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Martes, 19 de Noviembre 2019

Que hay un más allá, lo testifican la razón y la fe

Si el ser humano es creyente acepta, por su mismo origen en Dios, que a Dios ha de volver, y morir no es sino llegar a ese día para siempre vivir en Dios

Por: El Informador

“El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”. ESPECIAL/(

“El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”. ESPECIAL/("Cristo y Zaqueo"- Niels Larsen Stevns) Wikipedia

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA:

Sab. 11, 22-12, 2.

“Señor, delante de ti,
el mundo entero es como un grano de arena en la balanza,
como gota de rocío mañanero,
que cae sobre la tierra.

Te compadeces de todos,
y aunque puedes destruirlo todo,
aparentas no ver los pecados de los hombres,
para darles ocasión de arrepentirse.

Porque tú amas todo cuanto existe
y no aborreces nada de lo que has hecho;

pues si hubieras aborrecido alguna cosa,
no la habrías creado.

¿Y cómo podrían seguir existiendo las cosas,
si tú no lo quisieras?
¿Cómo habría podido conservarse algo hasta ahora,
si tú no lo hubieras llamado a la existencia?

Tú perdonas a todos,
porque todos son tuyos, Señor, que amas la vida,
porque tu espíritu inmortal, está en todos los seres.

Por eso a los que caen,
los vas corrigiendo poco a poco,
los reprendes y les traes a la memoria sus pecados,
para que se arrepientan de sus maldades
y crean en ti, Señor.”

SEGUNDA LECTURA:

2 Tes. 1, 11-2, 2.

“Hermanos: Oramos siempre por ustedes, para que Dios los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder, lleve a efecto tanto los buenos propósitos que ustedes han formado, como lo que ya han emprendido por la fe. Así glorificarán a nuestro Señor Jesús y él los glorificará a ustedes, en la medida en que actúe en ustedes la gracia de nuestro Dios y de Jesucristo, el Señor.

Por lo que toca a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestro encuentro con él, les rogamos que no se dejen perturbar tan fácilmente. No se alarmen ni por supuestas revelaciones, ni por palabras o cartas atribuidas a nosotros, que los induzcan a pensar que el día del Señor es inminente”.

EVANGELIO:

Lc. 19, 1-10.

“En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús; pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura. Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: 'Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa'.

Él bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: 'Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador'.

Zaqueo, poniéndose de pie, dijo a Jesús: 'Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más'. Jesús le dijo: 'Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido'”.

Una mirada distinta

La perícopa que san Lucas nos ofrece para nuestra reflexión dominical, nos presenta a Jesús en camino hacia Jerusalén, seguido por una enorme multitud, cruzando la ciudad de Jericó. Entre toda aquella muchedumbre, el evangelista resalta la figura de Zaqueo. Un lugareño dedicado a la recaudación de impuestos. Es de esperar entonces de parte de la comunidad un enorme desprecio por él al dedicar su esfuerzo en el trabajo por el bien del odiado imperio romano y, además, porque el ejercicio de sus labores ordinarias va acompañado de injusticia, fraude, robo, extorsión, usura, entre otras.

A pesar de toda la animadversión que la comunidad seguramente le manifestaba, también él, por curiosidad, quiere ver a Jesús, pero su condición de pecador público no le permitía acercarse al maestro. Incluso más, era “pequeño de estatura”, y por ello tiene que subir a un sicomoro. Es un detalle que no debemos pasar de largo. Cuántas veces hemos escuchado la siguiente frase: “querer es poder”. Zaqueo quiere ver a Jesús y porque quiere, puede. No se queda de manos cruzadas ante los obstáculos que se le presentan, no se sienta a lamentar su desventura, lucha ante los problemas y busca una solución a ellos.

La misericordia de Dios y sus insospechables sorpresas se harán presentes en la figura del Maestro en beneficio de Zaqueo, “bájate, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Qué maravillosa narración evangélica en la que Dios nos revela su deseo de estar en nuestra casa hoy. Hoy, Dios quiere amarme en los demás, darme el abrazo de paz, ofrecerme de su misericordia, animarme a seguir, alentarme en medio de mis debilidades, aconsejarme en los momentos de duda, acompañarme en el camino de la vida. Hoy es cuando, es la oportunidad de experimentar y sentir su presencia en todos nuestros seres queridos.

