Martes, 27 de Octubre 2020

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Suplementos | Decimoctavo Domingo Ordinario

Al ver tanta gente reunida, tuvo compasión y curó a los enfermos

“Denles ustedes de comer” es la voz de Cristo para despertar al cristiano, para sacarlo de su egoísmo y para que ponga sus ojos y su corazón en ayudar a los desposeídos

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse». WIKIPEDIA/«Milagro de los panes y los peces», de Giovanni Lanfranco.

«Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse». WIKIPEDIA/«Milagro de los panes y los peces», de Giovanni Lanfranco.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Is. 55, 1-3.

«Esto dice el Señor:
“Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua;
y los que no tienen dinero,
vengan, tomen trigo y coman;
tomen vino y leche sin pagar.

¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan
y el salario, en lo que no alimenta?

Escúchenme atentos y comerán bien,
saborearán platillos sustanciosos.
Préstenme atención, vengan a mí,
escúchenme y vivirán.

Sellaré con ustedes una alianza perpetua,
cumpliré las promesas que hice a David’’».

SEGUNDA LECTURA

Rom. 8, 35. 37-39.

«Hermanos: ¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada?

Ciertamente de todo esto salimos más que victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado; pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni el presente ni el futuro, ni los poderes de este mundo, ni lo alto ni lo bajo, ni creatura alguna podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús».

EVANGELIO

Mt. 14, 13-21.

«En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños».

Al ver tanta gente reunida, tuvo compasión y curó a los enfermos

En este domingo decimoctavo ordinario del año, el evangelista San Mateo presenta una escena conmovedora de la vida de Cristo:

Él, con sus apóstoles, se había retirado a un lugar apartado, pero hasta allá lo siguió la multitud. La miró con sus ojos cargados de amor y le tuvo compasión.

Mas no compasión inútil, sino efectiva. Con su poder curó a los enfermos y dio de comer a más de cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños, y le bastaron cinco panes y dos pescados.

Los evangelistas dan testimonio de dos multiplicaciones milagrosas de esos alimentos. Esta es la primera.

Los apóstoles tenían un pensamiento distinto del de su maestro: “Despide a esta gente, para que se vaya a las aldeas y compre algo que comer”.

Jesús sabe que va a hacer: Hará un milagro. Su poder divino será apreciado, gustado por todos. Todos “comieron hasta saciarse” de los cinco panes y dos peces del milagro.

Pero antes, Jesús levantó sus ojos al cielo y pronunció la bendición. Un católico hizo un día este comentario: “Nada ha faltado en la mesa de mi familia. Pero un día me vino una luz: en cuarenta años hemos almorzado, comido y cenado, y ni los míos ni yo hemos dado gracias a Dios por el alimento. Desde ese día ni una sola vez nos hemos sentado a la mesa, sin antes haber bendecido y dado gracias a Dios porque ha multiplicado los alimentos”. El cristiano, pues, siempre ha de reconocer que “el pan nuestro de cada día” está allí, sobre la mesa, por la bondad divina.

Así les respondió Cristo a los apóstoles. Él sabía lo que iba a hacer: multiplicó los panes y los peces, y los apóstoles los distribuyeron entre la multitud.

¿Qué has hecho tú por los muchos que padecen hambre? “Denles ustedes de comer” es la voz de Cristo para despertar al cristiano, para sacarlo de su egoísmo y para que ponga sus ojos y su corazón en ayudar a los desposeídos.

José Rosario Ramírez M.

Abrir el sentido

Estos últimos domingos los evangelios nos ofrecen dichos, narraciones (como las parábolas) y palabras de Jesús. No se trata de anécdotas ni de doctrinas: la mayor parte del tiempo los evangelios nos van poniendo en contacto con el mensaje central del Evangelio: el Reino de Dios ya está entre nosotros, pero tenemos que buscarlo.

¿Qué quiere decir esto? Normalmente, tanto las acciones como las palabras de Jesús tienen un excedente de sentido, tienen un significado mayor que lo que podemos percibir en una lectura apegada a la letra. Leer los evangelios es abrir el sentido de la palabra. No quiere decir que cada uno puede hacer lo que quiera con la Palabra de Dios, sino que en el acto de buscar el significado de lo que estoy leyendo se abre un horizonte más amplio, y esto gracias al excedente de significado de la Palabra.

