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Jueves, 26 de Abril 2018

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Cosas de Viejos Papeles

Explorar una cueva, una cumbre, o un pueblo desconocido es una aventura; explorar la cueva-cumbre-arrecife de los papeles, puede también resultar impresionante

Por: Pedro Fernández Somellera

La diligencia de Don Pedro y de Calixto era mucho más grande, y de nueve caballos. EL INFORMADOR/ P. Somellera

La diligencia de Don Pedro y de Calixto era mucho más grande, y de nueve caballos. EL INFORMADOR/ P. Somellera

Una manera diferente y apasionante de viajar, es echarse un clavado al montón de papeles viejos que, habiendo salido de quién sabe donde, aparecen frente a nosotros olorosos a humedad y a polilla, con el perfume tan especial de las cosas viejas, teñidos del color ocre-amarillento que siempre nos ha causado flojera echarles un ojo para investigar algo -quizás inquietante misterioso o sorprendente- que siempre ha existido entre las hojas arrinconadas en el fondo de un cajón. Si bien explorar una cueva, un arrecife, una cumbre, o un pueblo desconocido es una aventura… explorar la cueva-cumbre-arrecife de los papeles, puede también resultar impresionante. Habrá que prepararnos (no es broma) para  afrontar las sorpresas que de súbito nos podemos encontrar.

En esta ocasión, alteros de viejos papeles me llevaron hasta por allá por los rumbos de Ameca, Cocula, Estipac y todo eso, al Poniente y no muy lejos de Guadalajara. Les platicaré algo de lo que  me encontré al tan solo decirle mi nombre al joven cura de la iglesia -que todavía subsiste muy altiva, y está siendo restaurada- en lo que queda de la Hacienda de El Cabezón. Esta persona (no recuerdo su nombre) impresionada con mi nombre, fue a sacar de entre sus viejos papeles de la sacristía, un añoso libro firmado en 1944 por Lucas de Palacio, en donde relata -oh sorpresa- la odisea de unos cercanos personajes que para mí nunca habían existido. Para mayor interés y fidelidad, repetiré fielmente los textos originales, tanto de este libro, como de la conferencia que en 1944 dio en la Casa Jalisco, Don Manuel Calixto Cañedo e Iñiguez de Samartín titulada“Los Trabajos en el Campo y la Vida en las Haciendas de Jalisco a Fines del Siglo XIX y Principios del Actual”, en donde con verdadera pasión relata cosas de la vida de aquellos tiempos.

Decía: “En 1572, Don Pedro de Cabezón compró en 579 pesos oro la estancia del Tepetate para incluirla en la hacienda a la que él mismo le llamaba El Cabezón; misma que por cosas de herencias se vendió  en mil 200 pesos, para así aumentar -todavía más- el latifundio del Valle de Ameca, que llegaba a medir la friolera de 85 mil 200 hectáreas. Años más tarde (1765) en un remate del Juzgado Eclesiástico de Guadalajara, Don Manuel Calixto Cañedo y Jiménez de Alcaráz adquirió El Cabezón y La Vega por la cantidad de 70 mil pesos”.

En esos tiempos, Cañedos iban y Cañedos venían entre las venturas y desventuras que tuve la oportunidad de enterarme (mil años después) tanto a través de la memoria escrita de la citada conferencia, como en las añosas páginas del libro que por minutos me prestó -y con su permiso tuve oportunidad de fotografiarlo- el cura de la iglesia de El Cabezón. Un premio extra para mi, fue encontrar en su portada, una dedicatoria de Lucas de Palacio para Don Leopoldo Orendain, interesante y elegante personaje de nuestra antigua Guadalajara, que usaba el título de “Cosas de Viejos Papeles” para los artículos que él escribía. Me apropio de ello en su memoria.

Ese antiguo libro entre sus páginas decía: “… todos sin excepción vivían en las haciendas de aquellos tiempos, bien comidos y bien vestidos, no había miseria para nadie; vivían alegres contando con las garantías de todo un régimen de formalidad, honra y palabra, se sentía la verdadera convivencia entre todo el conglomerado…”
“… era costumbre y muy grata por cierto, visitarse de hacienda en hacienda; y así fue cómo tuve la ocasión de haber hecho una carrera de diligencias tirada cada una por nueve caballos, que concertamos mi amigo Pedro Fernández Somellera y yo. La carrera resultó verdaderamente espectacular, y se jugaron muy grandes cantidades de dinero: más de 60 mil pesos…

La carrera fue de la hacienda de Estipac a El Cabezón, distancia de 46 kilómetros, habiendo sido condición estricta que manejáramos personalmente durante todo el recorrido nuestros tiros de nueve caballos criollos. Pedro hizo la carrera en una hora cincuenta y un minutos y medio, y yo en una hora cuarenta y siete minutos, según lo describe el acta relativa que aún guardo como recuerdo. Pedro perdió la carrera, y sin embargo se mostró tan contento y caballeroso como si él la hubiera ganado, y me regaló una copa con su respectiva inscripción que guardo con todo cariño…”

“… así era la vida en las haciendas de Jalisco y así nos divertíamos y gozábamos grandemente con las carreras de caballos y corridas de toros, jaripeos y charreadas en las que yo tomaba parte muy activa…” dijo en su conferencia Don Manuel Calixto Cañedo.

Nunca había sabido de esas personitas de la historia. Nunca supe de esos acontecimientos, ni siquiera narrados por los papás o los abuelos pero, los papeles ahí están, y las sorpresas… a la orden del paso del tiempo.

NB: Irónicamente, por ahí tengo todavía la factura de la famosa copa entre las cuentas que tengo por pagar.
 Así eran las cosas de aquellos tiempos entre los grandes hacendados. Ni modo.

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DR

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