Viernes, 25 de Septiembre 2020

Ánimo, no tengan miedo

Cristo siempre va al encuentro del hombre, con delicadeza singular cuando éste pasa por alguna tempestad, un problema, una crisis que son terribles tormentas del alma

Por: El Informador

ESPECIAL

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LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: I Re. 19, 9ª. 11-13ª. “Quédate en el monte, porque el Señor va a pasar”.
EVANGELIO: Mt. 14, 22-33. “No teman, Soy Yo”.
SEGUNDA LECTURA: Rom. 9, 1-5. “Hasta quisiera verme separado de Cristo, si esto fuera para bien de mis hermanos”.

Ánimo, no tengan miedo

El pasaje del evangelio de Mateo de este domingo acontece “inmediatamente después de la multiplicación de los panes”, relato que nos hace ver a una comunidad reunida que se alimenta en la fe compartida y la fraternidad constituida en torno a Jesucristo. Una comunidad, saciada, satisfecha, protegida, arropada en sí misma, con la seguridad de una presencia providente que sostiene y da vida a esa comunidad.

Ahora es tiempo de “ir a la otra orilla”, ya es tiempo: “Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla”. Si Jesús ha de llegar a la otra orilla, preciso será que los discípulos se dispongan a precederle.

Pero, ¿en verdad estamos dispuestos a ello? ¿Acaso tiene sentido abandonar lo que hemos construido con esfuerzo, con tesón, con paciencia? ¿No basta con mantener y sostener la vida en comunidad fraterna? ¿No es esto lo que se nos pide? Y si hemos conseguido un atisbo de esto es nuestro contexto habitual, ¿no es un contrasentido marchar en busca de “otra orilla”? ¿No es demasiado pronto, no seré mejor quedarse y fortalecer lo que ya tenemos, que bastante en precario está?

Siempre hay otra orilla. Siempre hay otra tierra que nos llama, siempre hay otras gentes, otros mundos, otras culturas, otras sociedades, otras multitudes, que necesitan ser saciadas. Jesús mismo nos las señala, nos apremia a ir a ellas, porque Él mismo se dispone a ir a la otra orilla. El irá, ¿quién le dirá que no?

Muchas razones y argumentos tenemos que oponer para no ir a la otra orilla: hay que cruzar el mar, hay que dejar tierra firme (lo que conocemos) y asumir el peligro de introducirnos en un contexto inestable, movedizo, posmoderno, incomprensible, e incluso amenazante; hoy la barca no está preparada: está vieja y desgastada, débil para ese viaje, sin las fuerzas de otras épocas “mejores”; precisamente ahora que contamos con menos fuerzas, ¿no es mejor reforzar nuestra propia orilla, lo “seguro” lo que ya conocemos, lo que ya “funciona”? Además, ¿y si no nos quieren en la otra orilla? 

Para mayor desconcierto, Jesús se nos acerca andando sobre aquellas aguas turbulentas: no puede ser Él, es un falso Jesús, un “fantasma”: Jesús no estaría con ellos, no puede estar con ese mundo, no son los suyos, no le comprenderían ni le acogerían. Pero Él está allí, avanza hacia allí con paso firme y decidido, y en su afirmación, derriba nuestras precauciones y oposiciones: “Ánimo, soy Yo, no teman”.

Entonces, si Él está también allí, no hay excusa, no hay pretexto: aquella orilla también es su orilla.

También habrá de ser nuestra orilla. A ella tenemos que dirigirnos. El saber que Él también se dirige allí, que también allí están los suyos, que Él también está ahí, será nuestra fuerza: “Te basta mi fuerza”, no importa el estado de la Iglesia. La Iglesia se rejuvenece cada vez que encuentra nuevas orillas, a las que Cristo mismo nos invita. Rechazarlas es morir, es hundirnos, dejarnos engullir por nuestros propios vientos, nuestros propios miedos, nuestras propias negativas y rechazos.

Domingo décimonono ordinario

La noche de la fe

En este domingo decimonono ordinario del año, el evangelista San Mateo presenta una escena de la vida de Cristo, en la que él y sus 11 compañeros fueron testigos y parte.

