Lunes, 15 de Agosto 2022

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Suplementos | XIV Domingo Ordinario

Presencia y testimonio

Para impactar al mundo no creyente y al hombre de hoy, el testimonio será nuestra mejor herramienta de evangelización

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos». WIKIPEDIA/

«La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos». WIKIPEDIA/"La exhortación a los apóstoles", de James Tissot

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Is 66, 10-14c.

«Alégrense con Jerusalén, gocen con ella todos los que la aman, alégrense de su alegría todos los que por ella llevaron luto, para que se alimenten de sus pechos, se llenen de sus consuelos y se deleiten con la abundancia de su gloria. Porque dice el Señor: "Yo haré correr la paz sobre ella como un río y la gloria de las naciones como un torrente desbordado. Como niños serán llevados en el regazo y acariciados sobre sus rodillas; como un hijo a quien su madre consuela, así los consolaré yo. En Jerusalén serán ustedes consolados. Al ver esto se alegrará su corazón y sus huesos florecerán como un prado. Y los siervos del Señor conocerán su poder"».

SEGUNDA LECTURA

Gal 6, 14-18.

«Hermanos: No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Porque en Cristo Jesús de nada vale el estar circuncidado o no, sino el ser una nueva creatura. Para todos los que vivan conforme a esta norma y también para el verdadero Israel, la paz y la misericordia de Dios. De ahora en adelante, que nadie me ponga más obstáculos, porque llevo en mi cuerpo la marca de los sufrimientos que he pasado por Cristo. Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con ustedes».

EVANGELIO

Lc 10, 1-12. 17-20.

«En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: "La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa digan: 'Que la paz reine en esta casa'. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: 'Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios'. Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: 'Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca'. Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad". Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre". Él les contestó: "Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo"». 

“Presencia y testimonio”

No podemos negar que nuestra sociedad vive en medio de un fenómeno denominado "increencia", por ello se vuelve urgente la necesidad de la evangelización, cuyo contenido básico es el reino de Dios, inaugurado por Jesús. Fruto de este anuncio será la paz de Dios, la paz de Cristo, la síntesis de todas las bendiciones. EL hombre actual vive rodeado de corrientes como el agnosticismo, el pragmatismo, incluso un rechazo a Dios como si se tratara del rival del hombre. Todo esto nos debe llevar a revisar la imagen que de Dios ofrecemos los cristianos.

Ante los vientos contrarios que soplan contra la barca de nuestra Iglesia, la reacción de algunos “creyentes” puede traducirse en miedo, pesimismo, o indiferencia. Se nos olvida que durante toda nuestra historia siempre hemos vivido tiempos difíciles y el actual no es una excepción.

Para el verdadero discípulo de Cristo todos estos “tiempos recios”, como decía santa Teresa de Ávila, se convierten en una gran oportunidad para que, descubriendo nuestras debilidades y carencias, vivamos una plena conversión personal y comunitaria. Para ello es necesario que entendamos y asumamos el compromiso de reconstruir nuestra propia identidad cristiana y ahondemos en nuestra experiencia de fe mediante el contacto personal con Dios, algo que en estos días hemos perdido demasiado so pretexto de vivir en medio de una pandemia, seguramente será no la de COVID sino la de la INCOHERENCIA.

En nuestro caminar ordinario podemos encontrarnos con muchos escenarios ávidos del anuncio de Cristo: los padres respecto de los hijos, los esposos entre sí, la familia, los vecinos, los amigos, el trabajo. El mayor problema no será preparar una magistral ponencia, lo más difícil en la evangelización es la presencia y el testimonio. Si de verdad queremos impactar al mundo no creyente y al hombre de hoy, el testimonio será nuestra mejor herramienta de evangelización.

Hoy como ayer, lo que más se necesita en la evangelización son testigos. Cierto es que hemos de emplear todos los medios que tenemos al alcance para propagar nuestra fe. Pero, sobre todo, hacen falta buenos testigos de esa ternura de Dios para poder penetrar profundamente en la conciencia del hombre.

La experiencia gozosa de la primera comunidad cristiana al ver cómo el reino de Dios y su paz se extendían por todas las regiones de entonces, no sin dificultades, deben ser para nosotros un motivo de alegría y esperanza. Nuestra misión, hoy como ayer, es la de ser mensajeros de la paz y alegría que para el hombre y el mundo actual supone la buena nueva de Cristo.

Para que la paz reine en nuestra casa común

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios (Mt 5, 6.9).

Las noticias que nos llegan por diversos medios de comunicación, incluyendo las tecnologías digitales, anuncian las violencias que se viven cotidianamente en México y el mundo. A las miles de personas asesinadas, desparecidas, torturadas, amenazadas y extorsionadas se les suman cada día nuevas víctimas. Se ha vuelto tan familiar la violencia que invade el territorio y lo tiñe de rojo, que el fenómeno tiende a institucionalizarse, y con ello surge la preocupación de que, sin darnos cuenta, se viva como algo normal.

Nuestra consciencia despierta y se alerta con el dolor y el sufrimiento que se experimenta cuando esas violencias se aproximan y llegan al círculo de nuestros seres queridos y allegados. ¿Por qué a mí, a mí familia o amigos? Esta es una de las primeras reacciones ante el dolor de la ausencia del ser querido.

¿Qué tenemos que hacer para que la paz y la reconciliación lleguen a todos y a cada rincón del territorio? Ante la normalización de las violencias se requieren respuestas institucionales por parte de la familia, la sociedad y, sobre todo, de la Iglesia como seguidores de Jesús. La respuesta está en las manos de todos los cristianos, mujeres y hombres de buena voluntad. Lo sentimientos que se presentan como primer paso ante el dolor se pueden vencer no sólo desde la voluntad, sino desde la fe; en palabras de san Ignacio, “más en las obras que en las palabras”.  

La autobiografía de san Ignacio nos enseña que durante su recuperación de la herida de bombarda que sufrió en su rodilla en Pamplona en 1521, experimentó un proceso de conversión. Al reconocer que antes de ese suceso era un hombre de fe que no vivía todas las actitudes de un cristiano, logra una transformación que lo lleva a descubrir la acción.  La verdadera fe es la que transforma los corazones y el mundo. Tiene que haber justicia y misericordia para vivir la paz desde la propuesta del Reino que anunció Jesús.

Luis Octavio Lozano Hermosillo, SJ - ITESO

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