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Viernes, 17 de Agosto 2018

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¿Pragmatismo o traición?

López Obrador ha integrado a su proyecto político a personajes que antes calificaba como la mafia del poder
 

Por: Enrique Toussaint

Con errores o sin ellos, el tabasqueño ha seguido a pie de juntillas un guion de campaña que hoy lo coloca como puntero y con distancia respecto a sus adversarios. EL INFORMADOR/ J.López

Con errores o sin ellos, el tabasqueño ha seguido a pie de juntillas un guion de campaña que hoy lo coloca como puntero y con distancia respecto a sus adversarios. EL INFORMADOR/ J.López

Un día le lanza un guiño a Miguel Ángel Osorio Chong. Pasan algunas horas y ya corteja a los militantes del Partido Verde enojados en Chiapas. Minutos después, le da la bienvenida a Gabriela Cuevas, panista y furiosa promotora de su desafuero en 2005. El día siguiente dice que familiares de Elba Esther Gordillo son bienvenidos en Morena, como todos los mexicanos que quieran “un cambio en el país”.

Y además que son bienvenidos con las puertas abiertas en una candidatura que une a los entusiastas juchés del Partido del Trabajo y a los ultras reaccionarios de Encuentro Social. ¿Qué está pasando con Andrés Manuel López Obrador? ¿Es pragmatismo o perdió la brújula? ¿Dónde termina el pragmatismo estratégico y comienza la traición a los principios, o la búsqueda del poder por el poder mismo?

Es innegable: López Obrador ha marcado los ritmos del debate en esta elección y sus temas han dominado el debate público. Sea la amnistía, quitar los exámenes de ingreso a las universidades, su gabinete o sus alianzas inconfesables, pero López Obrador se ha convertido en la referencia de la discusión pública en esta precampaña. Los intentos de relacionarlo con la Rusia de Vladimir Putin o las bardas en Venezuela, han sido más útiles llenar de memes las redes sociales que para contrarrestar su ventaja en las encuestas.

Con errores o sin ellos, pero el tabasqueño ha seguido a pie de juntillas un guion de campaña que hoy lo coloca como puntero y con distancia respecto a sus adversarios. Y es que José Antonio Meade sigue siendo un precandidato muy débil sin incidencia en la agenda pública y Ricardo Anaya está tratando de armar ese rompecabezas al que le llaman por México al Frente.

Sin embargo, lo más señalado de su campaña han sido sus alianzas. López Obrador pasó de ser el rey del dogmatismo, aquél que endilgaba credenciales de la mafia del poder a toda persona que no compartía su credo, a ser el rey del pragmatismo y el realismo político. Lo que en el pasado significó traición, hoy es entendido como estrategia. Lo que antes era una capitulación frente a los poderosos y al PRIAN, hoy su discurso busca presentarlo como un sano pragmatismo que le permite acercarse a Los Pinos. Lo que antes era el “haiga sido como haiga sido” del calderonismo, hoy es la inclusión de todos aquellos que “quieren cambiar a México”.

Sin embargo, más allá de la retórica y la capacidad de los dirigentes de Morena para torcer el vocabulario y redefinir sus acciones, lo real es que detrás de la estrategia de nuevas incorporaciones hay una clara admisión: nos equivocamos en no haber pactado antes. Es decir, perdimos porque otros sí realizaron las alianzas que nosotros no quisimos hacer.

Las alianzas y las incorporaciones políticas no son negativas en sí mismas. La democracia exige entendimiento entre distintos. La democracia exige canales de comunicación para encontrar consensos. Empero, las coaliciones tienen sentido sobre la base de una agenda programática. Es decir, qué cedo yo y qué cedes tú. Ambos lados renuncian al maximalismo con el objetivo de llegar a acuerdos operativos.

Las coaliciones impulsadas por Morena en el proceso electoral son opacas, electoralistas y sin principios. ¿Sabemos qué acordaron Morena y el PES, más allá de repartirse candidaturas? ¿Sabemos qué comparte Gabriela Cuevas del proyecto de Morena o los militantes del Partido Verde que hacen campaña por Morena en Chiapas, impulsados por un gobernador frívolo como Manuel Velasco? ¿Qué comparte López Obrador con el SNTE?

El pragmatismo es sano para no contaminarnos con la extrema ideologización de la política que impide cualquier esbozo de acuerdo. Sin embargo, debe tener límites. Y el límite es la capacidad de cambio. No es cierto que los cambios políticos dependan de la voluntad de una persona. El voluntarismo es importante, pero insuficiente.

Transformar una realidad tiene más que ver con los equilibrios de poder existentes, que con la simple voluntad de una persona. López Obrador ante las dudas que despiertan sus alianzas se limita a decir: el cambio lo aseguro yo, no importa cuánto sátrapa incluya en mi coalición o en mis alianzas, lo que deben valorar los mexicanos es que yo soy un candidato limpio y honesto. Un discurso así requiere más de un acto de fe que de un convencimiento racional.

Detrás de este debate, subyace un dilema que marcó la ineficacia de la transición política en México: qué tanto cambio puede hacer un gobernante, por más honesto que sea, si en su coalición política incluye a intereses de todo tipo y que muchos de ellos se oponen a cualquier modificación del estatus quo. Pasó con los gobiernos panistas, que prometieron democratización, combate a la corrupción y un nuevo sistema político.

¿Y qué pasó? Que se convirtieron más en gestores de los intereses que les acompañaron que en verdaderos promotores de la transformación del país. Así, la capacidad de cambio que tiene un político es inversamente proporcional a los intereses que suma a su coalición. Para decirlo con claridad: entre más alianzas haga López Obrador con aquellos que explican buena parte del deterioro democrático del país, es menor su capacidad de cambiar las cosa. El “haiga sido como haiga sido”, sólo nos lleva a escenarios de continuidad y profundización de los mismos problemas que afectan a los mexicanos. No hay alianzas gratuitas, todas implican sacrificios programáticos o pactos de impunidad.

Desde las campañas se construyen los gobiernos. No es cierto que un político pueda hacer todos los compromisos a diestra y siniestra y luego llegar con total independencia a tomar decisiones desde la silla. Lo que nos demuestra la transición política en México, es que la voluntad no basta, sino que los frenos y las resistencias se vuelven insuperables cuando se convierten en parte medular de la estabilidad y eficacia política de un Gobierno. Fox es el ejemplo más tangible.

El pragmatismo en exceso diluye cualquier margen de maniobra para el cambio. López Obrador nunca había estado tan cerca de la silla, pero tampoco nunca había estado tan próximo a aquellos que alguna vez definió como la mafia del poder.  

YR

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