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Jueves, 18 de Octubre 2018

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Una muestra de tiranía

Grupo Planeta comparte un fragmento del más reciente libro de Francisco Martín Moreno con los lectores de El Informador

Por: El Informador

Una magistral novela que aborda uno de los episodios más vergonzosos de racismo, esclavitud y despojo en México. CORTESÍA

Una magistral novela que aborda uno de los episodios más vergonzosos de racismo, esclavitud y despojo en México. CORTESÍA

Olegario Montemayor, hijo del productor de henequén más poderoso de Yucatán, se traslada a la Inglaterra victoriana de principios del siglo XX para estudiar en Oxford. Marion Scott, una de las pocas mujeres estudiantes en esa universidad, lo deslumbra y contagia con sus preocupaciones sociales. Juntos, viajan a Yucatán para descubrir una brutal realidad imposible de combatir desde las aulas: la obscena codicia del patriarca de la familia Montemayor y de sus socios ignora cualquier límite en su ambición por dominar el mercado del «oro verde».

Víctimas de una alianza trabada entre la dictadura porfirista, el clero y la insaciable voracidad de los finqueros, miles de peones y campesinos son sometidos por medio de las armas del tirano y de las homilías sacerdotales. En este escenario Marion y Olegario luchan para tratar de erradicar la explotación de los mayas y liberarlos de los horrores de la resignación.

Un mexicano en Oxford

Lo sabía, lo sabía, sí, siempre lo supe: al abrir una puerta iba a cambiar para siempre mi existencia y sí, en efecto, así ocurrió. Cuando entré por primera vez al salón de clases en la Universidad de Oxford para escuchar la cátedra relativa a la Historia de las Doctrinas Económicas, de pronto, paralizado en el umbral, encontré a una mujer, tal vez eterna, como si me hubiera estado esperando toda la vida sentada en el pupitre: rubia, con el pelo ligeramente caído sobre los hombros, de perfil sereno, rostro afilado, piel blanca, muy blanca, a la que deseé murmurarle mis secretos y mostrarle, como decía el poeta, lo bella que es la vida.

Vestida con una falda larga y saco color gris oscuro, de corte masculino, blusa clara rematada con una corbata verde mal anudada, las piernas cruzadas cubiertas con unas medias negras distinguibles a la altura del tobillo, distraída, ausente, según expresaba su mirada intensa extraviada en el vacío. No se percató de mi presencia. Pude observar antes de sentarme cómo su barbilla, casi ingrávida, se apoyaba sobre la palma de su mano derecha, cuyos delicados dedos extendidos acariciaban una parte de su mejilla. La imagen permaneció grabada en mi mente hasta escuchar un sonoro portazo asestado por el catedrático, al que, de dicha suerte, ya me acostumbraría con el paso del tiempo; anunciaba su arribo al aula para hacerse presente y acaparar la atención del alumnado.

¿Una mujer en la Universidad de Oxford, en 1900? ¿Habría obtenido una autorización especial de la reina Victoria? ¿Su presencia en el aula se debería al éxito de una demanda judicial promovida contra el gobierno? ¿Tendría un pariente legislador en la Cámara de los Comunes o un poderoso periodista de Londres la habría recomendado, como bien lo pudo haber hecho un destacado personaje de la Corte muy cercano al decano de Oxford?

Acto seguido y como parte, por lo visto, de una rutina, nuestro maestro, Hugh Perkins, arrojó ruidosamente un portafolio viejo de cuero café sobre el escritorio de madera desgastado. Se trataba de un conocido autor de un sinnúmero de libros dedicados al estudio de la historia de la esclavitud en el mundo entero. Después de un lacónico «good morning, ladies and gentlemen», empezó a hablar y a caminar de un lado al otro del recinto donde nos encontrábamos no más de veinte estudiantes, británicos y de otras nacionalidades. Yo era el único mexicano, según descubriría más tarde. Como corresponde a un personaje dedicado en cuerpo y alma a la investigación, al mundo de las ideas, a la búsqueda de explicaciones y a la construcción de fantasías, no le concedía la menor importancia a su aspecto físico ni a su indumentaria, lo que se podía comprobar al ver su barba cerrada, desaseada de cinco días, sus lentes de arillos pesados, su ropa de tallas muy superiores en relación con su cuerpo y su abundante cabellera despeinada, como si se hubiera levantado pocos instantes atrás.

