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Domingo, 21 de Octubre 2018

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Las respiraciones de Samantha Schweblin

La editorial Páginas de Espuma comparte con los lectores de EL INFORMADOR un fragmento del libro “La respiración cavernaria”

Por: El Informador

Samantha Schweblin, originaria de Buenos Aires, Argentina, presenta su más reciente obra. SUN/ ESPECIAL

Samantha Schweblin, originaria de Buenos Aires, Argentina, presenta su más reciente obra. SUN/ ESPECIAL

La lista era parte de un plan: Lola sospechaba que su vida había sido demasiado larga, tan simple y liviana que ahora carecía del peso suficiente para desaparecer. Había concluido, al analizar la experiencia de algunos conocidos, que incluso en la vejez la muerte necesitaba de un golpe final. Un empujón emocional, o físico. Y ella no podía darle a su cuerpo nada de eso. Quería morirse, pero todas las mañanas, inevitablemente, volvía a despertarse. Lo que sí podía hacer, en cambio, era organizarlo todo en esa dirección, aminorar su propia vida, reducir su espacio hasta eliminarlo por completo. De eso se trataba la lista, de eso y de mantenerse focalizada en lo importante. Recurría a ella cuando se dispersaba, cuando algo la alteraba o la distraía y olvidaba qué era lo que estaba haciendo. Era una lista breve:

Clasificarlo todo.
Donar lo prescindible.
Embalar lo importante.
Concentrarse en la muerte.
Si él se entromete, ignorarlo.

La lista la ayudaba a lidiar con su cabeza, pero para el estado deplorable de su cuerpo no había encontrado ninguna solución. Ya no aguantaba más de cinco minutos de pie, y no solo luchaba con sus problemas de la columna. A veces, su respiración se alteraba y necesitaba tomar más aire de lo normal. Entonces inhalaba todo lo que podía, y exhalaba con un sonido áspero y grave, tan extraño que nunca terminaría de asimilar como propio. Si caminaba a oscuras en la noche, de la cama al baño y del baño a la cama, el sonido le parecía el de un ser ancestral respirándole en la nuca. Nacía en las profundidades de sus pulmones y era el resultado de una necesidad física inevitable. Para disimularlo, Lola sumaba a la exhalación un silbido nostálgico, una melodía entre amarga y resignada que había ido asentándose poco a poco en ella. Lo importante está en la lista, se decía a sí misma cada vez que el desgano la inmovilizaba. Todo lo demás, le daba igual.

*

Desayunaban en silencio. Él preparaba todo y lo hacía del modo que a Lola le gustaba. Tostadas de pan integral, dos frutas cortadas en trozos pequeños, mezclados y vueltos a dividir en una porción para cada uno. En el centro de la mesa el azúcar y el queso blanco; junto a la taza de café de ella, el dulce de naranja bajo en calorías; junto al café de él, el dulce de batata y el yogur. El diario era de él, pero las secciones de salud y bienestar eran para ella y estaban dobladas junto a su servilleta, para cuando terminara de desayunar. Si ella lo mi-raba con el cuchillo de untar en la mano, él le acercaba el plato con tostadas. Si ella miraba fijamente alguna zona particular del mantel, él la dejaba estar, porque sabía que algo más estaba pasando, algo en lo que él no podía meterse. Ella lo miraba masticar, sorber el café, pasar las páginas del diario. Le miraba las manos ya tan poco masculinas, blancas y finas, las uñas limadas con prolijidad, el poco pelo que le quedaba en la cabeza. No llegaba a grandes conclusiones ni tomaba decisiones al respecto. Solo lo miraba y se recordaba a sí misma datos concretos que nunca analizaba: «hace cincuenta y siete años que estoy casada con este hombre», «esto es mi vida ahora». Cuando terminaban el desayuno llevaban las cosas hasta la pileta. Él le acercaba el banco y ella lavaba sentada. Era un banco que le permitía apoyar los codos sobre la bacha, así que casi no debía encorvarse. Él se hubiera ocu-pado de los platos sin problema, pero ella no quería deberle nada, y él la dejaba hacer. Lola lavaba despacio, pensando en el cronograma de la televisión de ese día y en su lista. La llevaba doblada en dos en el bolsillo del delantal de la cocina. Si estaba desplegada, una cruz blanca se dibujaba en el centro del papel. Sabía que pronto empezaría a romperse. A veces, en días como ese, Lola necesitaba más tiempo, terminaba de lavar y no se sentía preparada para continuar con el resto del día, así que repasaba un rato la mugre que se juntaba entre el metal y el plástico de las cucharas pequeñas, las piedras de azúcar húmeda en la tapa de la azucarera, la base oxidada de la pava, el sarro alrededor de la canilla.

Fragmento del libro “La respiración cavernaria”, de Samanta Schweblin. Publicado con autorización de la editorial Páginas de Espuma.

YR

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