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Viernes, 19 de Octubre 2018

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"Mil y un caminos" nos esperan en Jalisco

Pánico es el nombre del pueblo que nos llamó la atención y dio la oportunidad de visitar un recóndito lugar extraviado entre las montañas de la Sierra Madre

Por: Pedro Fernández Somellera

Diferente paisaje de estío cerca de Pánico. EL INFORMADOR/ P. Somellera

Diferente paisaje de estío cerca de Pánico. EL INFORMADOR/ P. Somellera

En esta ocasión, lo que se trataba era encontrar lugares interesantes y dignos de hacer un viaje, para “descubrirlos” y disfrutar de sus adjetivos, cualquiera que ellos fueran.

Pánico a secas, sin más ni más, se llama el pueblo, ranchería, caserío, o como le quieran llamar que nos llamó la atención; y pánico también nos dio perder la oportunidad de visitar ese recóndito pueblo extraviado entre las montañas.

Al intentar caminar rumbo a sus vetustas casas, un enorme burro prieto se atravesó frente a nosotros advirtiéndonos quien era el dueño del lugar. En cuanto detuvimos la marcha ante aquella demostración de poderío, y por si alguna duda cabía, sacó a relucir su enorme armamento que, ese sí que nos causó verdadero pánico. De puntitas y en silencio optamos por rodear por otra vereda, ante los convincentes argumentos del señor. ¡Claro que le saqué una foto! misma que mandé al hijo de un gran amigo mío, que es dueño de un elegante restaurant en las costas de Catalunya. Cayetano (así se llama el chavo) sin in más ni más, la colocó en un lugar preferido del bar, que se ha convertido en un divertido tema de conversación entre los comensales.        

Pánico, que alguna vez fue parte de un importante fundo minero, ahora es un hermoso lugar casi abandonado, perdido entre los cerros y barrancas de la Sierra Madre. En Pánico no hay nada. Hay silencio; hay viento; hay barrancas y huizaches; hay pinos y un robledal espeso en las montañas de más arriba. Una iglesita amarilla, muy sola, con su vieja cruz ya muy inclinada, parece estar esperando que alguien llegue a platicarle de los cielos prometidos. Unas cuantas casas con techos de teja, dan una incierta sombra a las mujeres que se afanan en lavar trastos y ropas muy usadas.

Las minas… hace mucho que se las acabaron los problemas. Los restos de unas viejas oficinas, que ahora sirven de corral, miran con desencanto el paisaje que parece haber sido sacado de un calendario al que nunca le arrancaron hojas.

Ahí el tiempo parece haberse detenido. Se detuvo con la Revolución y con la Cristiada; luchas fratricidas, confusas y sanguinarias que padecieron nuestros ancestros. Se detuvo con el engaño de los sindicatos. Se detuvo con el paso de los años de abandono, decepción y políticos desvergonzados. Ahí nunca pasa nada, más que cuando (desgraciadamente) pasa.

Más delante por el camino, tropezamos con Guachinango el pueblo cabecera de la región, cuyo nombre en náhuatl quiere decir “lugar de árboles”. Lo venimos a encontrar rumbo Ameca, antes de subir a Talpa y a Mascota. Bonito pueblo que disfrutamos a placer. Los tejados están cuidadosamente conservados, como queriendo darle valor a las cosas que se hacen despacio y a conciencia. La gente de ahí vive a otro ritmo. Laura Estrella vende sombreros en la tienda de la plaza principal. Unos son de los típicos de antes, y otros como los de las novelas de la televisión (no aguanté la tentación de comprar uno de los anchos típicos).

La iglesia, despampanantemente blanca, luce con orgullo su extravagante recubrimiento de miles de pedazos de loza rota. Frente a ella, una vieja cruz de cantera contrasta con lo blanco de la porcelana rota de la iglesia. Hombres viejos sentados en las bancas repintadas, platican con las volutas de humo de sus cigarros. Los jóvenes, bota picuda y sombreros de la tele, alardean de machismo entre botellas de caguamas medio llenas.

Los viejos portales vestidos de blanco y de rojo, soportan al sol que cae pesado sobre sus tejados. Guachinango es un pueblo bonito, lleno de tradiciones, que conserva su arquitectura desde tiempos de su fundación. Se respira paz. Se respira bienestar. Bien merece una visita calmadita y platicada.      

Pero, si la sangre pide todavía más aventura… habrá  que seguir por la brecha (muy sola y no muy buena) que va hacia el norte, procurando no desviarse en el poblado de La Ciénega, para seguir -siempre a la derecha- entre los vericuetos de la sierra, y cruzar allá abajo el Río de Ameca. Un poco antes de llegar a La Fundición, la brecha ya entronca con la carretera pavimentada que, hacia la izquierda va a Amatlán de Cañas, y a la derecha hasta Etzatlán.

Esta excursión, además de ser interesante y llena de anécdotas costumbristas, nos hace entender muchas de las cosas que ha padecido el campo mexicano, mismas que no debemos olvidar y muchas veces las pasamos por alto.

NB: Alguien, con gran desatino dijo de Vargas Llosa: “Buen escritor, pero mal político”; a lo que quizás debamos agregar: “Buen merolico, mucho peligro”.

YR

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