Sábado, 17 de Abril 2021

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Suplementos | Domingo de Ramos

Ha llegado la hora del Hijo de David para ser glorificado

Jesús pudo habernos salvado desde el triunfo, la gloria, el poder; pero prefirió hacerlo desde nuestra condición humana

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«Yo os aseguro: dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya.

«Yo os aseguro: dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya."». WIKIPEDIA/«Fiesta en casa de Simón el fariseo», de Rubens.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Is. 50, 4-7.

«Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado».

SEGUNDA LECTURA

Flp. 2, 6-11.

«Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».

EVANGELIO

Mc. 14, 1-15, 47.

«Faltaban dos días para la Pascua y los Azimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo prenderle con engaño y matarle. Pues decían: "Durante la fiesta no, no sea que haya alboroto del pueblo." 

Estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, recostado a la mesa, vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo derramó sobre su cabeza.

Había algunos que se decían entre sí indignados: "¿Para qué este despilfarro de perfume? Se podía haber vendido este perfume por más de trescientos denarios y habérselo dado a los pobres." Y refunfuñaban contra ella. Mas Jesús dijo: "Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena en mí. Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis; pero a mí no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya."

Entonces, Judas Iscariote, uno de los Doce, se fue donde los sumos sacerdotes para entregárselo. Al oírlo ellos, se alegraron y prometieron darle dinero. Y él andaba buscando cómo le entregaría en momento oportuno.

El primer día de los Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: "¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?" Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: "Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: "El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?" El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros".»

Ha llegado la hora del Hijo de David para ser glorificado

Es el tiempo del aura suave que mece las hojas de los árboles; brotan flores en la campiña y los pajarillos cantan desde el amanecer: es la primavera. Es la alegría de las fiestas de la pascua y el Señor Jesús sube a Jerusalén y es recibido en triunfo. Montado en un borrico, acompañado de los 12 y de una multitud, se presenta a las puertas de su ciudad. Es la ciudad fundada por el rey David, y Jesús, como hombre, es su descendiente por la sangre y también de la realeza. Es el rey que viene a tomar, con todo derecho, posesión del trono, del reino. Cuando los magos le buscaban recién nacido, ésta era su pregunta: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”. Ahora, 33 años después, ha llegado Jesús para ser levantado en su trono y a tomar posesión de su reino. Es la solemne entrada del rey, y así lo entiende el pueblo: los sencillos, los humildes. Este es su grito: “¡Hosanna al hijo de David, el rey de Israel!”. Aplauden y cantan rebosantes de salud y alegría los muchos entonces tristes, agobiados por las enfermedades, milagrosamente por él curados. Lloran de gozo los ojos antes sin luz, ojos que él iluminó con la fuerza de su amor y su poder. Saltan y corren, cortan ramas de palmas y de árboles y los sacuden como signo de triunfo y gratitud, los antes tullidos y paralíticos. Las mujeres pecadoras de antes, sacudidas las cadenas del mal, libres ya, se unen a la multitud para alabar, para proclamar al Rey misericordioso, el que las hizo nacer de nuevo a la gracia con la gracia del perdón. Allí también estaban aquellos que de lejos le pedían ser limpiados de la horrible lepra y ahora, ya de cerca, con sus gargantas limpias le saludan a gritos. Este día de triunfo hasta desvanece en los apóstoles la incertidumbre, porque Jesús anunció seis veces, en distintos momentos y circunstancias, que iba a subir a Jerusalén “a padecer, a morir y a resucitar al tercer día”.

¿Por qué y para qué· este día de triunfo, de júbilo? ¿Por qué se lanza Jesús a esta aventura que puede costarle· la vida? ¿Por qué la gloria de un día, para derrumbarse después en las negras horas de afrentas y suplicios? Era voluntad del Padre. Ya en el Huerto de los Olivos, ante la cercanía del momento, como hombre tembló cual hoja que arrebata el huracán; pero aunque gimiera y se estremeciera su frágil cuerpo cargado de dolor y de amor, se entregó a la muerte. San Juan lo dice todo con la fuerza expresiva de tres verbos: amó, se anonadó, se entregó.

José Rosario Ramírez M.

La Cruz: signo del amor

Como cristianos, creemos y decimos que la cruz es nuestra señal, no de masoquismo espiritual, sino de fuente de vida y de liberación total, como signo que es del amor de Dios al hombre por medio de Jesucristo.