Se advertía en sus palabras una urgencia por comunicar y transmitir conocimientos con una pasión contagiosa. En tanto se refería sin preámbulos a la conquista de la tierra iniciada siglos atrás y explicaba los móviles de los poderosos para privar de sus bienes a sus legítimos propietarios, por lo general, negros, mulatos o personajes humildes de piel cobriza, yo veía y volvía a ver a aquella misteriosa mujer con el propósito de descubrir el poderoso magnetismo que me impedía retirarle la mirada. Algún hechizo desconocido me obligaba a contemplarla constantemente…

Míster Perkins se refería a grandes territorios ubicados casi siempre en tierras ardientes, calentadas por un sol incandescente, en donde solo los insectos, ciertos animales y fieras, junto con seres humanos arcaicos, podían resistir los climas y los calores infernales de tierras ricas en oro, plata, petróleo, maderas preciosas; o terrenos dotados de una asombrosa fertilidad, propia para cultivar azúcar, café y tabaco, entre otros productos agrícolas imprescindibles y muy cotizados en Europa. Sepultados, como se encontraban, en una anacrónica resignación religiosa, víctimas de supersticiones inadmisibles, extraviados en una patética ignorancia y enceguecidos por un castrante analfabetismo, los paupérrimos pobladores de dichas comarcas eran incapaces de aquilatar y mucho menos de explotar la generosa herencia de la naturaleza. Desconocían la importancia de tener un libro en sus manos secas y encallecidas; carecían de acceso a la luz contenida en la tinta; ignoraban la existencia de leyes y tribunales para dirimir diferencias en el seno de las sociedades y se comunicaban con un número insignificante de palabras, en realidad, un lenguaje diminuto. ¡Ay, paradojas de la vida! Se encontraban postrados en una patética miseria, víctimas de precarias condiciones sanitarias, atenazados por un atraso milenario sin imaginar que la solución de sus problemas se encontraba materialmente a sus pies en la más amplia acepción de la palabra. Bien podrían estar parados, sin imaginarlo ni saberlo, sobre minas saturadas de metales, tesoros codiciados en buena parte del mundo, sobre inagotables manantiales de oro negro o simplemente sentados en tierras dotadas de poderosos nutrientes y condiciones ambientales únicas para cultivar bananas, caucho o frutas tropicales imposibles de cosechar en latitudes frías, en donde los avances del progreso y de la civilización despertaban envidias y asombro.

Los poderosos hombres de empresa, apoyados por sus gobiernos ávidos de ganancias, lucraban sin piedad con estas sociedades incapaces de aprovechar el ingenio humano, enterradas en un pavoroso olvido sin acceso alguno a formas superiores de convivencia social y política.

Los aborígenes no parecían tener noción del tiempo. Carecían de registros del pasado, de contactos con el presente y de planes para el futuro.

¿Cuál futuro…? Era la nada. Engañar a esas personas, someterlas y controlarlas resultaba muy sencillo: bastaba con sobornar, amenazar o asustar al brujo de la tribu o inventar hechicerías para abusar de su mentalidad primitiva, pues temían la ira y el castigo de la divinidad manifestada, en ocasiones, por medio de un sonoro relámpago entendido como la orden de un dios. Lo demás consistía en robarles lo suyo sin rendirle cuentas a nadie. Cualquier brote de protesta «de esos subhumanos extraídos del Pleistoceno» era sofocado por fuerzas armadas bien adiestradas, propiedad de las potencias económicas y militares, preparadas para inmovilizar por medio de sus marinas y ejércitos a dichas naciones indefensas, sujetándolas firmemente por el cuello, mientras sus empresarios saqueaban sus riquezas, con las que se financiaban redes ferroviarias, puertos, flotas mercantes, hipódromos, edificios impresionantes, clubes para uso exclusivo de sus socios adinerados, como el Golden Key Club, academias y universidades de gran postín para preparar a las nuevas generaciones, así como grandes avenidas, restaurantes y comercios reservados para dueños de automóviles, el gran alarde de la tecnología de principios del siglo XX.

¿Cómo los españoles no iban a apoderarse a sangre y fuego del oro y de la plata de sus colonias si los aborígenes ignoraban los precios vigentes en Europa para esos metales? ¿Que los indígenas morirían unos tras otros en las minas y en sus cavernas al respirar aire putrefacto con el que contraían todo tipo de enfermedades? ¡Que traigan de donde sea mano de obra esclavizada, la más barata, no importa que sean niños o mujeres!

¿Que se estaban acabando, decían los despiadados conquistadores, en realidad unos invasores europeos en América en el siglo XVI, la mayoría de ellos analfabetos y extraídos de las cárceles españolas a la fuerza para formar parte de las tripulaciones? Pues entonces a importar negros de otras latitudes, a cazarlos con redes como a las bestias en el África meridional; pues a reponerlos, lo importante eran el oro, las especias, el dinero, vinieran de donde vinieran, al costo que fuera y como fuera.

Fragmento del libro  México Esclavizado, del autor Francisco Martín Moreno, publicado en el sello Planeta. ©2018.
Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

DR

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