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Martes, 22 de Mayo 2018

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El feminismo o la revolución de lo cotidiano

Este 8 de marzo, los movimientos feministas tomaron las calles para exigir igualdad
 

Por: Enrique Toussaint

El feminismo es una lucha por la transformación que se constituye como un espejo de las causas más profundas que explican las desigualdades entre hombres y mujeres. EL INFORMADOR/ J. López

El feminismo es una lucha por la transformación que se constituye como un espejo de las causas más profundas que explican las desigualdades entre hombres y mujeres. EL INFORMADOR/ J. López

Hannah Arendt siempre vinculó revolución con libertad. Por ello, la pensadora judía dudaba del talante revolucionario de algunos de los movimientos rupturistas más importantes de la historia de la humanidad -la Revolución de Octubre, por ejemplo-. La filósofa entendía que una verdadera revolución devenía en un espacio de seres humanos libres e iguales; ciudadanos, en toda la extensión de la palabra, que se hacían cargo del futuro de una comunidad. Partiendo del pensamiento de Arendt, podemos decir que el feminismo se erige, en pleno siglo XXI, en una auténtica revolución. La revolución de lo cotidiano.

El feminismo es, ante todo, una lucha por la transformación. Se constituye como un espejo de las causas más profundas que explican las desigualdades entre hombres y mujeres. Es radical, y lo debe ser. Por una razón: busca sacudir las raíces mismas de los consensos sociales. El feminismo entiende que las asimetrías entre hombres y mujeres nacen de la cultura -la patriarcal-. Es tan profundo el combate del feminismo frente a la desigualdad, que debe adentrarse en los caminos más recónditos del lenguaje y los conceptos. La mayoría de las inequidades, de las discriminaciones justificadas y las injusticias asimiladas se encuentran protegidas por el lenguaje. La lengua es un rincón íntimo y, por ello, expresa la realidad de un mundo dominado históricamente por el hombre.

Las feministas siempre han sido vistas con recelo. Incluso por los “revolucionarios”. Por ejemplo, el marxismo y los movimientos socialistas pensaban que la mujer era conservadora por naturaleza. Líderes socialistas consideraban que el feminismo sólo dividía a la clase trabajadora. Y qué decimos de la derecha política. La oposición al papel público de la mujer persiste hasta el día de hoy, al resistirse a cualquier propuesta que busque incrementar los márgenes de igualdad entre hombres y mujeres -su rechazo a la paridad en la representación es significativa-.

Y, sin embargo, las fobias que expresan muchos hombres, y algunas mujeres, al despertar de la conciencia feminista nace de que su aparición supone un auténtico shock cultural. El feminismo cuestiona la cultura misma. No estamos hablando del cuestionamiento de un fenómeno transitorio. El señalamiento de las estructuras patriarcales no se agota en la brecha salarial o en el dominio de los puestos políticos, sino que se inmiscuye en los hábitos más cotidianos que tenemos. El piropo, la mirada lasciva, los chistes, cómo nos sentamos, son actos cotidianos que ofenden a la mujer. El feminismo denuncia nuestra forma de vida y por eso sacude -y ofende- tanto.

La radicalidad de los planteamientos feministas-y radicales me refiero a que atacan la raíz de las estructuras que nos determinan como sociedad-, ha provocado una reacción en cadena de personas que consideran que la feminista está contra los hombres. Hace no mucho un amigo me decía: está bien que pidan igualdad, pero lo que ellas quieren es privilegios. Y yo me pregunto, ¿dónde están los privilegios que exige el feminismo? ¿Pedir ganar lo mismo por realizar el mismo trabajo es un privilegio? ¿Exigir no ser insultada o violentada en el espacio público, es un privilegio? ¿demandar condiciones de seguridad social y protección del Estado para poder desarrollarse laboralmente, es buscar privilegios de género? ¿Exigir que se rompa el monopolio de los hombres en la política y las decisiones de Gobierno es apostar por los privilegios? ¿Visibilizar que un jefe pone incomoda a una empleada con su sexualidad, es buscar privilegios? El problema del machismo como estructura ideológica es que no nos permite ver que detrás de la reivindicación de las mujeres hay simplemente una apuesta igualitaria e incluso propuestas de sentido común para tener una sociedad justa.

La respuesta a las exigencias igualitarias de toda una generación de mujeres debe provenir de distintos ámbitos de la sociedad y el Estado. En primer lugar, romper los sesgos machistas que dominan las leyes e instituciones. Por ejemplo, universalizar el tiempo de ausencia laboral por maternidad y que puedan ser utilizados por hombres y mujeres. De esta forma, la ley empuja hacia la corresponsabilidad en las tareas del hogar y el sostenimiento económico. Lo mismo podemos decir de los ministerios públicos o las policías en donde los sesgos machistas siguen afectando a las víctimas en casos tan graves como los acosos o los feminicidios.

De la misma forma, las familias tienen un papel fundamental. El machismo se reproduce con especial intensidad de padres a hijos, de padres a hijas y en entornos de consanguineidad. La violencia cotidiana a las mujeres, muchas veces, se normaliza en la familia. En ese plano, la escuela y la información son dos aliados fundamentales para no reproducir patrones que continúan empujando a la mujer a la vida privada y ninguneando su papel público. Los países que han logrado romper las inercias culturales que sofocan a las mujeres -los países nórdicos y escandinavos- lo hacen con una apuesta decidida a una educación incluyente, en donde la escuela juega un rol transformador de notables resultados. Crecer entendiendo y asumiendo al otro en su complejidad, y con modelos educativos pluralistas son medicamentos precisos para empujar a la construcción de sociedades más justas.

La estructura económica y la política también son fundamentales. El poder existe. Mucho de éste se desprende del dominio masculino sobre los dineros y las decisiones. No hay apuesta igualitaria posible entre hombres y mujeres sin una búsqueda permanente por la justicia económica y la democratización del acceso al poder en una sociedad. Economía y política, como dos caras de una misma moneda.

Sin embargo, el Estado no puede ni debe hacerlo todo. La sociedad tiene que reaccionar frente al machismo. Debemos de dejar de normalizar todas esas actitudes machistas que nos rodean todos los días. Debemos denunciar si una mujer gana menos por el simple hecho de ser mujer. Tenemos que señalar al misógino que vive contando chistes que sobajan a la mujer. Debemos de callar al tipo que se cree muy chistoso por gritar un piropo en la calle o denunciar a aquellos que creen que las mujeres se merecen ser violadas por cómo se visten. O denunciar a un hombre violento y no escondernos en eso de: mejor no te metas en su relación. El silencio frente a la violencia es también complicidad. El machismo es un problema de leyes, impunidad y cultura, pero también de una sociedad que frente a este problema suele ser profundamente hipócrita.

YR

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