Miércoles, 24 de Abril 2024
Suplementos | IV Domingo de Cuaresma

Evangelio de hoy: Aceptar el amor de Dios

Se puede aceptar o se puede rechazar, aunque rechazarlo equivale a condenarse

Por: Dinámica pastoral UNIVA

Por pura generosidad suya, hemos sido salvados. Con Cristo y en Cristo nos ha resucitado y con él nos ha reservado un sitio en el cielo. WIKIPEDIA/«Cristo y bordón», de Carl Bloch.

Por pura generosidad suya, hemos sido salvados. Con Cristo y en Cristo nos ha resucitado y con él nos ha reservado un sitio en el cielo. WIKIPEDIA/«Cristo y bordón», de Carl Bloch.

PRIMERA LECTURA

2 Cr 36, 14-16. 19-23

«En aquellos días, todos los sumos sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, practicando todas las abominables costumbres de los paganos, y mancharon la casa del Señor, que él se había consagrado en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, los exhortó continuamente por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y quería preservar su santuario. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus advertencias y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo llegó a tal grado, que ya no hubo remedio.

Envió entonces contra ellos al rey de los caldeos. Incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén, pegaron fuego a todos los palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. A los que escaparon de la espada, los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos, hasta que el reino pasó al dominio de los persas, para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías: Hasta que el país haya pagado sus sábados perdidos, descansará de la desolación, hasta que se cumplan setenta años.

En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de las palabras que habló el Señor por boca de Jeremías, el Señor inspiró a Ciro, rey de los persas, el cual mandó proclamar de palabra y por escrito en todo su reino, lo siguiente: “Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha mandado que le edifique una casa en Jerusalén de Judá. En consecuencia, todo aquel que pertenezca a este pueblo, que parta hacia allá, y que su Dios lo acompañe”».

SEGUNDA LECTURA

Ef 2, 4-10

«Hermanos: La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Por pura generosidad suya, hemos sido salvados. Con Cristo y en Cristo nos ha resucitado y con él nos ha reservado un sitio en el cielo. Así, en todos los tiempos, Dios muestra, por medio de Jesús, la incomparable riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros.

En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir, porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos».

EVANGELIO

Jn 3, 14-21

«En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’’».

Aceptar el amor de Dios

En el evangelio de este domingo (Jn 3,14-21), el evangelista Juan nos trata de hacer entrar en la paradoja que significa el amor de Dios. Se puede aceptar o se puede rechazar, aunque rechazarlo equivale a condenarse. ¿Por qué nos propone esta disyuntiva tan drástica? Ninguna persona se ha muerto por rechazar el amor de alguien más, y cuando este fenómeno se da entre personas, hablamos de que una de las partes es “tóxica”. ¿Este Dios que nos presenta Jesús es también tóxico, celoso, contrario a la libertad?

Lo sería, en efecto, si no fuera porque su regalo es vida. Jesús no habla simplemente de aquellos que se condenan por rechazar a Dios, sino de aquellas personas que prefieren la muerte a la vida. Me dirán que, en realidad, quienes rechazan el don de Dios prefieren “la muerte de otros”. Por eso Jesús dice que “prefieren las tinieblas”, es decir, prefieren lo que no es vida. Tenemos muchos ejemplos de dinámicas de quienes “prefieren las tinieblas”: la ganancia antes que la vida, el poder antes que el servicio, el progreso antes que la justicia. 

Aceptar el amor de Dios tiene que ver con acciones, no con palabras. Jesús se refiere explícitamente a las acciones de aquél que rechaza el don de Dios; dice que “aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran.” Prefiere seguir en las acciones que no dan vida, prefiere seguir en las tinieblas. Nos pueden venir al espíritu algunos ejemplos: personas que hacen negocios con criminales y afirman que ellos no matan a nadie; impedir el acceso a la justicia, diciendo que “no se hace nada ilegal”, etc. El arte de actuar contra la vida, conservando al mismo tiempo una buena fachada, para que sus obras no se descubran: algo que tiene gran actualidad. 

Aceptar el amor de Dios sólo se hace a través de acciones, porque sólo la acción es digna de llamarse gratitud. Corresponder al amor de Dios, tener gratitud, es actuar como Él, hacer su voluntad.

Rubén Corona, SJ - ITESO

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