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Domingo, 21 de Octubre 2018

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Con un volcán en cada pincel

Los colores, paisajes y volcanes eran aquel motivante para el pincel de Gerardo Murillo quien se describe a sí mismo como un caminante

Por: El Informador

Caída de agua en el Paricutín. Obra del Dr Alt. EL INFORMADOR/ P. Somellera

Caída de agua en el Paricutín. Obra del Dr Alt. EL INFORMADOR/ P. Somellera

Atl (agua) se hacía llamar el inquieto joven de nombre Gerardo Murillo, nacido en el barrio de San Juan de Dios en Guadalajara, a quien los colores, los paisajes y los volcanes le hacían cosquillas entre las cerdas de sus pinceles.

No. Los pasteles y los tonos tiernos no eran de su interés (bueno, si, a veces); pero los morados, magenta, rojos, negros y amarillos con trazos contrastados, fuertes y definidos eran su pasión. Intentar platicar del Paricutín sin mencionar al Dr. Atl, además de ser injusto, sería prácticamente imposible.

El mismo se describe: “No nací pintor, nací caminante. He caminado sin reposo toda mi vida por los caminos del mundo, desiertos, montes, follajes espesos y húmedos. Mis piernas ya se han ido encajando en mi vientre”. Y así, después de toda esa vehemencia, la naturaleza le concedió el prodigio de que el Paricutín naciera y creciera frente a él.

Atl era tan intenso (escribía de maravilla: sus cuentos y poemas hablan de ello) que decidió preparar él mismo sus “atlcolors” mezclando ceras, resinas, petróleo, (y creo que hasta polvitos de la madre celestina) logrando que tuvieran, además del fácil manejo de un gis-pastel, lograran los estupendos colores que él deseaba, para con ellos vestir telas, maderas, cartones o cuanta cosa encontrara, haciendo que cada trazo adquiriera la singular, fogosa, brillante y prodigiosa personalidad de su genial y explosivo autor.

Una frase, que es más que descriptiva de su ímpetu creador, decía: “Si la nada no es una creación humana, la nada debe de existir en alguna parte, y cuando la encontremos… ¡la pintaremos!”

El Paricutín, comenzó a nacer el 20 de febrero de 1943 en el llano de Quitzocho, cerca de Parangaricutiro en Michoacán, exhalando una negra fumarola de las grietas de la tierra. Atl, ni tardo ni perezoso, se lanzó de inmediato al sitio, montando un campamento a la distancia más cercana pero prudente del evento. Ciertamente no quería perder ni un detalle del prodigio con el que la divinidad lo estaba favoreciendo. De hecho, escribió el bello libro titulado “Como nace y crece un volcán” (del que -encuadernado en tela- tengo la suerte de poseer el ejemplar N° 211 firmado por él) en donde, con precisión científica nos narra día tras día la evolución del magnífico evento, acompañado de sus formidables apuntes al carbón y desde luego sus “atlcolors”.
“Una escoria -relata- cayó a cien metros de mi tienda; medía tres metros de larga y un poco más de un metro de ancha, y se resquebrajaba y retorcía como si fuera un caramelo. El calor me sofocó. Quise huir pero mis piernas se negaban a moverse. Cogido al tronco de un encino sentí quemarme. No había otra cosa más que mirar antes de morir. El río de lava corría hacia donde yo estaba. Vagamente pensé que debía correr, pero no pude moverme. Mis brazos se fueron deslizando del árbol, y debo de haberme caído. El viento empujó polvaredas y calor y al fin pude respirar y recuperar los sentidos, pero permanecía clavado en el suelo. Esperé un largo rato, y un poco repuesto, me levanté despacio y me fui acercando hasta el límite de la lava que se había detenido a pocos metros de mi campamento convertido en cenizas. Recogí dos cosas que no se habían quemado: un machete y una botella de whisky. El machete no me sirvió para nada, pero el whisky me reanimó primero y me adormeció después; me quedé profundamente dormido”.

Posiblemente a consecuencia de todo esto, después de su estancia en París, un día después de haber tenido un colapso muy fuerte, el Dr. Palacios, que por suerte llegó a su casa esa tarde, le dijo “usted se está muriendo”; y lo llevó pese a sus reclamos, a una maternidad (la clínica más cercana). Creía que iba a tener un niño dijo, pero no; me cortaron una pierna, y salí sin niño y sin pierna.

Habiendo nacido el Paricutín hace 75 años, es el volcán más joven del mundo. Lamentablemente su espectacular presencia no duró más que escasos 9 años. Dos bocas diferentes construyeron los 424 metros del cono casi perfecto del aparato volcánico. Sus explosiones  catalogadas como strombolianas (expulsión de lava, ceniza y lápilli a gran altura) que enfurecían a Atl, “solo lanzó lápilli y nunca ceniza -decía- y su potencia nunca se compara  con el debilucho Stromboli”, fueron las que sepultaron el pueblo de Paricutín, y dejó tan solo la torre y el altar de la iglesia de Parangaricutiro. Desde el pueblo de Angahuan, en las cercanías y no muy lejos de Zamora, se pueden hacer buenísimas e interesantes excursiones hasta la iglesia sepultada, y si se desea… hasta las faldas del volcán.

DR

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