Domingo, 22 de Marzo 2026
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Cultura

Julieta Beltrán Lazo: el arte como proceso vivo

La artista  visual  concibe su práctica como un proceso íntimo de exploración donde el error, el cuerpo y la emoción desplazan las certezas. Entre Guadalajara y el extranjero, su obra se aleja de etiquetas para construir una voz propia

FaustoSalcedo

Desde muy temprano, la vida de Julieta Beltrán Lazo estuvo atravesada por la cultura. Esto más allá de una vocación súbita o una decisión épica, sino como una presencia constante, cotidiana, casi doméstica. Talleres de teatro, dibujo y pintura, visitas a museos, actividades extracurriculares: el arte apareció como un espacio disponible, abierto, no normativo. Un territorio donde el error no era sancionado y la imaginación podía desplazarse sin instrucciones rígidas.

“Siempre fue un espacio en el que lo disfrutaba mucho; era muy lúdico, y nunca me lo presentaron como aprender técnica o aprender a hacer las cosas correctamente”, recuerda en entrevista con EL INFORMADOR. “Nunca fue desde una presión de hacerlo bien, sino desde el disfrute y desde la exploración”.

Ese detalle es clave. En una infancia marcada por el perfeccionismo, el arte funcionó como un contrapeso: un lugar donde no existía una única forma correcta de hacer las cosas. Más adelante, ya en la adolescencia, cuando llegó el momento de decidir qué estudiar, las humanidades se impusieron como una inclinación natural. Historia, escritura, pensamiento crítico. Sin embargo, algo insistía por otro lado.

“Me encantaba la historia, pensaba que quería ser historiadora o escribir, pero todo el tiempo libre que tenía me la pasaba dibujando, haciendo cosas con las manos”, dice. “Entonces era como: sí, me gusta mucho esta parte más enfocada en el intelecto, pero necesito estar haciendo cosas, necesito trabajar con el cuerpo”.

Antes de aplicar a la universidad, Julieta se tomó una pausa. Viajó para estudiar historia del arte, todavía pensando desde el lugar más seguro de lo académico. Pero el contacto con la teoría no canceló la intuición inicial: el pensamiento, por sí solo, no bastaba si no estaba acompañado de práctica. El regreso a Guadalajara fue decisivo. Trabajar como asistente en el estudio de Eduardo Sarabia le permitió observar, por primera vez, el día a día real de un artista.

Julieta Beltrán Lazo. La artista posa junto a piezas de su autoría. CORTESÍA/Lydia Daniller

“Ahí se me abrió la visión de cómo se veía el día a día de un artista, de entender que sí hay disciplina, que sí hay rigor, que sí hay estructura”, explica. “Que no es solo inspiración, sino dedicarle horas concretas, entenderlo como una carrera”.

Ese descubrimiento coincidió con la posibilidad de estudiar en el extranjero. Julieta ingresó a la Rhode Island School of Design, en Estados Unidos, un entorno que representó un quiebre radical con su experiencia previa. “Entrar al contexto americano me descolocó muchísimo”, admite. Acostumbrada a una relación más lúdica con el arte, se encontró rodeada de estudiantes que ya se asumían plenamente como artistas, con una seguridad y una autodefinición que ella no sentía propia.

“Yo todavía no me sentía segura de nada de lo que estaba haciendo”, recuerda. “Comparaba el acceso a materiales, el tipo de educación que ellos habían recibido, y me sentía súper atrasada”. La intensidad del trabajo -jornadas de ocho horas, noches sin dormir, una cultura del exceso- produjo un periodo de vulnerabilidad profunda.

Sin embargo, esa exigencia terminó por provocar un desplazamiento interno. “Ver que todo el mundo se tomara tan en serio su trabajo me ayudó a decir: tenemos la misma edad, estamos todos aquí, yo también puedo tomarme en serio a mí misma”. 

Cabe señalar que esa intensidad dejó una huella duradera: hoy, su práctica no se concibe como impulso momentáneo, sino como trabajo sostenido.

“Ofrenda” (2025). Óleo sobre panel. CORTESÍA

Artista sin etiquetas

Nombrarse artista, sin embargo, nunca fue sencillo. Las etiquetas -pintora, artista visual, artista mexicana- aparecieron pronto como herramientas necesarias, pero también como fuentes de incomodidad. “Las etiquetas te ayudan a asumirte, pero también pueden ser muy limitantes, incluso intimidantes”, señala. “A mí siempre me han conflictuado un poco”.

Esa tensión se volvió especialmente visible durante sus años de formación en Estados Unidos, donde la identidad nacional y lo político se convertían casi en una exigencia discursiva. “Sentía que tenía que educar a los americanos sobre lo que estaba pasando en México”, explica. “Y es una carga enorme asumir esa responsabilidad, sobre todo cuando tienes 18 años y cuando inevitablemente hablas desde un montón de sesgos”.

El regreso a Guadalajara, motivado en parte por la pandemia y las restricciones migratorias, terminó siendo un giro afortunado. Le permitió desmontar esa lógica representacional y replantear su trabajo desde otro lugar. “Aquí no tenía sentido educar a nadie; más bien tenía que educarme yo”, dice. “Entender desde qué postura y desde qué privilegios estoy haciendo mi obra”.

