Domingo, 05 de Julio 2026

La antesala diplomática de la Cristiada

El conflicto inició años antes de la Ley Calles debido a la persecución, encarcelamiento y extorsión a sacerdotes por parte de jefes revolucionarios, así como la clausura de escuelas y conventos

Por: Guillermo Dellamary

La Ley Calles de 1926 y el levantamiento popular no surgió en un paisaje vacío. Llegó después de años en que muchos mexicanos habían visto restringida su vida religiosa. ESPECIAL

La Ley Calles de 1926 y el levantamiento popular no surgió en un paisaje vacío. Llegó después de años en que muchos mexicanos habían visto restringida su vida religiosa. ESPECIAL

La Cristiada suele comenzar a contarse en 1926, cuando la Ley Calles llevó al extremo el conflicto entre el Estado revolucionario y la Iglesia. Es comprensible: entonces estalló la resistencia abierta, se cerraron templos, se suspendió el culto público y miles de mexicanos, sobre todo campesinos, tomaron las armas con el grito vibrante de “¡Viva Cristo Rey!”. Pero la historia rara vez nace en el instante en que se vuelve estruendo. Antes de la tormenta hay nubes, avisos, voces que nadie escucha suficientemente. Y en este caso, más de una década antes de la Ley Calles, ya existía una red de preocupación que iba de México a Washington, de Nueva York a Roma y del delegado apostólico a las altas oficinas del gobierno norteamericano.

Documentos de 1914 y 1915 muestran que la cuestión religiosa mexicana no era un asunto invisible para el mundo. Sacerdotes encarcelados, religiosas expulsadas, amenazas contra la libertad de culto, presiones económicas y ataques a quienes representaban a la Iglesia comenzaron a ocupar un lugar en las conversaciones diplomáticas. No se trataba aún de la Guerra Cristera, pero sí de su larga antesala: la herida antes de hacerse ruptura, el humo antes de convertirse en incendio.

Uno de los testimonios más reveladores procede del Departamento de Guerra de los Estados Unidos. En noviembre de 1914, mientras las tropas norteamericanas se disponían a evacuar Veracruz, el mayor general W. W. Wotherspoon, jefe del Estado Mayor, comunicaba que se buscaba transportar a sacerdotes y monjas fuera del puerto mexicano en el vapor San Marcos, rumbo a Galveston. El asunto no era meramente administrativo. Mientras se movían tropas y se reordenaban poderes, había religiosos cuya seguridad exigía rutas de salida, coordinación eclesiástica y protección material. La Iglesia Católica tenía ya agentes preparados para recibirlos en Texas. La persecución, o al menos el temor bien fundado, ya comenzaba a producir desplazados.

Poco después, las redes católicas de Estados Unidos hicieron llegar al delegado apostólico en Washington, monseñor John Bonzano, informes reservados sobre México. En ellos se proponía una estrategia prudente, pero firme: no solicitar una intervención militar, sino condicionar el eventual reconocimiento diplomático de Washington al respeto de la libertad de conciencia, de educación y de culto. El argumento era significativo. La Iglesia no pedía que Estados Unidos gobernara México; pedía que no legitimara un gobierno que persiguiera la religión.

PRIMERA PARTE: A cien años de la Guerra Cristera
SEGUNDA PARTE: De las Leyes de Reforma a los Cristeros: Cuando el diálogo se volvió imposible
TERCERA PARTE: Cuando la ley quiso educar el alma
CUARTA PARTE: Cuando los clérigos buscan las urnas
QUINTA PARTE: La pólvora bajo la ceniza: Madero, Huerta y el clima que incubó la persecución
SEXTA PARTE: Guerra Cristera: Cuando el Estado también quiso administrar

En ese mismo ambiente se advertía que los obispos mexicanos no deseaban una intervención extranjera. La memoria histórica de México, tan marcada por invasiones y humillaciones, hacía imposible confundir la defensa de la Iglesia con la entrega de la soberanía nacional. El reclamo era otro: que el país pudiera construir una libertad auténtica, en la que ser católico no equivaliera a ser sospechoso, ni tener sotana fuera una provocación política.

