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Martes, 23 de Octubre 2018

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Suplementos | Cuarto domingo de adviento

Concebirás y darás a luz un hijo

María pone a disposición del Señor el templo vivo que es cuerpo
 

Por: El Informador

Dios está en casa propia sólo cuando lo dejamos alojarse en nuestro corazón. ESPECIAL

Dios está en casa propia sólo cuando lo dejamos alojarse en nuestro corazón. ESPECIAL


LA PALABRA DE DIOS

Primera lectura

Segundo libro de Samuel 7, 1-5. 8-12. 14. 16

“Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente”.

Segunda lectura

San Pablo a los romanos 16, 25-27

“Al Dios único, infinitamente sabio, démosle gloria, por Jesucristo”.

Evangelio

San Lucas 1, 26-38

“No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús”.

Concebirás y darás a luz a un hijo

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.

Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oir estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntó qué querría decir semejante saludo.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá́ fin”.

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, pues que yo permanezco virgen?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra: Por eso, el Santo que va a nacer de ti será llamado Hijo de Dios.

“Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor: Cúmplase en mí lo que me has dicho”. y el ángel se retiró de su presencia. (Lc 1, 26-38).

Todo en Dios es misterio, todo es eterno, todo es infinito. Misterio es haber creado al hombre no sólo para el tiempo, sino para una dimensión eterna; vivir para siempre en el Creador, su principio —Alfa— y su fin —Omega—.

Un proyecto desde la eternidad es la presencia del Hijo —Verbo Eterno— en el tiempo, el misterio para redimir —redimir es pagar— por el Hijo hecho hombre todas las culpas de todos los hombres, de todos los tiempos.

Esa es la Redención. Por más que crezca, se eleve, se magnifique la inteligencia humana, nunca alcanzará a entender, a desentrañar esas grandezas manifestadas —reveladas— en simples, sencillas apariencias en el cotidiano ir de los hombres, pequeños, limitados, en los limitados espacios donde van y vuelven con sus intereses cortos, fugaces.

El hombre del siglo XX vivió de sorpresa en sorpresa, ante el avance de la ciencia y de la técnica. Quiso imitar a las aves en su vuelo, y lo logró. Al primer aparato que surcó los aires le llamó avión, nombre de un ave.

Pretendió hacer llegar su pensamiento hecho sonido más allá de la fuerza de su voz, e inventó el teléfono y la radio.

Tuvo el audaz proyecto de enviar lejos las imágenes y voces, y de su mente creadora surgieron el cine y la televisión.

Se lanzó en naves por el espacio y hasta puso su planta en la luna, ese satélite antes sólo mudo testigo de serenatas.

Pero ningún prodigio mayor, de veras digno de asombro, como el de tener entre los hombres —hombre también— al Hijo de Dios.

Dejó la inmensidad, la omnipresencia y la eternidad, y, pequeño, débil y mortal, apareció una noche de tinieblas y de frío, en medio de los hombres.

La historia comenzó en Nazaret. Nazaret, un puñado de casas; una fuente a donde acuden las mujeres a llenar sus cántaros; una plazoleta con unos raquíticos árboles, a cuya sombra discurren los hombres sobre las lluvias, los vientos, las cosechas y las cosas de la vida y de la muerte; hay también una sinagoga, modesta, para reunirse a orar y a escuchar cuando les leen las enseñanzas de la Ley y los Profetas.

No una gran urbe; no la capital de la cultura, Atenas, o la del poder y el dinero, Roma.

Antes, nunca había sido mencionado el nombre de esa aldea. Y allí, en esa ignorada aldea, allí se reveló el Misterio.

José Rosario Ramírez M.

Sigue buscando en dónde estar

Dos modos diversos de interpretar el adviento, de vivir la espera a través de dos ejemplos bíblicos: David y María. 

Uno, David, preocupado por disponer un espacio externo para Dios. La otra, María, disponible para ofrecer un espacio interior de escucha y acogida. 

David, afanoso para realizar su proyecto, reducido respecto al del Señor, después de haber interpelado a su consejero de confianza, el profeta Natán. 

María, capaz de introducirse en el proyecto de Dios, sin otro bagaje que una fe intrépida, y desde la entrega más completa, propia solamente de la criatura libre: “Yo soy la esclava del Señor”.

Los preparativos de David, aunque generosos y dictados por buenas intenciones, no son precisamente los que espera y quiere Dios. Dios quiere otra cosa. Dios va más allá de los planes de los hombres. Su don supera infinitamente los deseos más audaces e imposibles. 

Dios no está de acuerdo con los sueños de grandeza del rey David, que quiere hacer competencia a los templos más colosales que las otras naciones han alzado a sus divinidades. 

Más que habitar una casa de piedra, Dios prefiere hacer de un pueblo la propia casa, y caminar con él. Dios prefiere las piedras vivas —cada persona lo es— a los monumentos. 

También nosotros en este adviento corremos el peligro de prepararle a Dios todo, menos nosotros mismos para recibirle. 

María de Nazaret ofrece a su Señor el único espacio del que él tiene necesidad: su cuerpo, su persona, todo su ser. Solamente el templo de carne puede contener su gloria. Únicamente la pequeñez logra abrazar la grandeza divina.

María ha dispuesto el verdadero santuario que Dios espera, lejísimos de los proyectos espectaculares de David, sin ninguna pretensión de entrar en competencia con los templos más famosos de los otros pueblos. 

Dios está en casa propia sólo cuando lo dejamos alojarse en nuestro corazón.

¿Quién sabe si dejaremos de imitar a David en sus preparativos afanosos, y encontraremos la calma, el silencio, la paz, la oración, para vivir este comienzo de la Navidad?

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