Viernes, 07 de Agosto 2020

¡A encontrar nuestros tesoros!

Es grande la oportunidad que tenemos en este domingo para preguntarnos: ¿dónde se encuentran esos tesoros del Reino?

Por: El Informador

La palabra de Dios es uno de los tesoros que nos han sido dados. ESPECIAL

La palabra de Dios es uno de los tesoros que nos han sido dados. ESPECIAL

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: Rey. 3, 5-13. “Yo te concedo lo que me has pedido”.
EVANGELIO: Mt. 13, 44-52. “Vende cuanto tiene y compra aquel campo”.
SEGUNDA LECTURA: Rom. 8, 28-30. “A quienes llama, los justifica”.

¡A encontrar nuestros tesoros!

El evangelio de este domingo, nos ofrece uno de los temas más queridos del Papa Francisco, la alegría. Alegría de aquel que encuentra a Cristo, que se sabe amado por Dios, de aquel que encuentra el perdón y la paz, de aquel que se siente sanado o liberado. La buena noticia no puede ser otra cosa sino una fuente inagotable de alegría.

Para describirnos esta alegría, Jesús utiliza algunas comparaciones, hechos sencillos de la vida cotidiana que usualmente producen un enorme gozo en quien los vive: encontrarnos con un gran tesoro, una perla preciosa. Estas son las comparaciones que Jesús utiliza para ofrecer a nuestros corazones la certeza de esa alegría que Dios quiere, que está en su plan original, y que tal vez hemos arruinado, hasta cierto punto, por el pecado personal y social.

Quiero invitarte a detenernos en la primera de las comparaciones utilizadas por nuestro Señor para hablar del Reino, la del tesoro que se encuentra escondido en un campo. Qué atinado y cierto este ejemplo, cuando un tesoro está escondido en un campo cualquiera puede pasar por un lado sin darse cuenta, puede desperdiciar la oportunidad de su vida, perder esa alegría, a pesar de estar tan cerca, como está oculta, sigue permaneciendo “lejana”. Esto es lo que significa la parábola de los tesoros.

Es grande la oportunidad que tenemos en este domingo para preguntarnos: ¿dónde se encuentran esos tesoros del Reino? ¿Cuáles son esos campos? Quizá hemos pasado muchísimas veces al lado de esos grandes tesoros y nosotros ni nos enteramos, no los sacamos, no los disfrutamos. Me gustaría resaltar algunos de esos tesoros, para que juntos los revaloremos y disfrutemos.

La Palabra de Dios. ¿Cuánta sabiduría, cuánta luz, cuánta misericordia, cuánta bondad se encuentra ahí? ¿Recuerdas dónde está tu Biblia o la de tu familia? Porque, seguramente en tu casa existe una Biblia. No será que tal vez se encuentra enterrada, debajo de un montón de libros, libros que sí son importantes porque son de tus estudios, de tus negocios. A veces, literalmente la tenemos enterrada porque está cubierta por una capa de polvo. Es un tesoro que se está perdiendo, pasamos por ese tesoro todos los días y a pesar de estar tan cerca, sigue estando “lejos” de que le encontremos.

Iglesia. ¿Sabes que en el corazón de cada templo se encuentra Jesús mismo, el Tesoro de tesoros?

¿Qué Él está ahí, vivo en el Sagrario? Y cuántas veces pasamos al lado de un Iglesia sin esa memoria agradecida, sin ese acto espontáneo de alabanza y adoración por todo lo que Él es y tantas bendiciones que derrama desde su presencia Eucarística. ¡Ahí está! Pasamos a su lado y pocos son los que le reconocen y agradecen.

Necesitados. El apóstol San Pablo nos dice: “hay más alegría en dar que en recibir” y ¿qué hacemos? La gente se vuelca en los centros comerciales para comprar y comprar y “recibir”. Hay un tesoro que es el de dar, y sobre todo a los que tienen mayor necesidad, te darás cuenta que lo que se recibe es muchísimo más de lo que tú das. Hay muchos campos y tesoros por descubrir, que el Espíritu Santo nos guíe para poder conocer la verdadera alegría, la del Evangelio.

