Domingo, 28 de Febrero 2021

LO ÚLTIMO DE Suplementos

Suplementos | Segunda semana del tiempo ordinario

El hombre en busca de Dios

El Evangelio de este domingo es una invitación dulce: “Ven, sígueme, ven acá donde yo vivo”.

Por: Dinámica pastoral univa

La Iglesia tiene la bella tarea de poner a la humanidad en contacto con Jesús, hablarle del descubrimiento que ella misma ha hecho. WIKIPEDIA/«Vocación de los apóstoles», de Ghirlandaio

La Iglesia tiene la bella tarea de poner a la humanidad en contacto con Jesús, hablarle del descubrimiento que ella misma ha hecho. WIKIPEDIA/«Vocación de los apóstoles», de Ghirlandaio

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

1Sam. 3, 3b-10.19

«En aquellos días, el joven Samuel servía en el templo a las órdenes del sacerdote Elí. Una noche, estando Elí acostado en su habitación y Samuel en la suya, dentro del santuario donde se encontraba el arca de Dios, el Señor llamó a Samuel y éste respondió: “Aquí estoy”. Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” Respondió Elí: “Yo no te he llamado. Vuelve a acostarte”. Samuel se fue a acostar. Volvió el Señor a llamarlo y él se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” Respondió Elí: “No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte”.

Aún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelada. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel; éste se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?”

Entonces comprendió Elí que era el Señor quien llamaba al joven y dijo a Samuel: “Ve a acostarte, y si te llama alguien, responde: ‘Habla, Señor; tu siervo te escucha’ ”. Y Samuel se fue a acostar.

De nuevo el Señor se presentó y lo llamó como antes: “Samuel, Samuel”. Éste respondió: “Habla, Señor; tu siervo te escucha”.

Samuel creció y el Señor estaba con él. Y todo lo que el Señor le decía, se cumplía».

SEGUNDA LECTURA

1Cor. 6, 13c-15ª.17-20.

«Hermanos: El cuerpo no es para fornicar, sino para servir al Señor; y el Señor, para santificar el cuerpo. Dios resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros con su poder.

¿No saben ustedes que sus cuerpos son miembros de Cristo? Y el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él. Huyan, por lo tanto, de la fornicación. Cualquier otro pecado que cometa una persona, queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica, peca contra su propio cuerpo.

¿O es que no saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes? No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a un precio muy caro. Glorifiquen, pues, a Dios con el cuerpo».

EVANGELIO

Jn. 1, 35-42.

«En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa ‘maestro’). Él les dijo: “Vengan a ver”.

Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir ‘el Ungido’). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir ‘roca’)»

El hombre en busca de Dios

En este tiempo ordinario se camina con Cristo en su vida pública, y se está siempre atentos a las enseñanzas en sus acciones y en sus palabras. Dios habló de muchas maneras en el pasado, mas al llegar la plenitud de los tiempos habló por su Hijo. La gloria de Dios, su magnificencia, está en todo lo que existe; todo habla del autor de todas las maravillas que el hombre alcanza a contemplar, tanto en el cosmos como en las más pequeñas formas visibles sólo con el auxilio del microscopio. Los que se dicen ateos y pregonan que eso es liberarse de toda ley como actualmente lo anuncian en Inglaterra, con letreros en los autobuses, tarde o temprano se encontrarán con el Ser que los sacó de la nada, a la existencia y a la vida y les dio cuanto son y cuanto tienen.

Dios no habla, pero todo habla de Dios. O más bien, Dios habla no con palabras como las de los hombres, sino que se comunica de mil maneras con los que lo quieren oír. Y Dios quiere ser buscado, quiere ser encontrado, quiere ser amado.

Por eso toma la iniciativa al despertar inquietud, búsqueda, vacío, insatisfacción en los corazones.

¿Dónde vive Cristo? ¿Dónde? “Donde  dos o más personas se reúnen en mi nombre, allí estoy en medio”. Así lo prometió y así lo ha cumplido. Vino a quedarse entre los hombres, en su historia:, a participar de su vida, de las alegrías y las tristezas. Muy fácil es encontrarlo, saber dónde vive, para quedarse con Él. San Antonio Abad, en Egipto, se fue al desierto y vivió en oración, en alegre soledad y penitencia, muy larga vida. San Benito de Murcia, en Montecassino, empujando la nave con la oración y el trabajo “ora et labora”, marcó para sí y para muchos una senda para ir tras de Cristo, estar con Él, estar en Él. Y miles de formas igualmente llevan a donde habita Cristo. Una puerta abierta en un templo, en una populosa y ruidosa ciudad; y allí, en un oasis de silencio, Cristo está expuesto en el Sacramento, y ante su oculta presencia surge la oración con los labios, o mental, de quienes allí lo han encontrado, porque su fe les dice que allí mora, allí los escucha y allí les habla en ese diálogo con fe y amor. Cristo vive donde hay amor, donde hay paz. Vive entre los desamparados, los agobiados, los que cargan en silencio con sus desdichas, los que imploran ayuda. Y la encuentran allí donde hay amor y caridad. Allí está Él. El Evangelio de este domingo es una invitación dulce: “Ven, sígueme, ven acá donde yo vivo”.

José Rosario Ramírez M.

