Viernes, 22 de Enero 2021

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Suplementos | La Epifanía del Señor

El misterio de Dios hecho hombre se manifiesta

De oriente llegaron unos magos a adorar a Jesús, pues por el Evangelio todos somos coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron». WIKIPEDIA/«Adoración de los Reyes Magos», de El Greco.

«Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron». WIKIPEDIA/«Adoración de los Reyes Magos», de El Greco.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Is. 60, 1-6.

«Levántate y resplandece, Jerusalén,
porque ha llegado tu luz
y la gloria del Señor alborea sobre ti.

Mira: las tinieblas cubren la tierra
y espesa niebla envuelve a los pueblos;
pero sobre ti resplandece el Señor
y en ti se manifiesta su gloria.
Caminarán los pueblos a tu luz
y los reyes, al resplandor de tu aurora.

Levanta los ojos y mira alrededor:
todos se reúnen y vienen a ti;
tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.
Entonces verás esto radiante de alegría;
tu corazón se alegrará, y se ensanchará,
cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar
y te traigan las riquezas de los pueblos.
Te inundará una multitud de camellos y dromedarios,
procedentes de Madián y de Efá.
Vendrán todos los de Sabá
trayendo incienso y oro
y proclamando las alabanzas del Señor».

SEGUNDA LECTURA

Ef. 3, 2-3ª. 5-6.

«Hermanos: Han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios, que se me ha confiado en favor de ustedes. Por revelación se me dio a conocer este misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, pero que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: es decir, que por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo».

EVANGELIO

Mt. 2, 1-12.

«Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”.

Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: “En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades ilustres de Judá, pues de ti saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel”.

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: “Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño y, cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo”.

Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino».

El misterio de Dios hecho hombre se manifiesta

Hoy todavía es fiesta dentro del ambiente navideño, con la alegría de tener cercano a Dios Emmanuel, Dios con nosotros, de sentir a Dios partícipe de las limitaciones humanas, inmerso ya en la historia de la humanidad. Epifanía es el nombre de esta fiesta. Es un nombre en lengua griega y significa manifestación. De suma trascendencia ha sido el acontecimiento de la llegada de Dios a la humanidad, y fue manifestada a todos, judíos y no judíos, israelitas y gentiles.

En orden como era debido, por ser el pueblo escogido, los pastores fueron los primeros en tener noticia; en ellos estaba el pueblo de Abrahán, José, Jacob, Moisés y David. Y luego, también los no judíos fueron llamados al conocimiento de la luz.

De Oriente, una caravana soportó las incomodidades de un largo viaje. Animada por la más grande esperanza: encontrar a Dios. Una estrella los guiaba. Mutuamente, esos tres hombres se animaban en su largo camino. Valía la pena todo sacrificio. En su inquieto pensar dialogaban: “¿Dónde lo encontraremos? ¿Dónde lo encontrarían? “Sigan la estrella.” Mas, oh gran tristeza, la estrella dejó de brillar en su horizonte cuando ya estaban en las cercanías de Jerusalén. Angustiados, acudieron al rey Herodes con su pregunta. Tremendo susto se llevó Herodes. Él era el rey, y le hablaban de otro rey nacido allí mismo. Turbado, mandó reunir a los intérpretes de las profecías. Y tuvieron la respuesta: “El rey de los judíos nació en Belén de Judá, porque así estaba escrito. Y así advertidos, los viajeros volvieron al camino y la estrella brilló de nuevo para ellos, conduciéndolos hasta el misterio de Dios hecho hombre. Se presentaron ante el Niño, lo adoraron, culto exclusivo a Dios y le ofrecieron oro, como rey, incienso por ser Dios y mirra por ser hombre mortal.

Dios se manifiesta al hombre de este tiempo. Tiene innumerables recursos para hacer que brille la estrella y los hombres lleguen a conocer, amar y servir a su Señor, para quien fueron sacados de la nada a la existencia, de la vida a la fe. Un testigo de estos días cuenta que encontró a Cristo después de largos meses de alcoholismo, hasta el extremo de tocar fondo. A veces una enfermedad, una gran pena y una llamada desgracia a los ojos de los hombres es en realidad una gracia muy grande de Dios, porque la desgracia los llevó a la gracia. O una alegría fue camino hacia la otra alegría: la de ver la luz y encontrar a Jesús.

José Rosario Ramírez M.

