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Lunes, 22 de Octubre 2018

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Suplementos | En este tercer domingo de Adviento, el pensamiento de la Iglesia es la felicidad del cristiano

Vivan siempre alegres

Por: El Informador

El espíritu del Adviento es la oración del deseo en un clima de alegría. ESPECIAL

El espíritu del Adviento es la oración del deseo en un clima de alegría. ESPECIAL

• Tercer domingo de Adviento
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Isaías 61, 1-2. 10-11

“Me ha enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos”.

SEGUNDA LECTURA
Primera carta de san Pablo a los tesalonicenses 5, 16-24

“Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión”.

EVANGELIO
San Juan 1, 6-8. 19-28

“En medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí”.

Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?”, Él reconoció y no negó quién era. El afirmó: “Yo no soy el Mesías”. De nuevo le preguntaron: “¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?” Él les respondió: “No lo soy”. “¿Eres el profeta?” Respondió: “No”. Le dijeron: “Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?” Juan les contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ¡Enderecen el camino del Señor!’, como anunció el profeta Isaias”.

Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: “Entonces, ¿porqué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?” Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.

Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba. (Juan 1, 6-9,19-28).

En este tercer domingo de Adviento, el pensamiento de la Iglesia es la alegría del cristiano. San Pablo –él antes Saulo de Tarso, fariseo fanático apegado no sólo a la ley, sino a la letra de la ley, con minuciosa fidelidad-, no había encontrado la alegría. La encontró, y plena, desde el feliz momento en que, camino de Damasco, el caballo en que iba lo echó por tierra, y escuchó entonces la más dulce voz que puede un hombre escuchar la voz de Cristo que le inquirió, no como reproche, sino como inicio de una eterna amistad: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.

Más adelante fue el incansable apóstol Pablo, el creyente fervoroso, feliz de haber encontrado el tesoro escondido, la perla preciosa de las parábolas del Señor.

En este domingo irradia alegría en su carta a los habitantes de Tesalónica, capital de Macedonia, al norte de Grecia. Los insta a que vivan siempre alegres y que oren sin cesar.

El espíritu del Adviento es la oración del deseo en un clima de alegría.

La alegría por la certeza de tener un Salvador; alegría preanunciada seis siglos antes por el profeta Isaías, quien dice:
“Me alegro en el señor con toda el alma, y me lleno de júbilo en mi Dios”. El motivo es el Mesías Ungido, y anuncia su advenimiento.

En los inicios de su vida pública, el Hijo de Dios “vino a Nazareth donde había sido creado y, según la costumbre, entró en el día sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías...”. (Lucas 4, 16) y dio lectura’ “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido –Jesús se presenta como lo que es, el ungido del Padre; de ahí su otro nombre, Cristo, que significa ungido– y me ha enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres –por pobres entiéndase todos los que necesitan de Él que es el Camino, la Verdad y la Vida–, a curar a los de corazón quebrantado –no sólo cuerpo, sino corazón quebrantado los que sufren grandes angustias en su alma–, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros –trajo la mayor libertad para el hombre, la interior, la del alma– y a pregonar el año de gracia del Señor”. (Isaías 61, 1-2).  Ese año de gracia anunciado allí en la sinagoga de Nazareth, es presentado aún en este siglo XXI, porque Cristo, el Ungido del Señor, Emmanuel-Dios, continúa con nosotros en el caminar de los días, los años y los siglos.

Pablo experimenta en su propia vida la presencia de Cristo y desea transmitirla, prolongarla en los creyentes de Tesalónica y, en proyección, en el creyente en el cristianismo actual.

El auténtico cristiano siempre se alegra en el Señor. Para dar testimonio de la luz. Muchos enfilaban sus pasos al desierto, para ver y escuchar a un hombre vestido con una piel de camello y ceñida su cintura con un cinturón de cuero, cuya voz clara, potente, invitaba a sus oyentes a dejar el pecado, a arrepentirse, y luego, como signo de conversión, echaba sobre sus cabezas el agua purificante de las corrientes del río Jordán.

José Rosario Ramírez M.

Las antífonas de la “O”

Las antífonas de Adviento, también conocidas como de la “O” son siete, y la Iglesia las canta con el Magnificat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre. Son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador.

Se llaman así porque todas empiezan en latín con la exclamación “O”, en castellano “Oh”. También se llaman “antífonas mayores”.

Fueron compuestas hacia los siglos VII-VIII, y se puede decir que son un magnífico compendio de la cristología más antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del A.T. como de la Iglesia del N.T.

Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre: “Oh”. La comprensión cada vez más profunda de su misterio. Y la súplica urgente: “ven”.

Cada antífona empieza por una exclamación, seguida de un título mesiánico tomado del A.T., pero entendido con la plenitud del N.T. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica: ven y no tardes más. Son las siguientes:

• Sapientia = Sabiduría
• Adonai = Señor poderoso
• Radix Jesse = Retoño de Jesé
• Clavis David = Llave de David
• Oriens = Sol
• Rex Gentium = Rey de las naciones
• Emmanuel = Emmanuel, Dios con nosotros.

Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra después de la «O», dan el acróstico «Ero cras», que significa “mañana vendré”, que es como la respuesta del Mesías a la súplica de sus fieles.

Se cantan -con la hermosa melodía gregoriana o en alguna de las versiones en las lenguas modernas- antes y después del Magnificat en las Vísperas de estos siete días, del 17 al 23 de diciembre, y también, un tanto resumidas, como versículo del aleluya antes del evangelio de la Misa.

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