La muerte de Jesús no es una fatalidad ni mucho menos un error judicial; no es tanto culpa de quienes fueron los protagonistas en su proceso, pasión y crucifixión, cuanto resultado de la culpa de todos los hombres, de todo un mundo de pecado.

El misterio de la cruz en la vida de Jesús, y por tanto en la nuestra, es revelación cumbre de amor, y no consagración del dolor y del sufrimiento. Éste no es ni puede ser fin en sí mismo, sino sólo medio para expresar amor; la forma más verídica y más auténtica, pues nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Por eso pudo mandarnos Jesús: ámense como yo les he amado. El amor que testimonia la cruz de Cristo es la única fuerza capaz de cambiar el mundo, si los que nos decimos sus discípulos seguimos su ejemplo.

Jesús pudo habernos salvado desde el triunfo, la gloria, el poder; es decir, desde fuera, como un súper hombre. Prefirió hacerlo desde dentro de nuestra condición humana, ser uno más y optar por la humildad, obediencia, amor y renuncia, en vez de imponerse por la categoría y la fuerza, como suele ser nuestro estilo.

El Hijo de Nazaret nos invita a copiar su ejemplo, a seguirlo mediante la autonegación que nos libera, y a cargar con amor la cruz de cada día, presente de una u otra forma, y de la que inútilmente intentaremos escapar. Saber sufrir por amor y en unión con Cristo es gran sabiduría.

Cargar hoy la cruz de Cristo supone ir contra corriente: es solidarizarse con los que no cuentan socialmente; es optar por la justicia, la verdad y la libertad, aceptando las consecuencias dolorosas a las que nos conducirá tal opción; es seguir la moral de nuestra conciencia, siendo honestos con Dios cuando lo más fácil y ventajoso es traicionar la ética evangélica. Cargar con la cruz supone elegir la impopularidad en vez del aplauso inmoral; el perdón y la reconciliación en vez del odio y la venganza. Todo esto es morir con Cristo al pecado para resucitar con Él a la vida de Dios. Es respuesta de amor a Dios y a los hermanos.

Semana Santa: militar bajo el estandarte de la cruz

Entre los soldados que han dejado el ejército, sobre todo entre aquellos que tuvieron combates, se da un fenómeno muy especial: son incapaces de readaptarse a la vida civil. Alguna vez, un exmilitar amigo mío me comentaba que los valores y las actitudes que se viven en el mundo “normal” no son satisfactorios para un soldado. No hay honor, no se cumple con la palabra, no hay camaradería, no hay confianza de unos con otros. Parecería como si vivir en el ejército fuera algo que pide una completa consagración: ver el mundo con los ojos del ejército, ver el trabajo, las relaciones y toda la vida humana desde esa perspectiva.

Por eso, san Ignacio de Loyola define al cristiano convencido como alguien que “milita bajo el estandarte de la cruz”. Quiere decir que el cristiano incorpora en sí mismo un modo de vida marcado por la cruz. La Semana Santa es la fiesta central de los cristianos porque nos recuerda en qué consiste ese modo de vida. 

¿A qué se refiere la cruz de Jesús? No se refiere al sacrificio como tal. Más bien, se refiere a la vida entregada. La cruz nos recuerda el amor incondicional que Dios tiene por cada uno de nosotros, amor incondicional que aceptamos con gran agradecimiento, pero también que queremos ofrecerlo a otras personas. Entregar la vida hasta el fondo de manera incondicional, eso es lo que define la cruz de Jesús.

Cuando “militamos” bajo el estandarte de la cruz, nos consagramos a esa entrega de un modo radical. Vamos construyendo una vida en la que, como me comentaba el exmilitar, somos incapaces de adaptarnos al mundo tal como es porque ya no nos satisface. Quien mejor perfila esa realidad es san Pablo: se define como alguien “crucificado para el mundo, pero para quien el mundo está crucificado”. Un inadaptado, sí, pero porque se ha entregado por completo a la realidad del Evangelio. Vivir en estos días la Semana Santa nos plantea nuevamente la invitación cariñosa y el desafío de militar bajo la bandera de la cruz. 

Rubén Corona, SJ - ITESO

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