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Viernes, 20 de Julio 2018

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Una vida en la arquitectura

Enrique Nafarrate ha dedicado sus años al arte de proyectar y construir edificios, tanto en lo académico como en lo práctico; desde la creación de numerosos edificios, hasta planes de desarrollo urbano, centros comerciales, hoteles y centros de salud  

Por: Jorge Pérez

El arquitecto complementó sus estudios con un posgrado en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura, en la Universidad Politécnica de Madrid, en los años 70. TWITTER / @GuadalajaraGob

El arquitecto complementó sus estudios con un posgrado en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura, en la Universidad Politécnica de Madrid, en los años 70. TWITTER / @GuadalajaraGob

En la Guadalajara de la primera mitad del siglo XX, los jóvenes estudiantes tenían pocas opciones cuando llegaba el momento de decidir su vocación. Las carreras eran pocas dentro de la universidad, pero gracias al esfuerzo de varios agentes dentro de las casas de estudios, eso fue cambiando con la apertura de nuevas licenciaturas, como la de arquitectura, una carrera cuya presencia cambió el rostro y ambiente de la ciudad por el ejercicio de sus profesores y el ambiente cultural que imprimieron en la capital de Jalisco.

Uno de los primeros alumnos de esa carrera en la Universidad de Guadalajara (UdeG), Enrique Nafarrate, charla sobre sus recuerdos, que también incluyen la apertura de la carrera de arquitectura en otra universidad, ésta  privada (el ITESO).

Nacido en 1930, Nafarrate rememoró que al terminar la preparatoria no existía la carrera de arquitectura en Guadalajara, por ello entró a Ingeniería Civil. A finales de la década de los 40 se abrió la Escuela de Arquitectura en UdeG: “Nos cambiamos varios amigos que estábamos para ingenieros. Antes el ingeniero Díaz Morales dio unas pláticas sobre lo que era la arquitectura. Eso era lo que queríamos hacer nosotros, aunque estuviéramos en ingeniería”, comentó el arquitecto.

Ambiente cultural y académico

Una parte importante de su éxito fue la pasión que tuvo por la disciplina: “Vivíamos apasionados por la arquitectura, algo que todavía no sabíamos bien qué era. Fue en la prepa de San Pedro, donde empezó la escuela con 15 alumnos”.

El arquitecto recordó las dinámicas de la escuela en sus primeros años, aquellas clases que “empezaban a las siete de la madrugada, terminaban a las dos de la tarde y volvíamos otra vez de cuatro a ocho. Había días donde había ambiente cultural, salíamos hasta las nueve. Eso era los seis días”.

Sobre ese ambiente cultural, el arquitecto agregó: “Eran clases de música, con el licenciado Arreola, increíblemente buenas. Yo era un iletrado en música y allí aprendí muchísimo. Aprendí del divino Bach. Había clases sobre el canónigo Ruiz Medrano, sobre estética. Había también un historiador, el licenciado Arce. Todos ya murieron”.

El ambiente cultural floreció también en la ciudad, fuera de la universidad, pero por los mismos docentes, “Díaz Morales y otros hicieron una asociación, Arquitac. Rentó una casa y cuando no teníamos clase, los miércoles por la noche, nos juntamos allí. Ya que íbamos casi para recibirnos, las conferencias las empezábamos a dar nosotros. Eso es importante, que lo tomen en cuenta a uno”.

Dentro de la escuela, el enriquecimiento de conocimientos era una constante, uno de los motivos era los invitados que tenían: “Trajeron a un arquitecto, Alberti, una eminencia en el cálculo. Nos apasionó en todo lo del cálculo, en los edificios, tener toda la claridad. En aquel tiempo el arquitecto tenía que ser el inventor, diseñador, constructor y sobre todo creador de arte. Para eso nos daban teoría de la arquitectura, estética para saber qué es la belleza”.

El arquitecto complementó sus estudios con un posgrado en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura, en la Universidad Politécnica de Madrid, en los años 70.

Valor social y estético

Nafarrate contrastó cómo se impartía cátedra antaño con los planes actuales: “Díaz Morales nos platicaba del área filosófica, de la teoría, se concreta al final en el valor arquitectónico. Está el valor social, el útil, estético, lógico urbanístico. Son los cinco valores que importan. Entiende uno esa importancia, no el valor económico nada más. Ya casi no se dan clases de todo eso. Al impartir clases trato darles pláticas sobre esos temas”.

Hay casas que hizo hace medio siglo y que todavía persisten, aunque los subsecuentes dueños han hecho modificaciones. Enrique calcula que fueron más de 100 casas las que construyó, con un número similar de edificios. Un tema recurrente en la arquitectura del siglo XX es su preservación, muchas veces sujeta a intereses privados: “Se está empezando a tomar conciencia para preservarlas. Pero por ejemplo, había una en Chapalita, de Luis Barragán. Era del licenciado Arreola. Cuando se murió la rentaron, le pusieron parches. La vendieron. Ahora ya no queda nada, o casi nada”.

 
 

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