La posición norteamericana, sin embargo, tenía sus propias ambigüedades. Washington hablaba de libertad religiosa, pero hablaba también desde el poder. William Jennings Bryan, secretario de Estado, dejó constancia de ello en comunicaciones dirigidas a los jefes constitucionalistas. El 23 de julio de 1914, se enviaba un mensaje a Venustiano Carranza y Francisco Villa para advertirles que el reconocimiento internacional dependería de la forma en que administraran su triunfo. Entre los puntos decisivos aparecía el trato a los extranjeros, a los vencidos políticos y militares, y, de modo muy explícito, a la Iglesia Católica y a sus ministros.

La advertencia era clara: nada escandalizaría más al mundo civilizado que un trato punitivo o vengativo contra sacerdotes, religiosas o ministros de cualquier confesión. Estados Unidos no podía —decía Bryan— dictar leyes ni formas de gobierno a México, pero sí podía ejercer la presión de su opinión pública, su ejemplo político y, sobre todo, el peso de su reconocimiento diplomático. Era una doctrina de influencia moral, aunque no exenta de intereses geopolíticos. México era vecino, territorio estratégico, frontera viva, y la Revolución no podía separarse de las miradas del norte.

En diciembre de 1914, se repitieron estas representaciones ante el gobierno provisional de Eulalio Gutiérrez. Y cuando, en febrero de 1915, llegó a Washington la noticia de que aproximadamente 180 sacerdotes habían sido encarcelados por órdenes del general Álvaro Obregón por no entregar medio millón de pesos, el Departamento de Estado reaccionó con inquietud. Se pidió hablar de inmediato con Carranza, exigir protección para sacerdotes estadounidenses o extranjeros y usar los buenos oficios diplomáticos para conseguir la liberación de los sacerdotes mexicanos.

El lenguaje del telegrama es de una gravedad que no debe pasar inadvertida: aquellos métodos de recaudación fueron descritos como “inusuales e injustificables”, capaces de despertar desaprobación mundial y resentimiento tanto en México como fuera de él. Es decir, en 1915 ya se percibía que el hostigamiento a la Iglesia no era solo una cuestión interna o una disputa ideológica entre revolucionarios y clérigos. Era un síntoma de la clase de Estado que estaba naciendo.

Otros documentos revelan, además, que el conflicto se libraba también en los periódicos, en conferencias, en cartas privadas y en la lucha por influir en la opinión pública. El jesuita R. H. Tierney escribía sobre las “víctimas de la persecución en México”, denunciaba el uso político de ciertas declaraciones religiosas y expresaba preocupación por voces que, a su juicio, comprometían la defensa de la Iglesia. Había una batalla por el relato: quién definiría lo que México estaba viviendo, quién sería considerado patriota y quién enemigo de la patria.

Todo esto obliga a revisar la idea de que la Cristiada surgió de pronto por la severidad de la Ley Calles, que sí fue el detonante final, pero ya antes existieron años de desconfianza, medidas anticlericales, encarcelamientos, expulsiones, presiones contra sacerdotes extranjeros y una creciente voluntad de someter la vida religiosa al poder revolucionario.

La Cristiada no fue solamente una rebelión de campesinos armados. Fue también el desenlace de una larga sensación de asfixia. En aquellas cartas de 1914 y 1915 ya se puede escuchar el rumor de la tragedia que vendría: México buscaba reconstruirse después de la Revolución, pero una parte profunda de su visión de la religión comenzaba a sentir que la nueva patria quería edificar su futuro dejando fuera a Dios, el evangelio y la Iglesia.

Y cuando una nación intenta amputar una dimensión esencial de sí misma, la historia tarde o temprano reclama la parte que le fue negada.

