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Domingo, 20 de Octubre 2019
Suplementos | Vigésimo séptimo Domingo ordinario

¡Señor, que vivamos nuestra fe!

"Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', y los obedecería"

Por: El Informador

Regalo muy grande es ser creyente, tener fe, y con la fe ser seguidor de Cristo. ESPECIAL

Regalo muy grande es ser creyente, tener fe, y con la fe ser seguidor de Cristo. ESPECIAL

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA:

Ha. 1, 2-3; 2, 2-4.

¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio,
sin que me escuches,
y denunciaré a gritos la violencia que reina,
sin que vengas a salvarme?
¿Por qué me dejas ver la injusticia
y te quedas mirando la opresión?
Ante mí no hay más que asaltos y violencias,
y surgen rebeliones y desórdenes.

El Señor me respondió y me dijo:
"Escribe la visión que te he manifestado,
ponla clara en tablillas
para que se pueda leer de corrido.
Es todavía una visión de algo lejano,
pero que viene corriendo y no fallará;
si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta.
El malvado sucumbirá sin remedio;
el justo, en cambio, vivirá por su fe".

SEGUNDA LECTURA:

2 Tim. 1, 6-8. 13-14. 

Querido hermano: Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Porque el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación.

No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni te avergüences de mí, que estoy preso por su causa. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Conforma tu predicación a la sólida doctrina que recibiste de mí acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo, que habita en nosotros.

EVANGELIO:

Lc. 17, 5-10.

En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor: "Auméntanos la fe". El Señor les contestó: "Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', y los obedecería".

¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: 'Entra en seguida y ponte a comer'? ¿No le dirá más bien: 'Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú'? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?

Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: 'No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer' ".

¡Señor, que vivamos nuestra fe!

En el pasaje evangélico que nos presenta san Lucas para reflexionar en este domingo aparece aquella escena en la que los apóstoles elevan una súplica a Jesús: “Auméntanos la fe”. Petición que responde a la situación vacilante de los apóstoles y la comunidad cristiana en la que se gestó la redacción de los evangelios, y que incluso se hace extensa hasta nuestros días, una muestra muy clara de que nunca ha sido fácil creer de verdad.

Hablar de una crisis de fe no se reduce sólo al ámbito religioso, hoy se vive en medio de un ambiente de desconfianza generalizada. Las instituciones, las autoridades, los padres de familia, los amigos, los esposos, los novios, entre otros tantos más sectores de la población, son agentes de dicha desconfianza. Existe un desencanto, escepticismo e indiferencia en el corazón del hombre que surge de la indignación contra la injusticia. La duda parece ser hoy un constitutivo normal de la existencia de muchas personas derivado de que objetivamente existan razones evidentes para no confiar.

Es aquí donde debemos reflexionar en el valor que la fe tiene en la vida del hombre. Lo primero que debemos considerar en este aspecto es que la fe no es una experiencia que se pueda medir en cantidad, en todo caso, es en calidad. La fe es el misterio por el que nos fiamos de Dios como Padre, ahí está la calidad de la fe; ponemos nuestra vida en sus manos sencillamente porque su palabra, revelada en Jesús y en su evangelio, llena el corazón del hombre. No es que la fe sea ilógica, o simplemente ciega, es una opción inquebrantable de confianza. Es como el que ama, que no puede explicarse muchas veces por qué se ama a alguien. Por tanto, existe una razón secreta que nos impulsa a amar, como a creer.

Llama la atención en el evangelio, que sea el grupo de apóstoles los que piden a Jesús: “Auméntanos la fe”. Aquellos que comparten un llamado, que han experimentado la profundidad del amor en la mirada del Maestro, quienes han encontrado la plenitud de vida en las palabras del Mesías: “Ven y Sígueme”. ¿Será posible que los “maestros de la fe” ahora pidan al Señor un aumento de la misma? Sí. No solo considero posible dicha escena, veo necesario en la vida del hombre no dejar de suplicar a Dios nos conceda ese maravilloso regalo de la Fe, que lo es todo en la vida del cristiano, porque nos da una luz que todo lo ilumina, porque es alegría, optimismo, fuerza de Dios que nos infunde el temple y el talante de Jesús, un estilo nuevo para enfrentarnos a la vida.

