Viernes, 22 de Enero 2021

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El amor de casa

La fiesta de la Sagrada Familia, en el contexto navideño, es una oportunidad para la revisión y autocrítica de nuestra vida en familia

Por: Dinámica Pastoral UNIVA

Celebramos el misterio de Cristo Jesús, palabra de Dios, que al encarnarse en la gran familia humana siguió el cauce normal de todo hombre: la familia. ESPECIAL

Celebramos el misterio de Cristo Jesús, palabra de Dios, que al encarnarse en la gran familia humana siguió el cauce normal de todo hombre: la familia. ESPECIAL

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: Gen. 15, 1-6; 21, 1-3. “Tu heredero saldrá de tus entrañas”.

SEGUNDA LECTURA: Heb. 11, 8. 11-12. 17-19. “La fe de Abraham, de Sara y de Isaac”.

EVANGELIO: Lc. 2, 22. 39-40. “El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría”.

El amor de casa

La fiesta de la Sagrada Familia, en el contexto navideño, es una oportunidad para la revisión y autocrítica de nuestra vida en familia. Celebramos el misterio de Cristo Jesús, palabra de Dios, que al encarnarse en la gran familia humana siguió el cauce normal de todo hombre: la familia. Nació y creció en el seno de una familia concreta, humilde y trabajadora, y allí se fue realizando como persona en el lento aprendizaje de la vida y de las cosas.

La vida de familia vivida en el Señor es convivencia en el amor. Importa mucho vivir el espíritu de amor y unión familiar tanto desde una actitud religiosa de piedad filial, cuyos deberes son amor, honra, respeto y ayuda. En la familia de Nazaret vemos verificado el ideal de la convivencia familiar: misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión, perdón mutuo, y por encima de todo esto, el amor.

La vida es esencialmente amor, tanto en su origen como en su desarrollo y finalidad. El proyecto personal, el único que puede hacer seres felices, es el amor que se da y se comparte en solidaridad, comunión, fraternidad, amistad, aceptación y respeto a la persona del otro.

Por eso el amor fiel, único e indisoluble de la pareja, como testimonio de los padres, es fundamental para la madurez y educación de los hijos; pues éstas no se alcanzan con la mera atención biológica, ni siquiera con la psicológica. Si los hijos son la prolongación del amor de los esposos, tal como sea éste serán los resultados de la convivencia y educación familiares.

Si muere el amor, todo está perdido; entonces la familia y la casa no es más que una fonda, un dormitorio, una cárcel para todos: marido, mujer, padres e hijos. En cambio, cuando hay amor se solucionan las inevitables dificultades que surgen en todos los matrimonios y familias, las diferencias entre marido y mujer y entre padres e hijos. Porque el amor es la fuente, la vida y el alma de toda estructura familiar.

Si los hijos ven en sus padres amor mutuo, plena honradez y sinceridad consigo mismos y respecto de ellos, entienden que pueden contar son unos amigos y compañeros que les quieren bien, les aman desinteresadamente y respetan su propia persona. Entonces es cuando los padres pueden educar con su ejemplo y su palabra, y están en óptimas condiciones para la trasmisión de los valores básicos y permanentes, tanto humanos como cristianos.

Señor, bendice con tu Espíritu a nuestras familias cristianas, que, en medio de cansancios y esperanzas, dudas y alegrías, gozos y temores, ilusiones y desencantos, caminan hacia ti. Haz Señor, que crezca siempre más y más el amor mutuo de los esposos y de los padres e hijos entre sí. Consolida la unión de quienes llamaste al matrimonio y a la familia, y haz que nuestros hogares reflejen fielmente las virtudes domesticas de la Familia de Nazaret. Amén.

FESTIVIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA

Singular relevancia de la familia

Después de que el pueblo creyente se postró a contemplar y adorar al Niño Jesús nacido en el portal de Belén, en el siguiente domingo la fe conduce al nuevo cristiano a Nazaret, para que aprenda de la más bella familia la sabiduría del amor. José es la cabeza de aquel hogar, María es el corazón y los dos con inmenso amor guardan el tesoro: a Dios hecho hombre, allí presente entre los hombres, en un hogar donde llevaría una vida sencilla, oculto, y en cuanto a la relación con sus padres, “Jesús les estaba sometido y crecía”. Trabajaba y aprendía, el que todo lo sabía y nada sabía. Se dejaba enseñar, aprendía; se dejaba mandar, obedecía. Así, en el tiempo el que era eterno crecía en ciencia adquirida, experimental, semejante a la de todos los hombres, con un proceso de desarrollo y perfeccionamiento: “Crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lucas 2, 52).

La vida pública de Cristo es de apenas tres años de ir y volver por aldeas y ciudades, por los caminos de Judea, de Galilea y de Samaria, con la alegre noticia del advenimiento del Reino. Mas treinta largos años antes, la vida de Jesús transcurría podríase decir de manera rutinaria, a los ojos de los hombres: hijo de familia, operario en el taller familiar de carpintería y amigo de sus amigos en una aldea pobre en un país de Asia Menor, donde con su presencia renueva y vitaliza esa sociedad. Al tener una familia terrena, el Verbo encarnado santificó los afectos más legítimos y sagrados del hombre. Así está esa sociedad: la familia, la paternidad, filiación. Allí el amor tiene a los miembros eri un mismo espíritu, para el bien común; allí también está la escuela de virtudes. La familia de Nazaret es para todas las familias, modelo de amor, de entrega, de respeto, de obediencia, de sacrificio y de humildad. Allí, al contemplarla, desde muy dentro nace la admiración y la devoción para invocarla con esta triple invocación: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía; / Jesús, José y María, asistidme en última agonía; / Jesús, José y María, descanse en paz con vos el alma mía”.

La familia, una institución conformada por la ley divina. Todo futuro del hombre guarda relación los primeros años. Solamente la familia pone los más firmes cimientos de los individuos y de toda una sociedad. La familia de Nazaret es y será siempre el espejo para mirar cómo allí vive Dios, y donde está Dios nada falta.

José Rosario Ramírez M.

Como entonces…

Esta Nochebuena miles de personas durmieron al raso del cielo, como los pastores aquella noche en Belén; millones de personas tuvieron que buscar refugio, en medio de guerras, enfermedad y hambrunas, como aquellos peregrinos que, con José y María, iban a empadronarse en sus lugares de nacimiento; millones de personas lloraron a los seres queridos que no están, asesinados o desaparecidos, por la violencia imparable en el mundo y nuestro país, como tantas personas que perdieron la vida en los caminos de Palestina donde cuerpos de militares cubiertos de impunidad y asaltantes en los caminos no eran cosa extraña; millones lamentaron la pérdida de familiares y amigos, por enfermedades que no sabían cómo controlar, como era común en la antigüedad con sus epidemias incontrolables.

No fue esta noche tan distinta a aquella en que nació Jesús. Tampoco tan radicalmente distinta a la que tantas familias pasaron en las navidades de antes, marcadas para ellas por dolores, confinamientos forzados o amenazas que les obligaban a vivir con miedo o en soledad lo que en otros hogares parecía una noche de pura alegría y comunidad. Tal vez este tiempo, donde a todos se nos ha obligado a un recogimiento que ni preveíamos ni deseábamos, y que así nos acerca a esas otras familias que antes tal vez no vimos ni escuchamos, pueda ser una buena oportunidad para recuperar con ellas comunión espiritual y, como una sola humanidad y un solo mundo, recibir con aquella familia de Belén al Dios que anima nuestros pasos y se confía, en ese niño pequeño que duerme tranquilo, en las débiles fuerzas de nuestros brazos.

Tal vez podamos descubrir ahí el verdadero mensaje de Navidad, el que permanece desde aquella noche de Belén: si ese niño pudo llegar a nacer, como contemplaba san Ignacio de Loyola en la escena del nacimiento, “con tantos trabajos” y “en medio de tanta pobreza”, es que Dios ha puesto su Espíritu en nuestra humanidad, para que hagamos posibles, con nuestra propia esperanza y nuestros renovados trabajos, nuevos nacimientos y alegrías que, como decían los ángeles, lo sean para toda la Tierra.

Pedro A. Reyes Linares, SJ - ITESO

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