En 1915, alrededor de 180 sacerdotes fueron encarcelados por órdenes del general Álvaro Obregón bajo la exigencia de obtener medio millón de pesos. ESPECIAL 
En 1915, alrededor de 180 sacerdotes fueron encarcelados por órdenes del general Álvaro Obregón bajo la exigencia de obtener medio millón de pesos. ESPECIAL 

Cuando los sacerdotes se convirtieron en rehenes

El documento nos anticipa el clima espiritual de la Cristiada, que es particularmente doloroso. El ya mencionado 20 de febrero de 1915, el Departamento de Estado norteamericano recibió la noticia de que alrededor de 180 sacerdotes habían sido encarcelados en la Ciudad de México por órdenes del general Álvaro Obregón bajo la exigencia de obtener medio millón de pesos. Fueron privados de su libertad con el fin de pedir dinero.

Hoy llamaríamos a aquello una forma de secuestro con extorsión. Y solo por ser sacerdotes se omitía la ley, sin una acusación concreta o un proceso judicial, para convertirlos en una forma de sacar dinero. El ser humano era reducido a garantía de pago. La sotana, que para tantos mexicanos representaba la eucaristía y el consuelo espiritual, se convertía para ciertos jefes revolucionarios en una suerte de pagaré viviente.

El prejuicio que alimentaba estas prácticas era tan simple como cruel: suponer que los sacerdotes nadaban en dinero, que detrás de cada parroquia había fortunas ocultas y que la Iglesia podía ser exprimida indefinidamente sin provocar una reacción profunda. Pero la realidad mexicana era muy distinta. Muchos párrocos vivían modestamente, sostenidos por pequeñas colectas, escasas limosnas, trabajos parroquiales y la ayuda diaria de comunidades humildes. La riqueza que imaginaban sus perseguidores no estaba guardada en cofres; estaba dispersa en la confianza de la gente.

Y así ocurría una de las paradojas más dolorosas: cuando se exigía un rescate por un sacerdote, no eran únicamente las familias acomodadas quienes se movilizaban. También el pueblo reunía recursos. Mujeres que daban lo poco que tenían, comerciantes que aportaban discretamente, campesinos que vendían una res, familias que sacaban monedas de sus ahorros. No pagaban solamente por liberar a un sacerdote, pagaban por liberar a alguien que había bautizado a sus hijos, acompañado a sus enfermos, bendecido sus matrimonios y enterrado a sus muertos.

La extorsión, lejos de quebrar el vínculo entre el pueblo y sus autoridades, generó una profunda herida. Cada arresto injustificado sembraba indignación. Cada exigencia económica parecía confirmar que el anticlericalismo de algunos sectores constitucionalistas no era solo una tesis política o una disputa del poder del clero, sino una forma de abuso prepotente contra personas indefensas y contra las comunidades que las amparaban.

La indignación social no siempre se expresa de inmediato con armas. Primero se acumula en silencio. Se vuelve conversación en la plaza, rabia contenida en la cocina, temor en los hogares, desconfianza frente a la autoridad. Un vecino que ve llevarse al sacerdote de su pueblo, un anciano que entrega sus ahorros para rescatarlo, un joven que contempla impotente la humillación de quien considera su guía espiritual: todos ellos reciben una lección amarga sobre el poder cuando este deja de reconocer los límites morales y viola su propia ley.

Diez años después, cuando la Ley Calles pretendió llevar hasta el extremo la subordinación de la Iglesia al Estado, aquella memoria no estaba muerta. Había quedado guardada en los pueblos como sufrimiento bajo la ceniza de la prepotencia militar y del poder. La Cristiada no nació solo de decretos ni de discursos: nació también del hartazgo acumulado ante atropellos que parecían propios de la delincuencia y no de un gobierno que presumía de venir a liberar al pueblo.

