vigésimo quinto aniversario de su fallecimiento, identifico aún las huellas enormes de su firme andar por la fiesta brava de México.

Recordar a Don Nacho no es una simple reminiscencia: es otra oportunidad para meditar, no solo en sus formas, sino con mayor acento en su inmenso fondo de taurinismo, en la certeza de su perspectiva, así como identificar en él dos virtudes, elementos fundamentales de la compleja profesión de empresario taurino.

Una: buen ojo para los toreros. Y dos: la decisión para colgarlos de los carteles. Un novillero o matador solo era retirado de los anuncios cuando llegaba a lo que ahora llamamos techo. Y como para él, la fiesta era del pueblo, de su pueblo, a fin de cuentas la decisión -el tope- se evidenciaba en un sitio irrefutable: en las taquillas.

¡Eso es tanto como echar al torero a los leones! No. Antes, a su público -de la palabra pueblo- lo había informado de aquellos coletas con patas para gallo, promovidos, polemizados y hasta hechos leyenda, a través de la radio y la prensa disponibles en su tiempo (EL INFORMADOR por delante).

Ahí están en la hemeroteca de este diario planas de difusión para el coso de El Progreso, que corroboran mi dicho. Don Nacho fue sensible a la demanda y, por lo mismo, certero en su oferta.

A la distancia, hoy se habla de las circunstancias favorables que, dicen, él vivió. Pero con base en mil y un testimonios, me doy cuenta que muchas de ellas fueron no solo propiciadas, sino hasta inducidas.

A través de sus cincuenta y pico años como empresario taurino de Guadalajara, supo darle identidad y peso a su plaza. Nos hizo también sentir que, en alguna medida, El Progreso era de todos nosotros y su frecuente intransigencia la mantenía cuando tenía la razón, misma que, por hechos irrefutables, los aficionados terminábamos por entenderlo.

Así hubieron de asumir la razón algunos consejeros improvisados cuando se opuso a las instancias por algún espada. Platican de algunas respuestas (a mi parecer ingeniosas).

"Don Nacho, ¿por qué no pone a fulano? Fíjese que en equis ciudad cortó las orejas". Obvio, el empresario que ya tenía información reciente, por toda respuesta dijo: "¿Ah, sí? Pues que lo repitan allá".

O en otra ocasión, así me lo contó Miguel Ángel Martínez, cuando fue a pedirle que lo pusiera en una corrida para despedirse de la afición. Seguida por una carcajada, su respuesta fue lapidaria: "Mira Miguel… despídete por la televisión, así te ve más gente".

Sus éxitos se miden a carretadas. Mencionaré uno que me parece significativo. Cuando aquella competencia feroz (1968) con la entonces Plaza Monumental de Jalisco, a la que prácticamente se le habían ido sus toreros y, dolorosamente, algunos a quienes consideraba amigos, como un mago sacó de su chistera a Gamaliel Orozco "Curro Gama", un novillero con una personalidad que no hemos vuelto a ver desde esa época. Luego de abarrotar El Progreso, una gravísima cornada quitó de los carteles a este torero.

A pesar de todo, Don Nacho pesaba demasiado. Entonces (no puedo precisar la fecha, aunque fue cerca de 1970), en sociedad con el licenciado Alberto Bailleres, adquirieron la Monumental.

Había ganado la partida. Cerró el coso hasta su reinauguración el 20 de noviembre de 1980 con Manolo Martínez, Manolo Arruza y Miguel Espinosa "Armillita", con ganado de San Mateo, hierro legendario, ya entonces propiedad de Don Ignacio.

Felipe Aceves

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