Jueves, 16 de Julio 2020

Nosotros vs. Ellos

El sectarismo amenaza con romper al país en dos mitades irreconciliables
 

Por: Enrique Toussaint

Llevamos dos años, desde la elección misma, en donde la conversación pública está atrapada entre dos segmentos de la opinión que se comportan como tribus primitivas. EL INFORMADOR/E. Victoria

Llevamos dos años, desde la elección misma, en donde la conversación pública está atrapada entre dos segmentos de la opinión que se comportan como tribus primitivas. EL INFORMADOR/E. Victoria

El panorama político nacional está marcado por el sectarismo y la intransigencia. Carmen Aristegui y Rossana Reguillo son perseguidas y acosadas por atreverse a hacer lo que siempre han hecho: publicar investigaciones que estorban al poder. Una maquina de lodo puesta a operar para desacreditar a cualquier persona que ose criticar a su “altísima serenísima”, la directora de NOTIMEX, Sanjuana Martínez. O a López Obrador. Enfrente, una bola de comentócratas que han cambiado el análisis por la cacería de brujas. “El Gobierno enfila al socialismo”, decía Pablo Hiriart en su columna del martes. Contenga la risa, estimado lector. “O la república pobrista”, un invento en la cabeza de Héctor Aguilar Camín al que le dedicó toda la semana.

México vive un fenómeno que no es exclusivo de nosotros: el sectarismo. Escribía hace unos días Santi Vila en La Vanguardia: “de todas las amenazas a la democracia, el sectarismo es una de la más perniciosa”. El sectarismo es alentado por las redes sociales y los grupos políticos. No quieren que pensemos, sino que seamos una masa de hooligans fieles al líder. Nos quieren dóciles en la defensa de nuestras libertades, pero fanáticos a la hora de atacar a quien no piensa como nosotros. En el sectarismo, la historia ya está escrita. Veámoslo, en México: los más empedernidos seguidores de AMLO -que en sus formas rozan con el fascismo- no tienen duda que la Cuarta Transformación es algo así como la bondad hecha Gobierno. No hay espacio para el disenso, no hay espacio para la crítica. Hasta Aristegui es sospechosa de haber caído en las garras de la contrarrevolución.

Y, por el otro, esos sectores peje fóbicos que sólo escuchan su nombre y les hace salir el instinto más primario que llevan dentro. Más que ciudadanos razonables, se convierten en obsesivos persecutores de todo lo que huela a Morena. Les corroe tanto, por dentro, las formas de AMLO, que sacan su cara más elitista y racista. Para ellos, López Obrador ya fracasó. Bueno, fracasó desde que ganó. Fracasó sin haber tomado una sola decisión. Es el problema del sectarismo: la realidad no importa. La información no importa. Sectas que se enfrentan a diario y que, lamentablemente, orientan la discusión hacia posiciones en donde no está la mayoría de la ciudadanía mexicana. El objetivo de ambos extremos es que México se rompa. Qué nuestro país se subsuma en una guerra fría entre dos bandos irreconciliables. Es fascismo: el otro no debe existir. 

La realidad es que el sectarismo es el pensamiento político más primario. Es algo tan sencillo como una guerra bíblica entre buenos y malos. El “nosotros” simboliza la unión para derrotar a aquellos que atentan contra los verdaderos valores políticos. Y cuando uno cree que tiene toda la razón, la más absoluta de las verdades, y el de enfrente simboliza todo lo opuesto (la anti-verdad), se vale todo. ¿Qué se vale? Pues que un periodista, como Pedro Ferriz Hijar, pregunta si es recomendable un golpe de Estado para evitar que el comunismo llegue a México. ¿Realmente Ferriz Hijar sabe que un golpe de estado es la abolición de la democracia, las libertades y los derechos? ¿Cómo se puede ser tan irresponsable? O qué decimos de militantes de Morena que piden, a diario, que los periodistas no afines al Gobierno, se apelliden Gómez Leyva, Loret o Krauze, sean despedidos de sus trabajos y censurados. No importa la libertad de expresión, no importa el derecho a disentir, no importa el pluralismo, el otro debe ser exterminado.

Esta semana conversaba en radio con la doctora Rossana Reguillo, que en conjunto con Artículo 19, Signa LAB y Aristegui Noticias, encabezaron una investigación para desnudar la sucia operación de NOTIMEX, la agencia del Estado mexicano, para descalificar y linchar a periodistas críticos. Y, luego de conversar con ella, pensé: el objetivo de estas campañas de linchamiento es la desaparición del enemigo. Son campañas de acoso, orquestadas por un lado y por otro, que sueñan con exterminar al distinto para poder reinar absolutamente en el espacio público. Si nos ausentamos unos minutos de las redes sociales, y lo llevamos a las manifestaciones políticas tradicionales, sería como pretender que una parte de la sociedad desapareciera simplemente porque no estamos de acuerdo con su ideología. El Presidente reclama a la oposición su uso de bots para ensuciar las redes sociales, pero se olvida que su movimiento (la RED AMLO) tiene toda una estructura articulada en red para descalificar y linchar a quien haga un comentario (exitoso) en contra del Presidente o Morena. Sólo basta con meterse con la Cuarta Transformación en las redes sociales para que aparezcan miles de perfiles, falsos y verdaderos, que te acusan de vendido y chayotero. No toleran la crítica, porque no son demócratas. 

Llevamos dos años, desde la elección misma, en donde la conversación pública está atrapada entre dos segmentos de la opinión que se comportan como tribus primitivas. Y detrás de esta fanatización, se esconde otra consecuencia: la eliminación de la realidad y, por ende, la persistencia en que la posverdad (la mentira) desvanezca la búsqueda de la verdad. Los datos ya no importan. Las explicaciones tampoco. Los matices, menos. La ciencia es corrupta y neoliberal. La prensa también lo es. Los empresarios son todos unos sátrapas. Lo explican Greg Lukianoff y Jonathan Haidt en “the coddling of the american mind”, un mismo hecho, con los mismos datos, suscita reacciones encontradas entre las distintas posiciones políticas. Todo esto pasa porque la política se ha vuelto una guerra de trincheras, en donde la capacidad de entender al otro no se ve como una cualidad democrática, sino como una rendición o abdicación. Es el machismo llevado a la práctica diaria de la política. El intransigente es venerado por la secta, mientras que el moderado, tolerante, es visto como frío y hasta indiferente. 

La política es mucho más que un Nosotros vs. Ellos. No es un partido de futbol ni el enfrentamiento de dos hinchadas (aunque hay quien advierte de la futbolización de la política, como el periodista Jordi Basté). No es el erróneo encuadre de Carl Schmitt: Amigos vs. Enemigos. La política es la construcción de puentes entre personas que piensan distinto. Buscar aniquilar al otro, buscar que el otro abandone el espacio público, es fascismo. El linchamiento y la promoción del sectarismo suponen dardos mortales a la libertad de expresión.

Tapatío

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