A partir de ese regreso, su práctica comenzó a desplazarse hacia temas que antes había relegado: la intimidad, el cuerpo, los afectos, los cuidados. Preguntas menos declarativas y más situadas. “Cosas que antes sentía menos importantes que ‘explicar México’ retomaron fuerza y se volvieron centrales en mi práctica”.

“Gruesa” (2024). Tintas acrílicas y óleo sobre lienzo. CORTESÍA

Instalarse nuevamente en Guadalajara significó también encontrar comunidad. Tras un periodo trabajando únicamente en su estudio, comenzó a colaborar como asistente gráfica en el estudio de José Dávila. Ese equilibrio -medio tiempo en un espacio ajeno, tardes dedicadas a su propia obra- le permitió sostener una práctica sin que una absorbiera a la otra.

“Eso me ayudó muchísimo a sentir que había un balance”, explica. “Y también a empezar a conocer gente, a entender que había espacios culturales independientes donde podía exhibir, dialogar y verme ya como artista”. La diferencia fue clara: “sentir comunidad”.

Lejos del aislamiento competitivo que percibía en Estados Unidos, Guadalajara ofrecía un ecosistema donde el intercambio no estaba mediado exclusivamente por la lógica del rendimiento. Aun así, la estabilidad nunca fue entendida como un punto de llegada definitivo. “Algo que me he dado cuenta es que a mí me sirve ponerme en situaciones que me sacudan”, dice. “Que me obliguen a reestructurar y repensar por qué trabajo como trabajo”.

Ese impulso la llevó nuevamente al extranjero, esta vez a Chicago, para cursar una maestría. El movimiento no respondía a una huida, sino a una necesidad de reconfiguración. Con mayor claridad sobre lo que no quería -no volver a posicionarse como “la artista mexicana” encargada de representar un imaginario-, el foco se desplazó hacia preguntas más íntimas.

“No quiero volver a cubrir ese imaginario”, afirma. “Quiero preguntarme qué es lo que realmente me está inquietando, qué imágenes necesito, qué temas me incomodan”. Aprendió, así, a no aferrarse a las fórmulas que alguna vez funcionaron. “Entender que abandonar una forma no es descartarla para siempre, sino dejar que vuelva transformada”.

“Germinal” (2026). Óleo sobre lienzo. CORTESÍA

El metabolismo de la pintura 

Para Julieta, el arte no es una producción orientada exclusivamente al mercado ni una identidad profesional cerrada. Es, ante todo, un proceso de metabolización. “La pintura es la forma en la que metabolizo ideas y sentimientos”, explica. “Todo lo que entra en mi cuerpo, en mi cerebro, en mi sentir, sale por ahí”.

Incluso, sin público, sin exhibiciones, la necesidad persistiría. “Aunque no tuviera espacios donde mostrar mi trabajo, seguiría haciendo cosas”, afirma. “Me hace bien, me ayuda a procesar, a entenderme, a entender mi relación con el mundo, a imaginar otros futuros”.

Esa relación no es idealizada. La práctica también revela zonas incómodas, patrones repetitivos, tensiones no resueltas. “No siempre es una catarsis feliz”, admite. “A veces es darte cuenta de cosas que te incomodan, de patrones viciosos, y tener que atravesarlos”.

Entre sus referencias aparecen figuras como Ana Mendieta, Beatriz González o Miriam Cahn, artistas que han trabajado el cuerpo, lo político y lo incómodo desde registros distintos. También el muralismo mexicano aparece como sedimento visual. “No porque quiera referenciarlo directamente, sino porque crecí viéndolo”, dice. “Esos cuerpos macizos, bien plantados, inevitablemente entran en mi lenguaje”.

“Encarnada” (2025). Óleo y carboncillo sobre lino. CORTESÍA

Hoy, Julieta se encuentra en un momento de transición consciente. Está cerrando la década de los veinte sin prisa por cristalizar una idea de éxito. “Siento que he construido las cosas a mi ritmo”, afirma. “De una forma coherente con mis valores y con la ética que quiero sostener en el estudio”.

Hay frustraciones, límites autoimpuestos, oportunidades que quizá no tomó. “A veces siento que por esas ideas me limito”, reconoce. “Que no soy lo suficientemente agresiva para ciertas cosas”. Pero también hay una claridad que se ha ido decantando con el tiempo.

“Es muy bonito ver que ideas que tenía a los 19 años hoy las puedo articular con más confianza”, reflexiona. “Entender que eso sigue conectado y que no fue tiempo perdido”.

El deseo de volver a Guadalajara permanece. No como repliegue, sino como apuesta. “El diálogo con mi trabajo se siente más rico ahí”, dice. “Hay algo de la cultura en México -los vínculos, la comunidad- que aquí simplemente no existe”.

Más que definirse por etiquetas, Julieta Beltrán Lazo parece estar construyendo algo menos visible pero más duradero: una relación con el arte que admite el cambio, la duda y la incomodidad como parte del proceso. No como obstáculos, sino como señales de que el trabajo sigue vivo.