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Viernes, 23 de Agosto 2019

Una misión que tuvo como base a los jóvenes

Medio siglo después de que Neil Armstrong y “Buzz” Aldrin caminaran sobre la superficie lunar, los jóvenes ingenieros y matemáticos jugaron un papel clave en el centro de control de la misión Apolo 11 de la NASA

Por: Alejandra Martins / BBC News Mundo

Aventurados. Griffin (primero en la imagen con la chaqueta a cuadros) y Kranz (segundo sentado, con chaqueta clara) tenían un gran conocimiento de las personas en su equipo y no temían delegar. ESPECIAL / NASA

Aventurados. Griffin (primero en la imagen con la chaqueta a cuadros) y Kranz (segundo sentado, con chaqueta clara) tenían un gran conocimiento de las personas en su equipo y no temían delegar. ESPECIAL / NASA

El ingeniero Stephen Bales aún muestra incredulidad cuando habla de su papel en la histórica misión Apolo 11, hace 50 años. El 20 de julio de 1969 el astronauta Neil Armstrong, seguido poco después por su colega Edwin “Buzz” Aldrin, dejó la primera huella humana en la superficie lunar, mientras el tercer integrante de la misión, Michael Collins, daba vueltas a la Luna en el módulo de mando. Aquel paso gigante para la humanidad, en las célebres palabras de Armstrong, es tal vez la imagen más recordada de Apolo 11.

Y uno de los roles cruciales fue desempeñado por los llamados controladores de vuelo, los ingenieros en el centro de control de la misión en Houston, Texas. Stephen Bales era uno de esos ingenieros y es uno de los protagonistas del Apolo 11 entrevistados por la BBC para la serie “13 minutos a la Luna”, que explora el dramático descenso hasta la superficie lunar y la dedicación de quienes hicieron posible esa hazaña. Los controladores venían de diferentes rincones de Estados Unidos y poseían conocimientos en campos distintos, pero tenían algo crucial en común: su juventud. La edad promedio de los ingenieros en el centro de control del Proyecto Apolo era 27 años, según el director de vuelo Glynn Lunney. Sin embargo, para la NASA, colocar tamaña responsabilidad en jóvenes que estaban recién salidos de la universidad no era un riesgo, sino una ventaja.

Stephen Bales. Tenía 26 años cuando fue uno de los ingenieros a cargo del programa de descenso a la superficie lunar.   ESPECIAL / NASA

¿Cómo acabaron tantos jóvenes en las misiones Apolo?

En mayo de 1961 el entonces presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, anunció ante el Congreso su ambiciosa meta de hacer aterrizar un hombre en la Luna antes del fin de la década. Poco antes, en abril de ese mismo año, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin se había convertido en el primer ser humano en viajar al espacio.

En medio de una tenaz carrera espacial, la NASA debió crear rápidamente un plantel de técnicos y expertos capaces de responder al desafío de Kennedy. Casi todo el mundo fue contratado con base en su currículum, sin entrevistas. Mirábamos las postulaciones y decíamos: ‘Esta persona puede ir a tal departamento o a tal otro’, señaló en una entrevista de archivo el director de vuelo, Gene Kranz, uno de los jefes de los controladores. La agencia espacial estadounidense contrató de esa manera jóvenes graduados en física, matemáticas, ingeniería y todos los campos necesarios para la misión. La idea era poner sus capacidades a prueba en la línea de fuego del trabajo.

Bales, de una comunidad rural a la NASA

Bales había crecido en una comunidad de agricultores en Iowa y fue seleccionado aún antes de finalizar sus estudios universitarios. Luego de obtener su título de ingeniero, el joven llegó a Houston como pasante en el nuevo centro de control que construía la NASA. “Mi primer trabajo, aunque no lo crean, era dar tours del centro a visitantes importantes”, recordó Bales 50 años después. “Pero siempre que podía hablaba con los ingenieros en el centro de control y sentí que ahí era donde quería estar”. Con 23 años, el joven ya trabajaba como controlador de vuelo en las misiones Gemini, previas al Proyecto Apolo. Cuando fue el turno de Apolo 11, Bales fue uno de los ingenieros a cargo de la computadora que guiaría el programa de descenso a la superficie lunar, bajo el liderazgo del director de vuelo, Gene Kranz.

No estaban asustados

“Todos los controladores de vuelo en mi equipo eran tan jóvenes que tenían caras de niños, como si no necesitaran ni siquiera afeitarse”, recordó Kranz. En el centro de control también trabajaban algunas mujeres, como Frances Northcutt, quien a los 25 años fue la primera ingeniera mujer en el centro de control de las misiones Apolo. La tarea no tenía precedentes y como eran tan jóvenes tenían una actitud de ‘vamos a ver cómo logramos esto’, dijo Gerry Griffin, director de vuelo en el programa Apolo y exdirector del Centro Espacial Johnson de la NASA. “No es que los jóvenes desconocieran los riesgos”, agregó Griffin. “Ellos entendían bien cuáles eran los riesgos, pero simplemente no tenían miedo”.

