Domingo, 16 de Mayo 2021

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Suplementos | Segundo Domingo de Pascua

El milagro de Dios, la revelación de su poder

Pidamos hoy, como Tomás, la gracia de reconocer a Dios, de encontrar en su perdón nuestra alegría, de encontrar en su misericordia nuestra esperanza

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto». WIKIPEDIA/«La incredulidad de santo Tomás», de Sebastián López Arteaga

«Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto». WIKIPEDIA/«La incredulidad de santo Tomás», de Sebastián López Arteaga

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Hch. 4, 32-35.

«La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma; todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.

Con grandes muestras de poder, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y todos gozaban de gran estimación entre el pueblo. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían terrenos o casas, los vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno».

SEGUNDA LECTURA

1 Jn. 5, 1-6.

«Queridos hermanos: Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios; todo el que ama a un padre, ama también a los hijos de éste.

Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos, pues el amor de Dios consiste en que cumplamos sus preceptos. Y sus mandamientos no son pesados, porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y nuestra fe es la que nos ha dado la victoria sobre el mundo. Porque, ¿quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios.

Jesucristo es el que vino por medio del agua y de la sangre; él vino, no sólo con agua, sino con agua y con sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad».

EVANGELIO

Jn. 20, 19-31.

«Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre».

El milagro de Dios, la revelación de su poder

¿En qué consiste la redención, quién la da y quién la recibe? La respuesta es: Cristo resucitó. Los que le sigan resucitarán con Él. Desde el principio, el núcleo de la predicación de los apóstoles fue la resurrección de Cristo. El primer sermón en la historia de la Iglesia lo predicó San Pedro en la fiesta de Pentecostés, ante una multitud de unos tres mil reunida en la plaza, y el tema fue: “Dios resucitó a Jesús”. Este Pedro ya no era el discípulo cobarde que por miedo a unos soldados que se calentaban junto al fuego, y a una criada parlanchina negó tres veces que conocía a Jesús Nazareno. Ahora, a voz en cuello, fuerte y clara, les dice que Jesús resucitó y vive.

Él y los otros 10 compañeros serían intrépidos testigos del hecho insólito y maravilloso, porque lo vieron, lo oyeron y hasta tocaron al Señor Jesús vuelto a la vida. Tomás, ausente del Cenáculo al atardecer del primer domingo, incrédulo de todo lo que había oído, necesitaba ver y tocar para creer. En el fondo su actitud era de cobardía. Así muchos hombres ahora tienen miedo a abrirse a la fe, a la esperanza, a la dicha. Ante la certeza del sufrimiento y de la muerte, ante la conciencia de su propia limitación, de su contingencia y de la brevedad de su paso en el tiempo, el miedo los lleva a mejor no pensar, o a pedir evidencia cuando no es posible, porque la razón se doblega siempre en el campo de la fe. 

La solución personal, que nada tiene de solución, es declarar que no cree en nada ni en nadie. Pero el que dice que no cree en nada ya está creyendo que no cree; es también tener miedo de ser engañado. Sufre el que dice que no cree, y sufrir por no creer es ya de alguna manera sufrir por creer. La incredulidad es dolorosa. Tomás, por su incredulidad, sufría; y el Señor, misericordioso, quiso y pudo quitarle su sufrimiento al concederle tocar con sus dedos las huellas de los clavos en las manos y poner su mano dentro de la herida de lanza. ‘’Trae acá tu mano y métela en mi costado”. Algunos artistas con sus pinceles han plasmado esta escena: Tomás ha caído de rodillas. De la boca del antes incrédulo ha brotado como borbollón un grito, una confesión de fe, fuerte y humilde: “¡Señor mío y Dios mío!” Tomás se sintió transportado a una altura a la que nadie había llegado. Deslumbrado, anonadado, confesó en su grito que a quien había tocado era su Señor y su Dios. Dichoso Tomás, a quien a se le concedió su deseo, pero mas dichosos los que jamás han visto y sin embargo han creido. Dichosos los que no han obligado a Cristo a dejarse ver para creer en Él. En esta actualidad Cristo estará presente en el testimonio que den los que, sin ver, han creído. Muchos han llegado a Cristo por el testimonio de los buenos cristianos. En este mundo violento, incrédulo y desesperado, en el que muchos buscan sin saber siquiera lo que buscan, la solución, la respuesta, es Cristo resucitado.

José Rosario Ramírez M.

Amar para creer

Después de la muerte de Jesús nos queda claro que el estado de ánimo de los apóstoles es muy bajo: puertas cerradas por miedo a los judíos, tristeza, incomunicación, y una enorme duda racional sobre Jesús de Nazaret, en quien habían puesto toda su confianza y acaba muriendo en la cruz. En medio de este contexto común entre los doce tiene lugar la inesperada aparición del maestro al atardecer.