Domingo décimoséptimo ordinario

El Reino de los Cielos se parece...

La imaginación, más veloz que cualquier otro vehículo, lleva este domingo al cristiano hasta la ribera del lago Tiberiades.

Cristo está sentado en la barca de Pedro. La multitud, procedente de numerosos lugares, no tiene prisa; sentada en la arena, la gente escucha la sabiduría divina que sale de los labios del Maestro, ahora en siete parábolas, narraciones sencillas para hacer inteligibles los misterios profundos del Reino.

En los dos domingos anteriores, los cristianos meditaron en las primeras cuatro.

Todos los hombres, en todos los tiempos, con el pretexto de ser previsores, de asegurarse para un futuro, tienen la tendencia de atesorar. Tal pasión es el pecado capital llamado codicia. Cristo invita a ir en busca de otro tesoro, escondido éste, porque no está en los bienes materiales, sino en la verdadera sabiduría de atesorar para la vida eterna.

El Reino de los Cielos se parece a ese tesoro; quien lo encuentra ya no se deja arrastrar por ilusiones pasajeras, pues ha encontrado una verdadera jerarquía de valores. En esta parábola está la fuerza expresiva en el intercambio: dar algo a cambio de un bien apetecible. Ésta ha sido, en veinte siglos de cristianismo, la sorpresa, la fuerte atracción de los grandes convertidos en tiempos y circunstancias distintos. Pero han dado un giro de 180 grados en su vida, han entregado todo por la más fina de las perlas: han encontrado a Cristo.

También se parece a una red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces.

Ésta, la última de las siete parábolas que el Señor dijo desde la barca en el lago de Tiberiades, tiene marcada intención escatológica; esto significa llevar el pensamiento hasta un final en el que poco agrada pensar, pero que es ineludible. ¿Quién de los seres humanos no es mortal? y molesta pensar en que llegará ese final en el tiempo, y que será el momento de rendir cuentas de los talentos (dineros), muchos o no tantos, administrados por quien los recibió y de los cuales ha de rendir cuentas.

José Rosario Ramírez M.

En primavera, aprende a amar los días grises

En pleno confinamiento, me viene a la memoria una historia conocida que refiero brevemente: 
Había un ciego sentado en la banqueta, con una gorra a sus pies y un pedazo de madera en que se leía: “Por favor, ayúdenme, soy ciego”. Un publicista que pasaba frente a él, se detuvo y vio unas pocas monedas en la gorra. Sin pedirle permiso tomó el cartel, le dio la vuelta, tomó un gis y escribió otro anuncio. Volvió a poner el pedazo de madera sobre los pies del ciego y se fue. Por la tarde el publicista volvió a pasar frente al ciego. Su gorra estaba llena de billetes y monedas. El ciego reconoció sus pasos y le preguntó qué había escrito en el cartel. El publicista le contestó: - “Nada que no sea tan cierto como tu anuncio, pero con otras palabras”, sonrió y siguió su camino. El ciego nunca lo supo, pero su nuevo cartel decía: “Hoy es primavera, y no puedo verla”. 

La consolación espiritual nos hace ver a las personas, a las cosas y las situaciones con tonalidades que tienen luz; la desolación espiritual nos priva de ver posibilidades, porque el color sólo se puede ver con la refracción de la luz. Está en nuestras manos y en la ayuda que nos viene de Dios, hacer que desde adentro nuestra luz brille y, como en la historia del ciego, podamos darle un nuevo sentido a este tiempo de confinamiento. La clave está en tres cosas: darnos cuenta de cómo nos encontramos (si en consolación o desolación); luego, de distinguir que la luz nos viene de Él (Dios) y que la sombra (desolación) es todo lo que nos priva de ver, hacer o sentir. Finalmente, hay que tomar acciones concretas para, en primer lugar, aceptar los beneficios que Dios nos entrega en esta nueva cotidianidad y, en segundo lugar, rechazar todo lo que apague esa luz. Seguramente cuando acabe la cuarentena y el confinamiento, extrañaremos estos días que parecían ser grises, cuando en realidad han estado llenos del color de nuestra primavera interior.

Juan Enrique Casas, SJ - ITESO

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