La mirada llena de amor de parte del Maestro también es dirigida a nosotros, su dulce voz nos llama a seguirlo en nuestra vida, los latidos de su corazón infunden vida en el de cada uno de nosotros. Que la palabra de Dios nos lleve a realizar un acto de humildad, como el de los apóstoles, y le pidamos al Señor el don de la Fe. Una Fe que nos ayude a vivir compartiendo siempre la alegría del evangelio, que sea fortaleza y signo de esperanza en los momentos más difíciles de la vida, y ofrezca a los demás la paz y el amor de Dios.

Para que creyendo tengan vida eterna

El evangelista y apóstol san Juan, con inspiración de lo alto dijo esta frase, que es del siglo I y ahora, veinte siglos después, tiene la misma fuerza y la eficacia para el hombre de este tiempo. ¿Quieres salvarte? ¿Sabes, tienes profunda convicción de tu paso por el tiempo, mas con dirección, con camino a otra vida? Ni la ciencia, ni las más profundas elucubraciones de la inteligencia pueden dar la respuesta. Dios se ha manifestado. Dios interviene en la vida del hombre y le ha revelado el verdadero sentido de la existencia de cada uno y de todos. Cristo bajó para indicar el camino para llegar. Nadie, sólo Él, ha podido decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. El camino para llegar a su destino último; la verdad entre muchas verdades a medias; la verdad absoluta, la respuesta a la más profunda interrogación: “¿Yo para qué nací?”; y la vida, porque en el fondo de todo corazón humano está el anhelo de no morir para siempre, de destrucción total, y él ha venido “para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. Mas allí, ante el misterio de Dios, está el misterio de la existencia humana. La respuesta no la da la razón, ésta se queda corta: la respuesta es la fe.

El corazón tiene razones que la razón no alcanza. Esta expresión del filósofo -teólogo francés Blas Pascal es una respuesta, la del racionalismo, al intento de todo quererlo explicar con las luces de la razón. Muchas veces, en distintos tiempos, se ha pretendido poner en el trono a la razón, y siempre ha quedado un vacío, una angustia, al sentirse los hombres errantes, sin rumbo, sin dirección. Cuando la luz de la fe llega, allí está el testimonio de los grandes convertidos, todo cambia para el hombre. Camina firme, confiado. La fe proyecta una luz divina e ilustra al hombre. Cristo “abrió el camino, en cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido” (Gaudium el Spes 22). La fe es don del Espíritu Santo. El antiguo Catecismo de Ripalda se abrió paso con una pregunta y una respuesta: —¿Eres cristiano? —Sí, por la gracia de Dios, soy cristiano. Regalo muy grande es ser creyente, tener fe, y con la fe ser seguidor de Cristo, ser cristiano. Es de un corazón noble saber agradecer. Agradecer la vida, la salud. los bienes materiales, las alegrías. Pero más noble es darle gracias a Dios por habemos permitido haber nacido en un hogar cristiano: estar integrado a Cristo por el bautismo, es el mayor motivo para ser agradecidos con Dios, después del don de la vida.

Mas la fe, además de regalo divino, es una búsqueda. Porque la fe tiene grados, es perfectible; es una actitud humilde ante las manifestaciones de Dios; es una actitud sincera de responsabilidad amorosa. La fe no es “el opio del pueblo”, porque continuamente pone al hombre —ser pensante y libre— en crisis, en el predicamento de doblegarse ante los testimonios de la razón, ante la globalización comunicativa actual, ante los millares de ofertas y el contacto con cualquier creencia. Porque la fe es indemostrable, el hombre llega por fin a concluir como ser creyente; el tener fe supone de él una conversión, y esta conversión lleva al amor. Creer es creer en el amor, creer a pesar de las fuertes tendencias al egoísmo, creer en una Realidad Suprema. “Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”, así escribió San Juan a la comunidad cristiana de Asia Menor en el siglo I, y es insistente en el tema: “Amémonos, porque el amor viene de Dios, y quien ama es quien conoce a Dios y ha nacido de Dios. Nosotros hemos creído en el amor”. La fe no es aceptar un conjunto, una caja donde se guardan los dogmas revelados. No es que Dios existe, sino porque Dios es amor y ama a los seres por Él creados, interviene en la historia, Dios crea, visita, salva, en todo está su amor. Así se manifiesta Dios viviente: viene, se manifiesta y entra en relación personal con los hombres.

José Rosario Ramírez M.

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