El evangelio de este día relata dos apariciones de Jesús resucitado. Ambas en domingo, día cultual: la primera en la tarde del mismo día de la resurrección, estando ausente el apóstol Tomás; la segunda, con Tomás presente, a los ocho días de la primera. 

En la primera aparición se destaca la misión apostólica que recibe la comunidad cristiana mediante la transmisión del Espíritu Santo: “Como el Padre me ha enviado así también los envío yo…Reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdones los pecados, les quedarán perdonados, a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar. 

En la segunda aparición hay un nuevo destinatario más particular: el apóstol Tomás que se resistía a creer a sus compañeros. 

El apóstol Tomás encarna una de las actitudes más actuales y perennes ante la fe: el racionalismo y la comprobación positiva, aplicados al objeto de la fe. Es común que, ante las dudas o crisis de fe, aflore, incluso entre los creyentes, la tendencia a buscar pruebas y seguridades. Advertimos que en el fondo de nuestro ser existe resistencia a creer; eso es lo que provoca las “incredulidad del creyente”.

No cabe duda de que la fe en Cristo muerto y resucitado es el núcleo central del mensaje cristiano al que la fe se refiere constantemente como su fuente original. Conscientes de esto, percibimos que ser creyente entraña muy serias consecuencias prácticas, pues no quedan en la pasividad teórica del “yo no lo comprendo, pero creo”. Por eso surge la tensión dialéctica, no exclusiva de Tomás, entre la fe y la razón, fe e incredulidad, fe e inseguridad, fe y oscuridad. Por eso “lógicamente” pedimos luz y pruebas para creer y aceptar a Dios en nuestra vida personal y moral, afectiva, familiar, social, laboral…

Seamos sinceros: ¿Por qué nos cuesta tanto creer de verdad? Por extrema crítica racional, por miedo al riesgo, por falta de comprensión y generosidad, por falta de amor. Pues en la medida que tomamos contacto con el dolor y el sufrimiento de los hermanos enfermos, pobres, humillados y oprimidos, descubrimos al Señor en sus miembros. Sin verlo físicamente, lo veremos por la fe y creeremos en Él. “Dichosos los que crean sin haber visto”.

Tomás, después de haber visto las llagas del Señor, creyó y exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!”. Entrando en el misterio de Dios a través de las llagas, comprendemos que la misericordia no es una entre otras cualidades suyas, sino el latido mismo de su corazón. Pidamos hoy, como Tomás, la gracia de reconocer a Dios, de encontrar en su perdón nuestra alegría, de encontrar en su misericordia nuestra esperanza.

Resurrección y fe

Imaginemos el ambiente de incertidumbre y desolación que corresponde a la narración del Evangelio. Los discípulos vivían la ausencia de Jesús y su reciente pasión y muerte. Se sentían solos, desorientados, amenazados. El caso de Tomás es particularmente significativo. Al no haber estado cuando Jesús se hizo presente, sus dudas y su confusión eran mayores. No es que dude de la veracidad de lo que le cuentan sus compañeros, más bien le falta tener la certeza de que realmente era Él quien se había presentado.

La cultura actual nos ofrece dos esquemas de pensamiento que implican dificultades para la fe y la esperanza. Por un lado, el pensamiento científico, que supone poner en duda las ideas que la mente y el entorno nos ofrecen, mientras no resulten comprobadas con hechos observables, dentro de un marco conceptual aceptado (esto se parece a lo que Tomás solicitaba). Por otro lado, la abundancia de información falsa, ingenua o mal intencionada, exige de nosotros un pensamiento analítico y crítico para no creernos cualquier cosa y resultar engañados. Creer y dudar son dos actos humanos, en los cuales nos apoyamos para navegar por la vida.

Por eso Jesús, en su siguiente visita, se muestra comprensivo con Tomás. No lo reprende por su incredulidad, sino que le muestra sus heridas y lo invita a constatarlas. A este momento le sigue una invitación de Jesús dirigida a todos, a creer “sin ver”. Pero no se refiere a fomentar una fe ingenua y desinformada, sino a cultivar una relación profunda y personal entre nosotros y Él. Nos llama a “conectar” desde lo más hondo con el propio Jesús y su testimonio de amor a los demás y de compromiso con la justicia.

Al llamar bienaventurados a quienes logran creer sin ver, Jesús festeja la capacidad de vivir una dimensión de la existencia humana mucho más rica y profunda de lo que se puede argumentar y sustentar sólo con hechos tangibles. La fe permite ampliar así el horizonte de la existencia humana; nos otorga la luz para responder a la pregunta que se hacía San Ignacio: ¿A dónde voy y a qué?

Luis Arriaga Valenzuela, SJ - rector del ITESO
 

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