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Viernes, 20 de Julio 2018

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Groucho en México

Por: Enrique Toussaint

El extravío ideológico de la política mexicana nos transporta a un pantano peligroso: un juego excesivamente pragmático. EL INFORMADOR/ J. López

El extravío ideológico de la política mexicana nos transporta a un pantano peligroso: un juego excesivamente pragmático. EL INFORMADOR/ J. López

"Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Es una de las frases más populares de Groucho Marx. En una simple y sencilla sentencia, el escritor y humorista describe lo que significa el pragmatismo. E incluso, queda de manifiesto en la obra de Groucho, esa extraña y difícil convivencia entre principios e intereses cuando hablamos de política. Y es que los partidos políticos siempre se presentan con sus principios por delante, como si fueran de hierro y enmarcados en oro, pero rara vez los mantienen. Siguiendo su pensamiento, México habita un momento grouchiano.

Algunos dirán que podemos detectar el fin de las ideologías con la caída del Muro de Berlín o la entrada del nuevo siglo. Que el neoliberalismo ha supuesto el ocaso de las ideas que tenían como objetivo la transformación del mundo. O, incluso, que es una buena noticia que la política no sea ideológica. Es decir, que la izquierda pueda ser la derecha, a veces; o que la derecha, se disfrace de progresista de vez en cuando. No es tan mala noticia, nos dirían algunos. Sin embargo, el extravío ideológico de la política mexicana nos transporta a un pantano peligroso: un juego impredecible, caprichoso, personalista y excesivamente pragmático.

Las alianzas rumbo a 2018 son un espejo de dicho desvanecimiento ideológico. El PAN y el PRD, que en 2006 no se podían ni ver, que han impulsado agendas contrastantes en todas sus administraciones, hoy son los aliados más próximos. Movimiento Ciudadano se une a dicha tríada, aún incluso cuando se opusieron casi a todas las iniciativas de Acción Nacional en su momento e impulsaron a Andrés Manuel López Obrador en 2012. Y en la acera de enfrente, Morena que comparte viaje con los norcoreanos del Partido del Trabajo -camaradas del histriónico dictador- y con el Partido Encuentro Social, una organización política de extrema derecha en donde sus líderes piensan que la homosexualidad es una enfermedad y desconfían del Estado Laico. La política hace extraños compañeros de cama, reza el dicho.

El PRI, por su parte, en coalición con sus incondicionales satélites. El Verde que es lo más parecido a una empresa familiar que sólo entiende de números y asientos: cuánta lana nos toca y qué candidaturas encabezaremos. En eso, son los más transparentes, les interesa un conmino la ideología. O el Panal, nacido del Sindicato de profesores, y que bien puede pactar con unos en Michoacán, con otros en Nuevo León y con los restantes en la Presidencia. Esos son los tres frentes que buscan la Presidencia, no sabemos quién es de izquierda y quién de derecha. Tampoco qué defienden unos y qué defienden otros.

Así, la política mexicana del siglo XXI, que une a los que no comparten nada, nos coloca frente a la mayor de las incertidumbres. El eclipse de las ideologías es también el ocultamiento del debate sobre los caminos al cambio. Y es que, la ideología difícilmente se pregunta por los “Qués”. Esos, más o menos, están consensuados entre todas las formaciones políticas: más seguridad, menos corrupción, más crecimiento económico, etc. La ideología se mueve en las arenosas superficies de los “cómos”. ¿Cómo detendremos la ola de inseguridad que sacude al país? ¿Debería haber más participación del Estado o del Mercado para que la economía crezca? ¿Cómo es mejor apoyar a los que menos tienen? ¿Cómo le hacemos para que todos los jóvenes estudien? ¿Cómo logramos un país con menos contaminación? ¿Cómo logramos que todos los mexicanos tengamos los mismos derechos? Las respuestas a estas interrogantes siempre son ideológicas, aunque la clase política quiera hacernos creer que no es así.

Los partidos políticos suelen ningunear los debates ideológicos. Dicen que eso no le interesa a la gente. Que los ciudadanos quieren buenos gobiernos sin importar las ideologías. Curiosa salida. O mejor: que, por México, ¡Hay que renunciar a lo que nos divide y enfatizar lo que nos une! Eso dijo López Obrador de su alianza con Encuentro Social: en el fondo, Morena y el PES compartimos lo mismo. Dichas argucias verbales son sólo reflejo de la baja estatura de la clase política que se niega a tomar posturas en los temas más espinosos del país, sea la ley de seguridad interior o el Tratado de Libre Comercio. Todas las respuestas y posturas tienen una raíz ideológica.

Sin embargo, la política no tiene sentido sin ideología. No tiene sentido sin una serie de partidos políticos que compitan cada determinado periodo de tiempo por el voto, poniendo sobre la palestra pública diversos proyectos que parten de principios distintos. Así, la ideología no es un hecho accidental de la política, sino su esencia misma. Sin ideología, qué elegimos cada tres años: ¿al más guapo o guapa? ¿al mejor orador? ¿a quién se viste mejor? ¿a quién tiene más dinero o una mejor trayectoria? La política supone que votemos por aquél que encarna los valores que creemos que son correctos para la sociedad. El pragmatismo exacerbado mata la credibilidad en la política y profundiza la distancia entre ciudadanos y partidos.

A diferencia de la deriva de la política mexicana, nuestro país necesita más y mejor debate ideológico. Más y mejor contraste de proyectos y propuestas. Sin dicho contraste, la política se vuelve una competencia de imagen y un espectáculo de masas, pero desprovista de ideas para transformar la realidad en lo que vivimos. El pragmatismo de la clase política, en donde unos se coaligan con los otros sin compartir nada, es el indicativo más claro de la crisis que vive el sistema. Decía Bertolt Brecht que la crisis ocurre cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina por nacer. La elección de 2018 nos indica eso: estamos frente al nacimiento de un nuevo sistema de partidos. Aunque nada nos asegura que aquello que vemos gestarse será mejor que ese sistema de partidos que contemplamos en franca agonía.

DR

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