Domingo, 08 de Marzo 2026

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Salí a caminar con un perro… por si acaso

Por: Lucía Chidan

Salí a caminar con un perro… por si acaso

Salí a caminar con un perro… por si acaso

Alguna vez escuché la historia de Il Grigio, el perro protector de San Juan Bosco. Bosco era un sacerdote italiano que trabajaba con jóvenes muy pobres de Turín. Se había hecho de enemigos y muchos querían hacerle daño. Durante casi treinta años, cada vez que se encontraba en peligro, aparecía junto a él un enorme perro gris, parecido más a un lobo que a un perro doméstico, y lo acompañaba hasta que llegaba a un lugar seguro.

Nadie sabía de dónde había salido aquel animal, por qué parecía no envejecer o por qué solo aparecía cuando don Bosco estaba en riesgo.

Yo no tengo un perro de origen sobrenatural que me cuide, ni enemigos que quieran asesinarme. Pero tengo a Mowgli. Un grueso labrador color chocolate que a veces podría confundirse más bien con una morsa. Todos los días salimos a caminar y me gusta pensar que, si alguien quisiera hacerme daño, Mowgli me defendería.

Después de los eventos de las últimas semanas en Guadalajara, camino con más cautela. Se activa algo parecido a un sexto sentido. A ratos espero encontrarme un retén policiaco al dar vuelta en la esquina.

La alerta viene acompañada de su prima, la paranoia. Hoy sentí que me estaban siguiendo. Ni siquiera la presencia de Mowgli logró tranquilizarme. Cuando llegué a casa me quedé pensando en lo raro de la escena: estoy caminando a plena luz del día, acompañada de un animal grande que probablemente bastaría para desalentar a cualquiera. Y aun así, por un momento, tuve miedo.

Entonces pensé en todas las que salen solas. Las que no tienen a nadie caminando a su lado.

Hoy, 8 de marzo, volverán a escucharse en las calles los gritos de la marcha. Un río de personas que recuerda a las que no regresaron a casa. A las que siguieron, a las que golpearon, a las que violaron, a las que murieron.

Para ellas no apareció ningún Grigio en el momento justo. Y lo verdaderamente inquietante es que hayamos terminado aceptando que quizá lo necesitarían.

El reclamo por la violencia contra las mujeres en México lleva años pasando de mano en mano como una antorcha. Pidiendo, entre otras cosas, algo tan sencillo como la posibilidad de regresar a casa sin miedo. Sin tener que ir volteando a todos lados para asegurarte de que nadie te esté siguiendo.

Algunas cosas han cambiado. Podemos votar, estudiar, tener oportunidades profesionales más amplias. Existen leyes que hace décadas habrían sido impensables: la Ley Olimpia contra la difusión de contenido sexual sin consentimiento, la Ley Sabina contra quienes evaden las pensiones alimenticias, la Ley Malena que reconoce la violencia con ácido. Son avances reales, pero al mismo tiempo dejan ver algo más simple y más incómodo. Todas esas leyes existen porque parten de la historia de vida de mujeres concretas que las necesitaron. ¿Cuántas fueron atacadas con ácido de camino a casa antes de que se hiciera una ley que tipificara ese delito?

La cantidad de mujeres en la marcha aumenta, también su enojo. ¿Cuántas veces debe hacerse una pregunta antes de que aparezca una respuesta? ¿Cómo se supone que debemos sentirnos seguras?

Volví a pensar en Grigio. Y en lo absurdo que resulta aceptar que la seguridad de una mujer debería depender de un perro que la acompañe hasta un lugar seguro.

@luciachidan

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