Para que los discípulos, todavía titubeantes e indecisos, se definieran, afianzaran su fe, les dio una prueba: una angustia, y luego la alegría, el consuelo, la certeza de quién era su Maestro y el gozo de estar a su lado.

Después del milagro de la multiplicación de los panes, ya casi de noche, Jesús “mandó a sus discípulos subir a la barca y precederle en la otra orilla, mientras Él despedía a la gente”.

Los dejó alejarse, y mientras “Él subió a un monte apartado, para orar”. La barca se había alejado mucho de la tierra y era azotada por las olas, pues el viento le era contrario.

Ya muy entrada la noche -“a la cuarta vigilia”, dice San Mateo-, como entre las tres y las cuatro de la mañana, después de horas de miedo y zozobra, de lucha contra el viento, contra la tormenta, contra las encrespadas olas enloquecidas, “Jesús vino a ellos caminando sobre el mar”. Al verlo ellos andar sobre las olas, se turbaron y decían: “Es un fantasma”.

Aunque Cristo siempre va al encuentro del hombre, con delicadeza singular cuando éste pasa por alguna tempestad, un problema, una crisis que son terribles tormentas del alma, el hombre muchas veces tiene velados sus ojos y no reconoce a quien viene a él, porque al Señor se le puede reconocer solamente cuando hay fe y humildad.

En este siglo muchos aceptan y anuncian a un Cristo filosófico, idiologizado, imaginario, o manipulado por ideologías extrañas a la fe y a los acontecimientos reales del Evangelio.
Otros aceptan un Cristo meramente histórico, analizado, criticista, científicamente en su entorno sociorreligioso, sobre módulos de una ideología utilitaria y para sus propias conveniencias. Al auténtico Cristo, Dios y hombre en medio de los hombres, “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13, 8), se le conoce, se le acepta y se le sigue, en virtud del don gratuito de la fe.

José Rosario Ramírez M.

Caminar en el mar o en el miedo

Desde tiempos de Jesús hasta la actualidad, hemos vivido en escenarios determinados por el odio y miedo. Hoy en nuestro mundo, sistemas políticos, militares, económicos y religiosos imparten duros dictados de letra que generan terrorismo, despertando introyectos de miedo aprendidos durante nuestro desarrollo e instalados en el pensar, sentir y actuar, colocándonos en total vulnerabilidad.

Desde hace tiempo, el mal de nuestros males es el miedo; hagamos memoria para darnos cuenta de que los escenarios de violencia, exclusión y muerte siguen presentes en nuestro entorno. Si dimensionamos sus expresiones, el saldo es que aquí y ahora somos sobrevivientes de guerras y, hoy, de una pandemia. No nos ha tocado una bala para acabar con nuestra vida ni hemos perecido como más de 50,000 personas por el virus Sars-Cov2. Somos sobrevivientes, ¿cómo le hemos hecho?

Ante situaciones como el COVID-19 en las que quedamos expuestos, inciertos y vulnerados tenemos tres formas de reaccionar: 1) contra fóbicamente, “no pasa nada, el virus es un invento”; 2) con fobia, “me voy a contagiar” y exagero prácticas de autocuidado; 3) me informo y ubico en el contexto, asumo mis temores me hago cargo de ellos, reflexiono a la luz del Evangelio y actúo responsablemente evaluando mi proceso de vida: cuido y me cuido. Mientras que las dos primeras formas tienen de común denominador al miedo, la tercera asume el rostro de la promoción de la salud, del amor.

Desde las prácticas impuestas conviene cuestionarnos, entre otras, el uso de cubrebocas: si lo uso para no contagiarme, es posible que lleve el dejo de respuestas del miedo; pero si lo uso para cuidar a otros, es probable que muestre el sello del amor. Cuidar a las personas de mis miedos es la invitación de Jesús a sus seguidores. El miedo hay que trabajarlo: identificarlo, orarlo y dialogarlo, tiene cara y nombre. Pese a que crecimos bajo su dominación, no estamos hechos para caminar en él sino para hacerlo en el amor con actos de compasión, solidaridad, equidad; cuidarnos y cuidar juntos nuestra Casa Común llamada Tierra.

Javier Escobedo, SJ - ITESO

JL

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