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Domingo, 19 de Noviembre 2017

Suplementos

La escritura contra el dolor

Elena Méndez de la Peña es la responsable del dispensario poético, un lugar donde se promueve el bienestar emocional por medio de la lectura y la escritura
Elena Méndez de la Peña lleva algunos años al frente de uno los proyectos más interesantes si se habla de literatura y terapia: El Dispensario Poético. EL INFORMADOR / F. Atilano

Elena Méndez de la Peña lleva algunos años al frente de uno los proyectos más interesantes si se habla de literatura y terapia: El Dispensario Poético. EL INFORMADOR / F. Atilano

Según la Real Academia de la Lengua, un dispensario es un “establecimiento destinado a prestar asistencia médica y farmacéutica a enfermos que no se alojan en él”. Es decir, un lugar para sanar por medio de medicina, donde los dolientes van a apaciguar el cuerpo y recobrar la salud. Lo que no dice la Real Academia de la Lengua, es que no solo existe un tipo de dispensario, y que el quebranto no siempre es físico, también puede ser espiritual y del alma.

Eso lo sabe Elena Méndez de la Peña, una mujer que lleva algunos años al frente de uno los proyectos más interesantes si se habla de literatura y terapia: El Dispensario Poético. Ubicado en Justo Sierra 128, dentro de Casa Teodora, el espacio es un reflejo de Elena, transmite calidez, tranquilidad y mucha calma. Acaso con el hablar pausado, al llegar aquí prestas atención a las palabras y las imágenes que éstas forman.

El Dispensario Poético de Elena Méndez tiene un objetivo doble: “Primero es acompañarte por medio de la lectura, de exponerte a las ideas de un escritor, un poeta, un cuentista, en una situación emocional precisa: un duelo o un bloqueo. Y acompaño también a personas que están en proceso de desintoxicación por narcóticos o por alcohol, porque el cuarto paso de los doce por los que tienen que atravesar para su cura definitiva, es escribir su inventario moral, y la gente que no está acostumbrada a escribir y además está pasando por un proceso de esa magnitud necesita apoyo”.

Con formación en comunicación por el entonces Instituto Pío XII, hoy Univa, Elena no estaba destinada a escuchar los problemas de los demás, mucho menos a guiarlos por medio de la escritura. “Yo soy comunicóloga de formación académica, de las primeras generaciones de lo que ahora se llama Univa, que era una escuela de periodismo; después evolucionaron y agregaron Relaciones Industriales. En ese entonces se empezó a llamar ISAO; Instituto Superior Autónomo de Occidente, todo esto bajo el liderazgo de padre Santiago Méndez.  Me gradué como comunicóloga pero para entonces ya me dedicaba a la publicidad, tuve con un amigo una agencia de publicidad: Comunicación Planificada. Teníamos buena clientela y ganamos un Heraldo de la Comunicación con una campaña que hicimos para Fórmula Melódica; nos iba bien”.

La escritura como terapia

Elena no llegó a la terapia de un día para otro; antes se casó, vivió diez años en Francia, donde fue madre, y regresó a México para dirigir un salón de belleza, donde, quizá ahí el germen del Dispensario, escuchaba a su clientela.

“En el 2010 empecé a investigar sobre el tema, y la verdad es que había muy poco. Los que estaban más organizados eran los que utilizaban la poesía, incluso hay una asociación nacional en Estados Unidos. Yo hice diplomados en escritura con fines terapéuticos, con enfoque narrativo.

Lo que hago es ayudarle a la gente a encontrar su voz, ese el primer paso: antes de que alguien te corrija, o te edite, necesitas que a persona pueda decir lo que quiere decir”.

Los pacientes que llegan al Dispensario buscan sanar ante todo. Se duelen de vida, no de enfermedades, y lo que hace Elena es, como terapeuta, guiarlos, llevarlos de la mano a las simas del alma para después encontrar la luz de las cimas.

“En algunos de esos lo que suelo hacer es yo, como los escribanos de antes. Y poco a poco me dicen: ‘yo no lo habría dicho así’. Ahí me retiro, agrego, cambio, hasta que por milagro aparece la voz de la persona, siempre aparece. Y siempre aparecen los motivos por los que están aquí, a veces vienen para escribir algo que no tienen que ver con sus vidas, peros siempre va a parecer algo.  Hay gente que llega derivada por alguien: una tanatóloga, un especialista en duelo; pero también llegan personas que están en un bloqueo que no entiende, o está en una especie de caos, que dudan de todo; en esos estados emocionales necesitas a alguien para que te ayude a organizar el caos, para eso la escritura es maravillosa porque le estás dando un espacio físico a tus pensamientos”.

Los procesos que utiliza Elena con sus pacientes son en apariencia simples: leer y escribir. Sin embargo, en ese proceso siempre personal aunque se esté acompañado, es en el que surge la terapia. “La narrativa es algo muy sencillo: que tú hagas una versión definitiva de algo que ocurrió, porque si no tienes una versión propia, siempre le estás dando vueltas, a veces le agregas, o le quitas, y eso está minando tu capacidad de seguir adelante, de ser creativo, de utilizar tus talentos en otras cosas: es muy desafortunado estar en ese estado. A las situaciones más dolorosas, los traumas, secretos que vienen de familia, mientras no le des una narrativa propia y definitiva ahí está donde te detienes”.

Y agrega: “También se lee en voz alta, a los pacientes los expongo a cierto tipo de lecturas que ayuden a inspirarse. Claro, tengo mis autores de cabecera que sé que funcionan. Porque la gente dice: ‘Ah, qué bonito pero que sencillo, yo lo puedo hacer’, y lo hacen”.

Inspirada por una rebelde de la literatura

Elena Méndez es una mujer adulta con sonrisa y mirada picara. Personaje de su tiempo, vivió y disfrutó de la cultura: trabajó en radio, publicidad, escritura y en contenidos digitales. Tiene una página en la que se dedica a recomendar lugares para visitar o descubrir. Quizá por ello se identifica con la escritora danesa Karen Blixen.

“Mi heroína de la literatura es Karen Blixen, me hubiera gustado ser ella porque tuvo una inmensa capacidad de compasión por gente muy distinta a ella, cuando estuvo en África. Ella me maravilló porque era una persona de una educación exquisita a la que nada destinaba a vivir lo que vivió; y cuando regresó a su vida de la alta sociedad danesa dio otro vuelco cuando decidió en interesarse en las aventuras bohemias de Nueva York de su tiempo y alternó con Truman Capote y con gente muy mal vista de su rango social”.
 

 

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