El trozo evangélico añade enseguida: “todos murmuraban diciendo: ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”. La manera en la que Jesús mira a Zaqueo va más allá de los pecados cometidos y los prejuicios, mira a la persona con los ojos del Padre. La actitud del Mesías nos llama a mostrarle su valor al que se equivoca, el mismo valor que Dios sigue viendo en él a pesar de todos sus errores. Ofrecer confianza a una persona es lo que le hará crecer y cambiar. Así se comporta Dios con nosotros: no lo detiene nuestro pecado, sino que lo supera con el amor.

Las pruebas que Zaqueo aporta de su verdadera conversión al bien, a la justicia, y a la solidaridad son fehacientes. Manifiesta un cambio total de mentalidad y de conducta. Su pequeña figura se agiganta gracias al amor que le hace crecer, liberándolo de su egoísmo explotador.

Es justo alabarte, Dios de la ternura y de la misericordia, porque, al provocar Jesús la conversión del publicano Zaqueo, diste pruebas contundentes de creer en el hombre a pesar de todo. Nosotros somos muy dados a juzgar negativamente a los demás, pero tú muestras tolerancia y comprensión sin límites, proclamando para hoy la salvación de los pecadores.

Que hay un más allá, lo testifican la razón y la fe

Los obispos de todo el mundo reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965) aprobaron la Constitución Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Fueron profundos estudios sobre la actitud de los hombres ante los problemas y necesidades y las soluciones para ellos. En el capítulo I “La dignidad de la persona humana”, en el número 18 plantea El misterio de la muerte. Y así dice: “El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva de su cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre. La prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología, no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctable del corazón humano”. Lo espiritual es simple, indivisible. incorruptible; eso es el alma. El alma está por encima de la materia, conoce lo abstracto, lo universal, lo infinito. Tiene una dimensión trascendente en el obrar humano. El ser humano, el único capaz de pensar, de reir, de llorar, de saberse mortal, tiene la máxima aspiración de no morir, porque si es creyente, acepta, por su mismo origen en Dios, que a Dios ha de volver, y morir no es sino llegar a ese día para siempre vivir en Dios.

La iglesia, camino de esperanza. Después de recibir el último mandato de Cristo: “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen; el que crea y se bautice, se salvará”, marcharon los doce apóstoles a anunciar por todo el mundo las verdaderas fundamentales. La primera: Cristo resucitó y vive. Toda la fuerza de la campaña emprendida por ellos hasta dar su vida por propagar esa certeza, dependió de ese hecho, el triunfo de Cristo sobre la muerte.

José Rosario Ramírez M.

La habitación de Dios en nuestras vidas

La celebración de la memoria de todos los santos y de todos nuestros muertos es un marco importante para recordar aquella frase de San Agustín en sus Confesiones: “tu autem eras Deus interior intimo meo et superior summo meo” (pero Tú, mi Dios, eras la interioridad de mi intimidad y más grande que lo más grande mío). Podemos decir con otras palabras lo mismo: Dios habita mi vida. Este “habitar” es justamente permanecer en lo hondo de mi propia vida ya hecha y de mi vida por venir. Pero no es un permanecer pasivo como un observador extraño, sino un permanecer activo en la vida que he venido haciendo a través de todas mis decisiones y en esa vida mía que tengo que seguir haciendo en el futuro que me quede. Habitar no es un mero “estar”, es un “estar haciendo”.

Nuestra vida es siempre algo por hacer de acuerdo con mi situación personal presente en la que me ha dejado lo ya vivido, de acuerdo con mis capacidades naturales y con las que he ido adquiriendo, y de acuerdo con las posibilidades que las diversas situaciones me irán abriendo. Pero no estoy solo en esta tarea porque resulta que Dios habita mi vida. Y esto quiere decir que no sólo cuento con las posibilidades que se me abren desde mi situación presente y desde lo que actualmente soy, sino que cuento también con las posibilidades que Dios abre para mi vida en esa su habitación. Es decir, Dios está abriendo posibilidades inéditas que surgen solamente de su habitar en mí. Posibilidades que yo puedo hacer mías o dejarlas pasar, pero que, primero, tengo que descubrir en lo hondo de mi propio corazón.

Apropiarse de esas posibilidades que Dios abre para mi propia vida en el hoy que vivo, en eso consiste la santidad de esa vida mía. Una posibilidad, pero no la única, es la apertura de aquélla que sólo Dios puede abrir para mí: la resurrección. Esto es lo que en estos dos días hemos celebrado: el habitar de Dios en nuestras vidas.

Héctor Garza, SJ - ITESO

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