Domingo, 08 de Marzo 2026

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Hoy es siempre todavía*

Por: Augusto Chacón

Hoy es siempre todavía*

Hoy es siempre todavía*

De dónde saldrá la sacudida que la sociedad, que las sociedades en el mundo necesitan para modificar de raíz el estado de cosas que perpetúa las desigualdades, que ha hecho que la justicia sea una mueca, alzamiento resignado de hombros ante la fatalidad “qué le va uno a hacer”. El estado de cosas de los derechos humanos, ahora acomodado en el aparador de antigüedades que son los discursos políticos, junto con la democracia, las libertades y la noción en boga: “pueblo”. Ahí reposan, el cristal que los separa de las realidades cotidianas ni siquiera tiene la leyenda: rómpase en caso de urgencia, y más: la prisa por la que estamos atravesados hace que ni siquiera volteemos a mirar la metafórica vitrina.

¿Derechos humanos? Perdón, llego tarde al trabajo ¿me servirían para que el camión no venga tan lleno? ¿Democracia? Como no, tengo mi credencial del INE. ¿Libertad de expresión? Es para los periodistas, y luego los matan; hay que cuidarse, no tiene caso decir ciertas cosas del Gobierno o de los criminales, nada arregla una soltando verdades. ¿Libertad de tránsito? A ciertas horas; las carreteras, mejor no usarlas en la noche; se sabe que lo seguro es no pasar por algunos lugares, en mi colonia mejor guardarse al oscurecer. ¿El pueblo? Sí, conozco a varias, a varios del pueblo, son buenas personas, pero siempre se equivocan a la hora de votar, por eso puedo coincidir en lo que dicen por ahí: el pueblo es canijo.

Lo anterior es caricaturización, deforma exageradamente rasgos de la sociedad y sobre simplifica condiciones políticas al emplear una voz ficticia unipersonal que, con pragmatismo crudo, desde la experiencia y los saberes populares, define y rebaja nociones que antes inflamaban las utopías sobre las que solía fincarse el fervor patrio que se veía reflejado en códigos legales que en México continuamente fueron letra muerta y hoy, al fin, yacen en una tumba cuya lápida reza: Historia. ¿De dónde saldrá la sacudida que la sociedad necesita para modificar de raíz el estado de cosas? Es decir, suponiendo que el cambio deseable pasa por la defensa de los derechos humanos, de la libertad, la democracia y por la búsqueda no demagógica de la igualdad en todo, para todo.

Al menos desde los albores del Renacimiento, la rebelión más consistente es el feminismo. En 1405, la poeta Christine de Pizan publicó en “La ciudad de las damas”: “¿Pueden tantos eruditos estar equivocados sobre la naturaleza y la conducta femenina? Soy la primera mujer que toma su pluma en defensa de mi sexo para rebelarme contra un discurso lleno de prejuicios y falsedades promovido durante siglos por los hombres”.

La rebelión feminista tuvo una aceleración notable a partir de la Revolución francesa, con todo y que los efectos buscados por las “rebeldes” no terminan por concretarse en igualdad sustantiva para las mujeres, es decir, para más de la mitad de los seres humanos del planeta que, por el mero hecho de ser mujeres, sus derechos les son inaccesibles, como la libertad para organizar su vida y su tiempo según su gusto, para ir de un lugar a otro o simplemente para estar seguras en los espacios públicos. Derechos y libertad conculcadas por el sistema que los hombres hemos impuesto. No obstante, el feminismo puede ser la nave que nos lleve al puerto de sociedades justas, a condición de que los hombres dejemos de pensar que es un asunto exclusivo de las mujeres. Ir de que el 8 de marzo sea el Día Internacional de la Mujer a convertirlo en el Día Internacional de la Humanidad Incluyente y Justa.

En 2020, el historiador, el pensador (quedan algunas, algunos) Yuval Noah Harari, dijo en entrevista con “El correo de la UNESCO” respecto al feminismo: “una de las revoluciones más importantes de la historia, y también una de las más pacíficas”. Esa revolución se mide por olas que abarcan siglos: la de los derechos civiles: acceso a la educación, trabajo, propiedad, voto; la del sufragio universal, igualdad en matrimonio, acceso a profesiones y educación superior; la de los derechos sexuales y reproductivos, crítica al patriarcado, igualdad laboral, cuestionamiento de roles de género; la de la sororidad, interseccionalidad, denuncia de violencia de género, ciberfeminismo, visibilidad LGBTIQ+. Si consideramos el vaivén de las moléculas de este oleaje y contrastamos sus exigencias con la vida de las mujeres en 2026, tendríamos que avergonzarnos de que apenas hayan conseguido limosnas. Sin embargo, la revolución feminista no ha desmayado, y si los hombres fuéramos listos, como generación tras generación afirmamos serlo, miraríamos esta rebelión pacífica, profunda e inteligentemente reflexionada, fuerte y estridente cuando se lo propone, primero, para entender lo que sus marchas, sus manifestaciones representan y el porqué de la intensidad de algunas; segundo, nos uniríamos a ella: para que la vida de las mujeres cambie, por ejemplo, asumiendo, los hombres, en equidad, las tareas de cuidados (ellas, las cuidadoras, sin remuneración y sin reconocimiento, hacen viable la vida entera de la sociedad) y de este modo, practicando la justicia, que la vida del resto también cambie, para beneficio de todas, de todos.

Pero el sistema patriarcal es inercial y masivo, opta por moverse a trompicones. Prefiere montar guerras, represiones y armarse de populismo y electoralismo para intentar demostrar que está en lo correcto, que detenerse a pensar que al excluir a las mujeres de las deliberaciones sobre la vida en sociedad, la justicia, la democracia, la libertad y los derechos humanos quedan vueltos un puro gesto infértil. Al cabo, por los trompicones consustanciales al sistema, el 8M pasará, las mujeres tendrán su día otra vez y las cosas continuarán su paso histórico, el que ha prohijado las miserias de las que en el siglo XXI nomás no sabemos cómo salir, tapados por el sistema que nos ciega para comprender y aliarnos con la rebelión feminista.

*Verso de Antonio Machado.

agustino20@gmail.com

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