Martes, 09 de Marzo 2021

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Cristianos maduros

Al ir creciendo en estatura y años no bastan las formulaciones de una fe de primera comunión para responder a los problemas de un adulto

Por: DINÁMICA PASTORAL UNIVA

Para el cristiano maduro la conciencia debe ser también respuesta de amor a una llamada personal que Dios nos hace en la ley y en la situación concreta. PIXABAY

Para el cristiano maduro la conciencia debe ser también respuesta de amor a una llamada personal que Dios nos hace en la ley y en la situación concreta. PIXABAY

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: Job. 7, 1-4. 6-7. “Se me han asignado noches de dolor”.

SEGUNDA LECTURA: 1Cor. 9, 16-19. 22-23. “Ay de mí si no anuncio el evangelio”.

EVANGELIO: Mc. 1, 29-39. “Curó a muchos enfermos de diversos males”.

“Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”. Tal es la actitud de una fe madura. Reflexionemos en la necesidad de la madurez personal como soporte de la fe, para dar el paso de una fe infantil a un cristianismo adulto.

Al ir creciendo en estatura y años no bastan las formulaciones de una fe de primera comunión para responder a los problemas de un adulto. No se cambia el contenido de la fe, sino que se le da profundidad y se actualizan las motivaciones religiosas. Debemos mencionar tres sectores de la fe que, en el paso de la infancia a la juventud y de ésta a la edad madura deben experimentar un cambio ascendente.

En primer lugar, respecto de la imagen de Dios, lo imaginativo debe quedar superado por un Dios que desborda todo concepto y representación; debe quedar superado por la persona de Jesús pues Él es la imagen de Dios en carne humana y la prueba suprema del amor de Dios al hombre.

En segundo lugar, formar a los niños y a los jóvenes para la madurez de conciencia, es deber sagrado de los padres, educadores, y catequistas. Para el niño, la conciencia debe empezar a ser “responsabilidad” personal que comprende y hace suyo lo preceptuado, por amor a Dios, y no por mera obligación. Y para el cristiano maduro la conciencia debe ser también respuesta de amor a una llamada personal que Dios nos hace en la ley y en la situación concreta.

Finalmente, respecto de la Iglesia, la actitud madura es sentirse miembro responsable de la misma; adherirse de forma personal a su misión, viviendo bajo el signo del Espíritu con los demás y para los otros, para la difusión de la justicia, de la paz, y del amor evangélico. El tesoro de la fe “lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2Cor. 4,7)

Tomemos conciencia de dos cosas: 1) Todo cristiano ha recibido una sublime vocación en la Iglesia de Dios, un maravilloso llamado al amor; 2) Es necesario aprender a soportar los defectos ajenos, así como los propios, porque son fruto de la limitación humana de una Iglesia compuesta de hombres y mujeres, una comunidad que es santa y pecadora, simultáneamente. El ejemplo de Jesús nos estimule al compromiso cristiano en favor de la liberación de los más necesitados.

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Cristo es salud y vida

Con Cristo bajó a la tierra el Reino de los Cielos, que es misericordia, es perdón, es amor. El Reino de Dios no se reduce al contenido de una Buena Nueva, a una doctrina moral, una ética, por más pura y exaltada que sea. La justicia que coincide con el Reino, no es el resultado de una extraordinaria predicación moral. El Reino es y que esto quede muy claro un acontecimiento: es el advenimiento de Cristo, es la llegada del Hijo de Dios al mundo. Cristo es el Reino y se manifestó con su persona, con sus obras, con su palabra. San Marcos, en el primer capítulo de su evangelio, ya da la imagen plena del Mesías esperado: predica la Buena Nueva, cura enfermos y expulsa demonios.

Al salir de la sinagoga de Cafamaúm, “vinieron a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. Son los primeros pasos en la vida pública del Señor y va a darse ya con sus milagros: “La suegra de Simón estaba acostada con fiebre. Él, acercándose, la tomó de la mano y la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles”. Éste es el primer milagro que cuenta San Marcos; San Juan da testimonio de cuando convirtió el agua en vino, en una boda que se celebraba en Caná de Galilea. El milagro es un hecho, un prodigio. Dentro del corazón humano existe más de una dimensión, que el mundo de las abstracciones o de las realidades físicas. Existe la fe en la existencia de un mundo invisible, y hay fe cierta, segura, en la existencia de Dios. El milagro es un hecho que rebasa las fuerzas de la naturaleza y se le atribuye a Dios.

Dios interviene. La obra de Dios va más allá de la naturaleza. Si un ciego le pide a Dios la vista y con el auxilio de la cirugía y de los médicos adquiere la vista, ese no es milagro; milagro es cuando con la sola palabra de Cristo, el ciego de nacimiento comenzó a ver.

¿Por qué y para qué hace milagros el Señor Jesús? Porque tiene poder, y así como hace florecer los campos con su soplo cada primavera, puede también manifestarse con los otros hechos distintos de los ordinarios. Con sus milagros se manifiesta como el Mesías esperado. Juan el Bautista envió a sus discípulos a preguntarle a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro?”. Y Cristo respondió: “Vayan y díganle a Juan lo que ustedes han oído y visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mateo 11, 3,4).

José Rosario Ramírez M.

Servir y cuidar

Durante todo este tiempo de pandemia hemos visto partir a muchas y muchos.  Aún en esta época de confinamiento, la violencia no ha dado tregua, las y los desaparecidos se siguen sumando, los discursos políticos se incrementan y se exacerban en aras de ganar sillas en junio próximo. Los mensajes llenos de descalificación exaltan a la polarización y al encono social. Odios y miedos se siguen administrando. Y qué decir de la vacuna que desde, con y a pesar de todos los mitos y verdades se espera con expectación porque queremos vernos liberados, protegidos y sanos. Queremos ser hombres y mujeres sanas, curadas y liberadas de enfermedades, males, posesiones, opresiones e injusticias.  

En el evangelio de San Marcos (1,29-39) se narra el episodio de la suegra de Simón (Pedro) seguidor de Jesús, ella estaba en cama, con fiebre; le avisan a Jesús y va a ella, se le acerca, toma su mano y la pone de pie; resuelve el pasaje: “en ese momento se le quitó la enfermedad y se puso a servirles”. En la pedagogía del hecho encontramos en el ser y quehacer de Jesús a una persona sana y libre, en armonía, sabiéndose amado por sus Padres, invitado a obrar en el amor. Su mandato lo cumple de la forma más operativa en la contingencia de la enfermedad, del mal: incluye a la persona, va al escenario donde ésta se encuentra, la perdona, se acerca a ella e ingresa a su historia toda; cura a la persona, toca sus miedos y la pone de pie: la salva, la libera.Desde la espiritualidad ignaciana se invita a ser hombres y mujeres libres para transformar: enfermedad en salud, mal en bien, miedos y odios en perdón y reconciliación, violencia en paz, desigualdad en equidad, esclavitud y opresión en liberación. Libres y curados de todo mal y enfermedad para servir. Jesús, un hombre sano y libre,  invita a toda persona que dice seguirle o quiere seguirle a ser y hacer lo mismo que Él hizo: servir-cuidar a todas y todos. Así fue como lo entendió la suegra de Pedro.

Javier Escobedo, SJ - ITESO

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