Los evangelios buscan hablarle a cada quién en su contexto, en su cultura, en su circunstancia, por eso no se pueden quedar anclados en una sola interpretación. Jesús tiene la certeza de que su Padre actúa y trabaja en el mundo. Cuando abrimos el sentido de las palabras y los hechos de Jesús (por ejemplo, en la multiplicación de los panes), en realidad nos abrimos a la acción de Dios que está presente en el mundo. El Padre de Jesús actúa hoy en medio de nosotros, pero a cada uno le toca mirar, desde su propia vida, en qué consiste esta acción de Dios y qué significado tiene.

Para abrirnos a este excedente de sentido, san Ignacio de Loyola recomienda sentir y gustar cada escena, cada parte del Evangelio, contemplarla “como si presente me hallase”. Después de esta contemplación, san Ignacio pide “reflectir para sacar provecho”. Al implicarme en aquello que leo, puedo ver el sentido de las acciones de Jesús: Dios alimenta a una gran multitud a través de su Hijo que comparte el pan. O me dejo afectar por su misericordia generosa y pródiga. Al final del día, los evangelios buscan que seamos capaces de encontrar a Dios actuando en nuestra propia vida. 

Rubén Corona, SJ - ITESO

Fraternidad, cooperación y bien común

La compasión que Jesús muestra con los problemas de los hombres y mujeres que le rodean es grande, tiene una sensibilidad especial que le hace identificarse y ponerse en el lugar del otro. Aquel día, dice el evangelio, curó enfermos, porque Jesús no hablaba de un Dios abstracto, sino de un Padre que sentía compasión por sus hijos y no era indiferente ante el dolor humano.

La compasión de Cristo es una manifestación de la experiencia que vive del amor del Padre. San Juan lo explicaría más tarde en su Primera carta (1,4-10) cuando dice: “nosotros amamos porque Dios nos amó primero”, por eso Jesús, que vivía la plenitud del amor del Padre, con toda propiedad podía decir: “el Padre y yo somos uno”.

Jesús nos enseña a ver a los hombres de otra manera, a través del amor. Nuestra inclinación es ver a los demás como objetos, como algo que nos puede ser útil, usar o poseer. El maestro nos enseña que la otra persona, a la que hay que amar, es como otro yo, como una extensión de uno mismo. Por eso al hablar del amor, dijo “amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”.

“Denles ustedes de comer”. Sorprende que Jesús diga de una forma imperativa, “denles ustedes de comer”. Nos sorprende el lenguaje, porque se nos ha presentado a Jesús como un taumaturgo que remedia las situaciones difíciles recurriendo al milagro, algo extraordinario, que solo Él podía hacer, pero esto no es válido para nosotros que no hacemos milagros. La intención del Nazareno es otra, lo que le interesa es resaltar el poder de la solidaridad dentro del grupo. Lo interesante no es el individuo que da de lo que le sobra, la limosna, es la comunidad que se siente solidaria. Así lo entendieron los primeros cristianos, los Hechos de los Apóstoles nos dicen que el grupo de creyentes tenía todo en común. 

En nuestra sociedad, a pesar de que existen ciertas manifestaciones de un individualismo, la conciencia de fraternidad, la cooperación y trabajo por el bien común se van abriendo camino. Para nosotros, los cristianos, las palabras de Jesús son especialmente relevantes, porque nos recuerda nuestra preocupación por remediar los problemas sociales. La motivación última siempre será la fraternidad, el compartir un mismo pan y una misma mesa, no porque seamos una organización social, sino por sentirnos hijos de Dios y hermanos de los necesitados.

Finalmente, el relato evangélico, tiene unas connotaciones claramente eucarísticas. Por eso es importante señalar la vinculación de la multiplicación de los panes con la Última cena del Señor. En la eucaristía Jesús se da a sí mismo como comida, entrega su propia vida, para que nosotros tengamos una vida más rica junto al Padre. Pero además nos recuerda que nosotros mismos hemos de continuar esta entrega dándonos a los demás, Por eso la tradición de la Iglesia siempre ha vinculado la eucaristía con el amor compartido en la fraternidad.

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