Domingo, 08 de Marzo 2026

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La tarea del fin de semana

Por: Abel Campirano

La tarea del fin de semana

La tarea del fin de semana

Acababa de llegar de la escuela y mi mamá me preguntó: ¿Qué tarea tienes? Le respondí que tenía que llevar para el lunes un trabajo sobre la expropiación petrolera con motivo del 18 de marzo.

Durante la comida, mi papá relató la historia del suceso, contándonos que fue tanto el fervor que despertó la iniciativa del presidente de expropiar a las compañías petroleras, que muchas mujeres acudieron a los centros de acopio a llevar sus aretes, pulseras y cadenitas para reunir fondos para pagar las indemnizaciones y el relato despertó aún más mi interés por el tema y tan pronto terminamos de comer, nos fuimos al centro a la Papelería Romero y a la papelería de Carlos Moya para comprar el material: hojas de papel cartulina y cuché, láminas, cartitas, colores, plastilina y una tablita.

No podía faltar nada: las hojas, pegamento, todo estaba listo para, de ser posible, comenzar esa misma tarde o al día siguiente sábado —al que tiempo agarra, tiempo le sobra—, retumbaba la voz de mi padre en mi cerebro y apuraba a mi mamá a regresar a casa, y digo que la apuraba porque ella aprovechaba la ida al centro para adquirir ovillos de hilo, listón, broches, alfileres, agujas y artículos para bordado que compraba en las Mercerías del Centro. Su favorita estaba frente al Mercado Corona por la Calle Hidalgo entre Santa Mónica y Pedro Loza, no recuerdo su nombre, quizá alguno de ustedes me pueda mandar un correo por si se acuerdan.

Tarde se me hacía en llegar y procedí a hacer los correspondientes recortes cuidadosamente para colocarlos en la hoja de papel y ponerles sus correspondientes marcos como rudimentarias marialuisas para darle elegancia y profundidad a mis ilustraciones, pero desde luego tenía que planear bien mi quehacer porque ya pegadas ni como transcribir lo que venía en el reverso.

“Orden y método”, consejo de mi padre, que siempre he observado y me ha dado frutos. Se los paso al costo.

Una vez terminado el trabajo, con su título “La Expropiación Petrolera”, y ponerle mi nombre: José Abel Campirano Marín, alumno de quinto año de primaria, Colegio Allende, lo ponía en una carpetita y a la mochila, no fuera que después con las prisas se me fuera a olvidar el lunes.

Y luego a trabajar con la maquetita a base de plastilina para conformar la escenografía de los pozos petroleros y la refinería. Complementé la labor con mis propios juguetes; hice desde luego la torre petrolera con palillos de dientes que me dio buen trabajo pegarlos y la complementé con camioncitos, coches y monitos de mis juguetes (desde luego batallando mucho con los tamaños por aquello de las escalas) y la verdad quedó muy bien.

Esa tarea en particular la recuerdo porque mi profesora me felicitó y me puso de ejemplo con mis compañeros por el cuidado y la dedicación. Les debo decir que no hubo tiempo para la matiné y menos para ver en la tarde del Domingo el programa de Disneylandia o el de Teatro Fantástico, porque sobre todo la maqueta me llevó buen tiempo.

También, porque el lunes (el día en que había que llevar el trabajo), en los honores a la bandera se hizo una dramatización de la expropiación petrolera, y me tocó hablar sobre el tema y ya se imaginarán cuál brillante resultó, después de la plática de mi padre y la obligada lectura de los textos de las laminitas del trabajo, así que fue doble éxito.

Cada vez que se conmemoraba o celebraba una fecha cívica importante como la que acabo de mencionar, el natalicio de Benito Juárez, la batalla del 5 de mayo, los aniversarios de la independencia y la revolución, los maestros nos encargaban esos trabajos.

A mí me gustaban mucho. Se podían hacer con cierta facilidad pues las papelerías estaban siempre bien surtidas de material didáctico para los trabajos escolares y de todas formas, estaba la Casa del Maestro allí en el centro también, donde de seguro encontraríamos lo que buscamos, lugar al que tal vez ustedes en alguna ocasión llegaron a ir, de hecho, allí se surtían las papelerías.

Las láminas donde venían las ilustraciones que servían para nuestros trabajos estaban muy bien hechas; en el caso de la expropiación, mostraban petroleros trabajando en una refinería, el campo mexicano, las torres, camiones transportando barriles, mangueras, por supuesto la imagen del presidente Lázaro Cárdenas, decretando la expropiación aquél 18 de marzo de 1938, barcos, gasolinerías, en fin, una docena de ilustraciones que al reverso tenían un texto que describía la imagen como les decía párrafos atrás y había que copiarlo antes de recortar y pegar la imagen, lo que permitía al alumno conocer más sobre el tema a fuer de leerlo y escribirlo; de que aprendíamos, aprendíamos.

Cuando no se disponía de las laminitas, acudíamos a las Enciclopedias como “México a través de los siglos” y venía la creatividad para hacer dibujos e iluminarlos profusamente con colores como Tony, Vividel, Mapita, Blanca Nieves, Jungla, Prismacolor y Faber-Castell. ¿Ustedes recuerdan alguna otra marca que se me haya olvidado mencionar? Me gustaban los Jungla por el dibujo del león con el hocico abierto y mostrando su colorida dentadura representaba por los lápices.

No quiero terminar esta página sin recordar también, a propósito de los colores los sacapuntas. Mi mamá era muy ahorrativa y compraba unos bastante económicos que eran de plástico, a pesar de que mi papá le sugería que comprara los de metal porque eran alemanes.

Lo malo era que la navaja no tenía mucho filo y lo peor es que mis colores Tony tampoco eran muy buenos que digamos, pues al sacarles la punta tenía que ser uno muy cuidadoso porque al quererla afilar bien, se caía y prácticamente en una sacada de punta se acababa el dichoso lápiz. Claro, a mí me gustaban mucho los que llevaba un compañero de mesabanco que sacaba muy orondo sus Prismacolor de 24 y hasta 48 colores, que contrastaban con mis 5 colorcitos Tony, pero bueno, los Prismacolor eran los más caros y como bien decía mi papá —güero, la pila a veces está llena de agua y a veces está seca; hay que adaptarse a los tiempos y las circunstancias— y conforme pasa el tiempo más aprecio esas sabias palabras de mi papá. Ya en otra página les contaré como desarrollé habilidad para sustituir el sacapuntas con las hojas de afeitar Gillette, lo que me costó una buena regañada.

Este recuerdo compartido les traerá a ustedes muchos más sin duda y con eso esta columna cumple su cometido: servir de un bálsamo entre la vida cotidiana llena de penas y mortificaciones y malas noticias. Espero la hayan disfrutado y nos encontremos Dios mediante aquí en EL INFORMADOR, el próximo domingo.

lcampirano@yahoo.com

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