Cuando la autoridad convierte al sacerdote en rehén y al creyente en sospechoso, no fortalece la nación: hiere una de sus raíces más íntimas. Y las raíces heridas, tarde o temprano, buscan volver a sangrar.

Una libertad dañada antes de la Ley Calles

En una orden atribuida al general Ramón Caracas, aparecen consignas que no se limitaban a combatir a un adversario militar: prohibían los clubes políticos, clausuraban periódicos opositores, impedían las reuniones públicas, exigían la entrega de armas y, de modo particularmente grave, ordenaban que todos los religiosos abandonaran sus conventos en el término de dos días. Ninguna congregación podría subsistir bajo ninguna circunstancia. A ello se añadía el cierre inmediato de las escuelas católicas, por considerarse contrario al “bienestar público” que el clero participara en la educación del pueblo.

Más allá de la legalidad formal que se intentara invocar, el sentido humano y político de tales disposiciones resulta evidente. No se regulaba una institución: se afectaba una forma de vida. Se pretendía desalojar de los pueblos a quienes administraban sacramentos, educaban niños, atendían enfermos, acompañaban duelos y constituían, para millones de mexicanos, una presencia familiar y espiritual. La persecución no golpeaba solamente a obispos y sacerdotes: entraba en las casas, alteraba las escuelas, silenciosamente vaciaba templos y dejaba al pueblo sin una parte esencial de su memoria cotidiana.

La carta de los arzobispos Leopoldo Ruiz y Francisco Plancarte, escrita desde San Antonio, Texas, el 26 de octubre de 1914, confirma la gravedad con que los propios pastores mexicanos vivían aquel proceso. Dirigida a cardenales, arzobispos y obispos de Estados Unidos, recogía informes de muertes, torturas y ultrajes contra sacerdotes y religiosas. Sus autores hablaban de una Iglesia “muy postergada” y denunciaban la intención de destruir la religión en México, despojar sus bienes, profanar lo sagrado y manchar la reputación de personas inocentes.

Ante esa sucesión de abusos, la cuestión religiosa mexicana dejó de ser un asunto que pudiera permanecer encerrado dentro de las fronteras nacionales. La preocupación llegó a Roma, a las asociaciones católicas de Estados Unidos y a las oficinas diplomáticas de Washington. La intervención de estas instancias no significaba, necesariamente, pedir una ocupación extranjera ni entregar la soberanía mexicana; los propios obispos mexicanos se oponían a ello. Significaba, más bien, reclamar que el gobierno nacido de la Revolución comprendiera que no podía aspirar al reconocimiento internacional, a relaciones comerciales estables y a la aprobación de otros gobiernos mientras tolerara o alentara métodos contrarios a la libertad de conciencia, de culto y de educación.

Washington utilizó, entonces, el instrumento que tenía a su alcance: el reconocimiento diplomático. Los dirigentes constitucionalistas fueron advertidos de que el trato a la Iglesia, a los sacerdotes, a las religiosas y a los ministros de cualquier confesión sería observado por la opinión pública internacional. No se les exigía adoptar una religión oficial ni renunciar a su proyecto político; se les recordaba algo más elemental: ningún gobierno que se diga democrático puede fundarse en el encarcelamiento arbitrario, la extorsión, la expulsión de religiosos, la clausura indiscriminada de escuelas o la humillación de la fe popular.

La Ley Calles de 1926 no surgió, por tanto, en un paisaje vacío. Llegó después de años en que muchos mexicanos habían visto restringida su vida religiosa, perseguidos a sus pastores y vulnerados los espacios donde educaban a sus hijos y alimentaban su esperanza. El levantamiento cristero no fue una explosión incomprensible ni el capricho súbito de un pueblo fanatizado. Fue, entre otros factores, el resultado de un hartazgo acumulado: la respuesta de comunidades que sintieron que se les quería arrebatar no solo un templo, sino el derecho de nombrar a Dios, vivir su fe y conservar el alma que daba sentido a su existencia.

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