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Viernes, 22 de Junio 2018

Velen y estén preparados

El Adviento es una espera, pero no una espera pasiva, sino activa: esperar un mundo más justo y poner la parte propia

Por: El Informador

Iniciar un Adviento más en nuestra historia es renovarnos en la presencia constante de Dios con nosotros. ESPECIAL

Iniciar un Adviento más en nuestra historia es renovarnos en la presencia constante de Dios con nosotros. ESPECIAL

• Primer domingo de Adviento
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Isaías 63, 16-17. 19; 64, 2-7

“Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia”.

SEGUNDA LECTURA
Primera carta de san Pablo a los corintios
1, 3-9

“Dios es quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel”.

EVANGELIO
San Marcos 13, 33-37

“Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento”.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. Así como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quién lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, porque no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”. (Marcos 13, 33-37).

La Iglesia, pueblo en marcha, va siempre en camino y perpetua renovación. La rutina lleva a la tibieza, y ésta, a la ruina.
Para el culto divino tiene la Iglesia un año litúrgico, con sus distintas luces para ir con Cristo en los diversos momentos de la vida, las obras y la palabra del Salvador.

Hoy empieza el año litúrgico. Son cuatro semanas de Adviento, así llamado este tiempo desde hace muchos siglos. Viene la palabra del latín “ad ventus”, a la venida, porque es el tiempo de preparación a la alegría de la Navidad.

En la aurora. Como es gozo para quien ha pasado larga y oscura noche, ver en el horizonte las tenues luces crecientes y adornándose de mil colores, regio anuncio de su majestad el sol, que es vida y fecundidad, el Adviento es la bella aurora que anuncia a Cristo, sol de justicia.

Como el pueblo de Israel esperaba con ansias al Mesías prometido, y se gozaba en el anuncio de los profetas y en la alegría de los patriarcas, así el pueblo cristiano aviva la esperanza y se dispone a conmemorar un año más el advenimiento del Salvador.

Isaías tiene la palabra. Vivió en Jerusalén este profeta, en el siglo octavo antes de Cristo. El libro que lleva su nombre es uno de los libros proféticos más vigorosos del Antiguo Testamento. El profeta, valiente, anunció al pueblo que el verdadero peligro para la nación era su propio pecado y la desobediencia a Dios, invitó a restablecer la justicia y predijo el advenimiento de una edad de oro: “En la plenitud de los tiempos nacerá un niño de la estirpe de David, se sentará en el trono de su padre y su reino no tendrá fin”. Isaías es el profeta del nuevo rey, y habla de un pueblo alejado que vuelve del destierro.

El pecador es también un desterrado. La historia del pueblo de Israel es la historia repetida en cada alma, en el hombre del siglo XXI. Los hombres son vagabundos, fuera de los caminos del Señor.

Isaías es una voz inspirada popular, que interpreta los sentimientos del pueblo arrepentido.

El Señor mostrará su misericordia. El Adviento es una espera, mas no una espera pasiva, sino activa: esperar un mundo más justo y poner la parte propia, el empeño personal para que se realice el advenimiento del Reino de Dios en el amor y la justicia.

Esperar activamente es buscar la personal conversión la presencia salvífica de Cristo en la propia vida.

Es una forma santa de vivir el Adviento con esperanza. La esperanza no es una evasión: la esperanza cristiana es virtual, es una confianza activa y un compromiso personal de buscar lo que se espera y trabajar para merecerlo.

A quien así espera, el Señor le mostrará su misericordia.

Ya viene el Señor. El Adviento es un tiempo para ir y encontrar al Salvador, como fueron presurosos los pastores y se postraron, llenos de alegría, ante el recién nacido recostado sobre las pajas del pesebre.

La actitud esencial del cristiano es encontrar a Cristo y conocerlo cada día más y mejor, para más amarlo y mejor servirlo.

Cristo llama continuamente al hombre con voces distintas, como son las alegrías o las tristezas de la vida diaria; pero el Adviento es un ambiente singular, un llamamiento a todos para ablandar las voluntades y abrir los ojos.

Es el Salvador. Vayamos con alegría, al encuentro del Señor. La alegría, junto a la esperanza, es un signo de este tiempo de Adviento.

En estas cuatro semanas la esperanza y la alegría han de motivar al creyente, para purificarse, para disponerse, porque va al encuentro del Señor que es Dios y que ha venido en medio de las tinieblas a salvar a todos.

José Rosario Ramírez M.

Entre las dos venidas

El inicio del Adviento nos lleva automáticamente a pensar en dos venidas, la histórica el nacimiento del Hijo de Dios en la carne, propiamente la fiesta de Navidad, y la segunda venida, la escatológica, la venida definitiva de nuestro Señor Jesucristo, el juicio final.

Pero en medio de las celebraciones del Adviento, que precisamente significa “venida”, podemos correr el grave riesgo de quedarnos en el pasado de lo acontecido o temerosos del futuro y olvidarnos del presente, que es donde si podemos hacer algo.

Lo importante es saber descubrir que las dos venidas interesan al hoy, ya que Cristo ha venido, pero debe seguir siendo acogido en el hoy. Cristo todavía debe venir, pero debe ser esperado hoy, velando. Por lo mismo es urgente despertar del sopor del exceso de pasado, pensando en que la Navidad sólo es un recuerdo de algo sucedido, y el futuro del juicio es tan lejano que nos distraemos de la vigilancia que exige nuestro presente.

Hoy somos invitados a estar vigilantes, no con temor, sino con certeza de la encarnación de Cristo, que es Dios con nosotros, presente, vivo, actual, para encaminarnos no por miedo a su venida definitiva, sino con responsabilidad a lo que nos exige encarnar en nuestra persona y obras el nacimiento de Dios, celebrar su nacimiento es estar vigilantes para hacerlo presente en todo cuanto hacemos a diario.

La vigilancia no es en defensa al mal que nos pueda acontecer, sino en la constante alerta para el bien que debemos procurar para con todos. La maravilla de no conocer ni el día ni la hora de la venida definitiva, nos lleva a una constate vigilancia en el amor que es en lo que siempre debemos estar alertas y al cien.

Iniciar un Adviento más en nuestra historia, es renovarnos en la presencia constante de Dios con nosotros, lo cual nos lleva a ser nosotros con el prójimo, hemos recibido a Cristo en la historia, es el tiempo de hacerlo presente en nuestra historia, del aquí y ahora.

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