Tenían que escuchar cuatro conversaciones al mismo tiempo

La NASA preparaba a los jóvenes a través de simulaciones, en las que iba filtrando a los ingenieros no aptos para la presión extrema del centro de control. “Hacíamos esos ejercicios 10 o 12 veces al día. Cada ejercicio era seguido de un análisis inmediato de los resultados y luego había otro ejercicio y otro”, señaló el controlador de vuelo, John Aaron. Al final del día -agregó- estabas tan exhausto que siempre decíamos: “Si sobrevives a las simulaciones, la misión será un juego de niños”.

Bales también descubrió rápidamente la necesidad de desarrollar una nueva habilidad crucial. Cada equipo tenía a su cargo un aspecto de la misión y era vital la comunicación fluida en tiempo real, a través de canales o circuitos simultáneos denominados “loops”. “Una de las primeras cosas que tuve que aprender fue cómo escuchar cuatro conversaciones al mismo tiempo”, relató Bales. Esos “loops” eran constantes y era crucial captar palabras clave y entender qué significaban para tomar decisiones en cuestión de segundos.

Confianza en el equipo y capacidad de delegar

Quienes estaban a cargo de los controladores de vuelo, como Gene Kranz, también debían tener cualidades especiales. Nadie podía comprender todas las cosas que hacía todo el mundo. “El director de vuelo era como el director de una orquesta, que tal vez toca uno o dos instrumentos mejor que los músicos, pero no sabe de las sutilezas de los otros instrumentos”, señaló Bales. Había algo más importante que recordar todos los sistemas: El director de vuelo conocía a las personas y sabía al instante si había un problema en cuanto escuchaba un cambio de tono de voz, agregó Kranz. Ese conocimiento de las personas permitía a los directores de vuelo confiar en su equipo. “No tomábamos decisiones al nivel más alto, sino que las delegábamos”, afirmó Griffin. El director de vuelo entendía la información que recibía de diferentes personas, pero cada uno tenía un trozo del pastel, y las decisiones se tomaban al nivel de quien sabía más de cada función concreta. No había tiempo para elevar cada cosa a los jefes.

15 segundos que parecieron una eternidad

Las habilidades de Bales fueron puestas a prueba, especialmente durante el descenso del módulo que llevaba a Armstrong y Aldrin a la superficie lunar. Los astronautas vieron en su computadora un mensaje de alarma y en la pantalla apareció un código inesperado: 1202. En las grabaciones se percibe el cambio en el tono de voz de Armstrong y su urgencia al pedir una explicación sobre el significado de 1202. ¿Era la situación lo suficientemente seria como para interrumpir el descenso? Bales, junto al matemático de 23 años Jack Garman, debía tomar una decisión. Ambos constataron rápidamente que si los otros sistemas funcionaban bien, el mensaje 1202 no era lo suficientemente grave como para interrumpir el descenso. “Pasaron 15 segundos entre el mensaje de los astronautas y nuestra decisión de decir: ‘¡Adelante!’. Ese tiempo me pareció una eternidad, pero jamás nos detuvimos”, recordó Bales.

Todavía me emociona

Tal vez el momento de Apolo 11 que más conmovió a Bales durante su relato fue el que ocurrió durante una tensa pausa en el centro de control de la misión. Antes del histórico alunizaje, los ingenieros aguardaban la reaparición del módulo con los astronautas desde la cara oculta de la Luna. Fue entonces que Kranz hizo algo inesperado. “El nivel de preocupación de estos jóvenes era tremendo. La edad promedio de mi equipo de controladores era 26. Yo, el director de vuelo, tenía 36, y era el mayor en todo el grupo. Sentí en ese momento que tenía que hablar a mi equipo”, recordó Kranz.

Bales relató las palabras de Kranz. “Él nos dijo lo siguiente: Estamos a punto de hacer algo que nadie jamás ha hecho. Ustedes han entrenado para esto toda su vida. Vamos a hacerlo. Pero quiero que sepan que sea cual sea el resultado, cuando abandonemos esta habitación lo haremos como un equipo y no como individuos. Kranz nos dijo luego: Tranquen las puertas, estaremos aquí hasta que hayamos o bien alunizado, o bien abortado la misión, o la nave se haya estrellado”, relató Bales. “No puedes imaginar lo que significaron en ese momento esas palabras, casi no puedo decirlas por la emoción que siento todavía”. Como relata la serie “13 minutos a la Luna”, los astronautas del Apolo 11 eran apenas la punta del iceberg. Los jóvenes controladores y directores de vuelo de las misiones Apolo fueron una parte vital de aquellos miles de hombres y mujeres sin los cuales Armstrong y Aldrin jamás hubieran pisado la Luna.

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