Jesús, el Cordero de Dios

Los Evangelios nos muestran diversas actitudes y rasgos de Jesús, como la relación filial con Dios, con las personas y con el mundo. Jesús es sensible a la voz del Padre y a la de quienes le rodean. Con profunda sintonía y confianza sigue la moción que lo impulsa a ir más allá de lo dado; a no conformarse con lo establecido y a generar modos de vida que se traducen en una ética de relaciones solidarias donde hombres y mujeres tienen un lugar principal.

El amor de Dios, presente de manera indisoluble en el convite amoroso del cual a nadie se excluye, es una de las experiencias más narradas en los Evangelios. Frente a las prácticas, ritos, normas y visiones del mundo que hacían de Dios un estandarte para la defensa de los intereses de grupos cerrados, Jesús rompe las barreras que obstaculizan la unidad, de la cual él y el Padre son figura.

De aquí que Jesús surja como defensor de quienes han sido relegados a situaciones de debilidad, fragilidad o vulnerabilidad. Hace avanzar la justicia de Dios, presente ya en las Escrituras, a las que acude con frecuencia. Justicia exigida por la dignidad del hombre y de la mujer, a quienes Dios hizo a su imagen y semejanza. Necesaria también en el mundo hecho por Dios y que era bueno en gran manera.

En el Evangelio de hoy, Jesús invita a quienes le seguían a conocer cómo vivía. Comparte su experiencia, la formula con parábolas y la sustenta en la tradición liberadora consignada en las Escrituras. No son palabras vacías, se llenan de sentido en acciones concretas a favor de las personas y los grupos excluidos. Jesús despliega ternura, misericordia, generosidad y donación de sí. Con su práctica salva al mundo de su egoísmo, de su pecado. Por eso Juan lo proclama ante la multitud como el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.

Invitar a este banquete, hacer posible que Dios habite el mundo para reconciliarlo y extender su justicia, es nuestra tarea. Jesús nos invita a afianzar nuestra relación con Dios, con las personas y con el mundo, afinando nuestra sensibilidad y abriendo paso a la solidaridad. De esta manera brillará la fidelidad de Dios que nos reconoce como hermanos y hermanas comprometidas, fieles, portadores de la esperanza que se contagia y enfocados a trabajar por la justicia y la paz.

Luis Arriaga, SJ - Rector del ITESO

Un encuentro que cambia la vida

El evangelio de hoy nos ofrece un bello relato de vocación, apareciendo en este caso un intermediario, Juan el Bautista, que orienta a dos de sus discípulos hacia Cristo: Andrés, el hermano de Simón Pedro, y el otro discípulo, que no se nombra, pero al que la tradición ha identificado con Juan y con el autor del cuarto Evangelio.

El Bautista preparó este encuentro entre Jesús y estos dos discípulos, aunque él permaneció a distancia como para indicar que su misión había alcanzado su meta. Las palabras del Bautista no fueron ni una orden ni una exhortación, sino simplemente una confesión de lo que el Espíritu le hizo reconocer: “Éste es el cordero de Dios”. Fiándose del Bautista, los dos discípulos siguieron a Jesús. El Señor se volvió y les preguntó: “¿qué buscan?” Esas son las primeras palabras de Jesús en este evangelio, y la pregunta les hizo tomar conciencia a Juan y Andrés de sus intenciones. Ellos le respondieron diciendo: “Rabí, ¿dónde vives?” Llamándole Maestro muestran que quieren ser instruidos por Él. Jesús, a su vez, les respondió diciendo: “vengan y lo verán”.

La breve convivencia con Jesús bastó a estos discípulos para reconocer en Él al Mesías que estaban buscando. Alegre de haber hecho este descubrimiento, Andrés fue a contárselo a su hermano Simón, y luego se lo presentó a Jesús.

El Bautista y Andrés, y más tarde Felipe, se convirtieron en modelo para la Iglesia. Como ellos, la Iglesia tiene la bella tarea de poner a la humanidad en contacto con Jesús, hablarle del descubrimiento que ella misma ha hecho. Quizás hoy día se valoran más las obras de caridad que hace la Iglesia y se olvida lo más importante, que es darnos a Jesús. Sin el encuentro con Jesús sólo tendríamos motivos humanos o filantrópicos para ejercitarnos en la caridad, y es probable que nos cansáramos pronto de hacer el bien o que buscáramos nuestro bien en las obras buenas que hacemos. En cambio, cuando la caridad brota del encuentro con Jesús tenemos motivos más elevados para ejercitarla.

Nunca estaremos suficientemente agradecidos con la Iglesia que nos dio a Jesucristo, si sabemos apreciar este tesoro. Sólo quien busca con la misma pasión que Andrés, Juan y Pedro acierta a valorar la riqueza del encuentro con Jesús. Hoy también Jesús se vuelve a nosotros para preguntarnos sobre la pureza de nuestras intenciones al seguirle. Pues nuestro seguimiento está amenazado por la inercia, la fuerza de la costumbre o las falsas expectativas. Si cedemos a esto nuestro encuentro con Jesús se malogrará.

Quien se ha encontrado con Jesús de verdad se convierte a su vez en un testigo entusiasta que no puede dejar de comunicar a todos, en especial a las personas que más quiere, la alegría de su descubrimiento. No se trata de llamar la atención sobre sí mismo, sino de orientar hacia Jesús.

Temas

Lee También