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Jueves, 17 de Enero 2019

Desentrañando a Montesquieu

La disputa entre poderes, ¿es normalidad democrática o erosión de los contrapesos?
 

Por: Enrique Toussaint

Desentrañando a Montesquieu

Desentrañando a Montesquieu

La división de poderes es la vía republicana para evitar el autoritarismo. Luego del absolutismo monárquico, la república tenía que desmontar el poder unipersonal del rey. Así nació lo que hoy conocemos como Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial. La democracia está vinculada directamente a evitar la concentración del poder y la división es el medicamento, hasta ahora más eficaz para lograrlo.

En México, el debate sobre la división de poderes se encuentra más vivo que nunca. Luego de una semana de disputa entre poderes por la ley de remuneraciones de los servidores públicos, la pregunta que flota en el ambiente es: ¿estas disputas debilitan o fortalecen la división de poderes? Que los ministros de la Corte, los diputados y el presidente se confronten, ¿socava los pesos y contrapesos de la república o, por el contrario, es síntoma de normalidad democrática?

Primero, el conflicto no socava la división de poderes; la desobediencia, sí. En México tenemos una cultura política que le tiene aversión al conflicto. No nos gusta ver que los políticos se pelean. Nuestra cultura política es infantil porque equiparamos conflicto con violencia. El autoritarismo priista nos heredó ciertos valores que sospechan del debate y la discusión. Desde niños nos enseñan que es malo discutir entre nosotros y recordemos aquella frase: es mejor no hablar de futbol, política y religión. La cultura política mexicana alaba el consenso y sospecha del disenso. Por lo tanto, cuando vemos que hay conflicto, pocas veces pensamos en las causas -nos preocupamos más por la pelea en sí. Es como en un matrimonio, en donde hay infidelidades o personalidades incompatibles, y alguno de los conyugues considera que el problema es que discuten mucho. Es confundir las consecuencias con las causas.

Pues, la política es conflicto. Y es conflicto porque pensamos distinto a nuestros padres, a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo. Vivimos en una sociedad plural y heterogénea, en donde muchas veces las posturas políticas son irreconciliables. Ante eso, la democracia es la vía civilizada de resolver nuestras diferencias. Por ello votamos por partidos políticos que tienen una determinada ideología y que se comprometen a poner en marcha un proyecto de Gobierno.

Decía Porfirio Muñoz Ledo que somos “la república simulada”. Y es cierto. Llevamos décadas simulando que somos federalistas. Décadas alabando la división de poderes. Y décadas creyendo que la subordinación es síntoma de una democracia de calidad. Y no. En México, la división de poderes siempre ha sido una quimera. Los diputados hacen lo que el mandamás les dice: dígale gobernador, jefe político o Presidente. Los magistrados llegan al Poder Judicial con la soga al cuello de las cuotas y cuates de los partidos políticos. Tal vez hemos tenido en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, un oasis de independencia.

Por lo tanto, lo normal es que los poderes discrepen uno de otro. Si vemos otras democracias, las más avanzadas, nos daremos cuenta de que el conflicto es permanente. Un diputado se mete con el Ejecutivo. El Presidente crítica las decisiones de los tribunales, y las togas le enmiendan la plana a los legisladores. La división de poderes es procesar el conflicto a través de las vías constitucionales. Lo anormal es la unanimidad; lo natural es la divergencia entre poderes. Por lo tanto, el conflicto no socava los pesos y contrapesos inherentes a la democracia.

La desobediencia sí supone una afrenta a la división de poderes y al orden constitucional. Imaginemos por un instante que López Obrador no acata las resoluciones de la Corte. Que, frente a la suspensión, emitida por la Corte en torno a la Ley de Remuneraciones, el presidente responde: no le voy a hacer caso a la suspensión porque es injusta. Ahí sí estaríamos a las puertas de una crisis constitucional. Por lo tanto, el conflicto, dentro del marco constitucional, es sinónimo de normalidad democrática.

Segundo, el conflicto no necesariamente nos lleva a crisis o a ingobernabilidad. Veamos el ejemplo de la disputa por la Ley de Remuneraciones. El Congreso aprueba una ley que pone el sueldo del Presidente de la República como el salario máximo del sector público. Los ministros se inconforman, la oposición también, y a través de un amparo presentado por PAN, PRI, PRD y MC, la Corte suspende la aplicación de la legislación. El Presidente dice que los salarios de la cúpula judicial son ofensivos, pero acata la resolución. Luego de eso, la bancada de Morena se reúne con los ministros y acuerdan impulsar una agenda de austeridad al interior del Poder Judicial. ¿Por qué pensamos que el conflicto automáticamente supone caos? ¿No es la competencia, sana, entre poderes la que puede desembocar en mejores resultados para toda la sociedad? ¿No es ésta la base del pensamiento liberal? ¿En algún momento se socavó, en cualquier forma, el equilibrio entre poderes o cada uno cumplió su función?

El conflicto y el debate público es fundamental porque obliga a los jugadores del tablero a colocar sus argumentos sobre la mesa. Cuando se privilegia la negociación discrecional, los acuerdos por debajo de la mesa y la presión escondida, pierde la democracia en una de sus dimensiones más importantes: la deliberativa. La sociedad tiene la posibilidad de valorar los argumentos de unos y otros, contrastar la evidencia, y hacerse una mejor idea de lo que suponen ciertas decisiones para el país. Asimilar conflicto con caos o crisis, es infantilizar a los ciudadanos, como cuando los padres le tienen que mentir a sus hijos sobre sus problemas. El conflicto es inherente a la política y fortalece la democracia. Exhibe las diferencias y crea mejores marcos para lidiar con ellas.

México vive un momento político muy particular. Sabemos que estamos frente a una crisis de régimen por una sencilla razón: todo está a debate. Los supues tos “consensos” de la transición implosionaron. Defendamos el equilibrio de poderes, pero siempre desde la inevitabilidad-e incluso deseabilidad-del conflicto y la disputa política. La ausencia de conflicto no supone una mejor democracia; por el contrario, casi siempre es sinónimo de simulación.

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