Renovar la esperanza

Al iniciar el año 2021, y en la solemnidad de la Epifanía del Señor, las palabras del profeta Isaías ameritan una escucha muy atenta: “[…] espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria” (Is 60, 2). Hace un año la población mundial no imaginaba la situación de perplejidad, de impotencia e incluso de desamparo que comenzaría a vivirse. Si bien es un hecho que la finitud humana es incuestionable, el asumirla y experimentarla en la incertidumbre nos ha remitido a nuestra dimensión de seres necesitados y frágiles. 

No obstante, es en y desde esa condición de limitación humana que la labor y presencia divinas se manifiestan en la Creación, aun en medio de una densa niebla. Sin duda, en muchos momentos del año que acaba de finalizar hemos vivido temor y desconfianza ante la ausencia de certitudes, ante la perdida de persona cercanas o conocidas, ante la avalancha de informaciones y opiniones a propósito de la situación sanitaria mundial. Y también en muchas ocasiones nos hemos quedado en silencio, sin saber cómo actuar, sin saber qué decir. Pese a todo, en ese silencio es posible sentir el acompañamiento y el consuelo, también silencioso, de otros y, en especial, de aquel nazareno que nos aseguró ser camino, verdad y vida.

El evangelio de Mateo de la liturgia de la Epifanía nos dice que unos magos de oriente vieron “surgir” una estrella que, además, los guio y les provocó una “inmensa alegría”. Recordemos que solamente en la oscuridad se perciben las estrellas con más nitidez e intensidad; y solamente en el silencio y la paz del corazón —un corazón que desee y aprenda a mirar con cariño y agradecimiento la realidad, los bienes recibidos de la divinidad y a los demás— surge le experiencia de esa consolación que, como diría san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, nos acerca al amor. Que este año que comienza renueve nuestras esperanzas, nuestra fe, y que se fortalezcan la fraternidad y el deseo de servir, de acompañar, de sanar, de escuchar, de amar. 

Arturo Reynoso, SJ  - ITESO

¡Venimos a adorarlo!

En el Evangelio de hoy hemos escuchado a los Magos manifestando sus intenciones: «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». La adoración es la finalidad de su viaje, el objetivo de su camino. De hecho, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron». Si perdemos el sentido de la adoración, perdemos el sentido de movimiento de la vida cristiana, que es un camino hacia el Señor, no hacia nosotros. Es el riesgo del que nos advierte el Evangelio, presentando, junto a los Reyes Magos, unos personajes que no logran adorar.

En primer lugar, está el rey Herodes, que usa el verbo adorar, pero de manera engañosa. De hecho, le pide a los Reyes Magos que le informen sobre el lugar donde estaba el Niño «para ir —dice— yo también a adorarlo». En realidad, Herodes sólo se adoraba a sí mismo y, por lo tanto, quería deshacerse del Niño con mentiras. ¿Qué nos enseña esto? Que el hombre, cuando no adora a Dios, está orientado a adorar su yo. E incluso la vida cristiana, sin adorar al Señor, puede convertirse en una forma educada de alabarse a uno mismo y el talento que se tiene: cristianos que no saben adorar, que no saben rezar adorando. Es un riesgo grave: servirnos de Dios en lugar de servir a Dios. Cuántas veces hemos cambiado los intereses del Evangelio por los nuestros, cuántas veces hemos cubierto de religiosidad lo que era cómodo para nosotros, cuántas veces hemos confundido el poder según Dios, que es servir a los demás, con el poder según el mundo, que es servirse a sí mismo.

Al inicio del año redescubrimos la adoración como una exigencia de fe. Si sabemos arrodillarnos ante Jesús, venceremos la tentación de ir cada uno por su camino. De hecho, adorar es hacer un éxodo de la esclavitud más grande, la de uno mismo. Adorar es poner al Señor en el centro para no estar más centrados en nosotros mismos. Es poner cada cosa en su lugar, dejando el primer puesto a Dios. Adorar es poner los planes de Dios antes que mi tiempo, que mis derechos, que mis espacios. 

Adorar es encontrarse con Jesús sin la lista de peticiones, pero con la única solicitud de estar con Él. Es descubrir que la alegría y la paz crecen con la alabanza y la acción de gracias. Cuando adoramos, permitimos que Jesús nos sane y nos cambie. 

Queridos hermanos y hermanas, hoy cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Soy un adorador cristiano?”. Muchos cristianos que oran no saben adorar. Hagámonos esta pregunta. ¿Encontramos momentos para la adoración en nuestros días y creamos espacios para la adoración en nuestras comunidades? Depende de nosotros, como Iglesia, poner en práctica las palabras que rezamos hoy en el Salmo: «Señor, que todos los pueblos te adoren». Al adorar, nosotros también descubriremos, como los Magos, el significado de nuestro camino. Y, como los Magos, experimentaremos una «inmensa alegría»

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