En las últimas dos décadas, muchas mujeres que han llegado al poder nos han inspirado. Mujeres que después de infiltrarse en los llamados laberintos de cristal, desde donde todo se rompe y logran sobresalir, llegan al rumbo correcto para destrabar los pisos pegajosos que les impedían caminar, o bien, romper los llamados techos de cristal. Pero hay mujeres que inspiran porque no buscan poder, sino esa trascendencia que les permite reconocer lo pequeñas que somos ante un universo inexplicable que trastoca. Mujeres que trascienden la lucha individual para transformarlas en necesarias luchas colectivas, fuera del personalismo, fuera del culto y que, al mismo tiempo, son profunda inspiración.Me refiero a ese significado de sentir el poder abrumador de lo pequeños que somos como humanidad, ese poder de sentir que después de todo lo que aprendimos, aún no sabemos nada, ese enorme poder que te representa en la justa dimensión de ser parte de algo que no comprendes; es ese poder que implica reconocerse como humana desde la lejanía de la tierra, desde lo inmensamente negro o brillante que puede ser el universo y, aun así, llamar a la concordia y la comprensión humanitaria desde lo colectivo.Christina Koch, la primera mujer en la historia en orbitar a la Luna, logró sentir la insignificancia del ser humana, la incomprensión y el enorme reto que significa ver al universo y entenderse como ignorante, y al mismo tiempo, sentir la sed de aprender más. Una primera mujer que se sintió sin poder de nada porque no comprendía, solo observaba y, desde ahí, fue capaz de inspirarnos a todas las personas significando lo que es una tripulación (“crew”), un gran equipo.Previo a su viaje en la misión Artemis II, Christina vivió en el espacio casi un año en la estación espacial de la NASA teniendo el récord del vuelo espacial más largo de una mujer. En aquel tiempo, enfrentó sabiamente su sentido de soledad y la significación de su propia individualidad. Tuvo compañeras y compañeros, pero nunca tuvo una tripulación, un grupo. En su misión en Artemis II, dejó de ser ella para ser ella en una tripulación.Lo que han visto los ojos de Christina es invaluable y envidiable. Se vio a sí misma pasar de construir sola, a construir en equipo. Nos mostró el lado más luminoso del lado oscuro de la Luna, nos ha enseñado lo que es trabajar con otros para mostrar lo infinitamente pequeños que somos. Regresó con su propia lección, la soledad solo se logra superar cuando trabajamos en conjunto. El mensaje de esta mujer astronauta politizó lo que somos como humanidad, sin oposiciones y sin poder, dejar la individualidad para dar un gran mensaje de unidad.Christina nunca llamó a la paz, llamó a la unión y a la colaboración. No dio un mensaje de fe porque sabía que ella no era quien debía de llamar a ello, argumentó a favor de la colaboración y a sentirse pequeño dentro de un gran abismo. No reflexionó sobre la desigualdad, solo pidió a la humanidad: aprendamos cómo estar juntos. Extrañó sentir sus pies sobre la tierra o la arena, y en tan solo diez días, supo que aquellos 328 días que pasó en la estación espacial significan mucho para ella, pero más significa construir desde un sentido colectivo que provea la oportunidad de construir en red.El pasado de Christina, que la llevó a ser la primera mujer en orbitar la Luna, es profundamente relevante, pero más importante ha sido su mensaje de sentirse parte de un equipo, parte de un todo, parte de un universo pequeño en donde no existe polarización, hegemonía, oligarquía, totalitarismos, sino humanidad.Muchas personas y organismos internacionales han significado el enorme valor de esta mujer desde lo individual y sus luchas propias logrando orbitar a la Luna, yo me quedo con su aprendizaje final al regresar a la Tierra; si no se hace en equipo, si no se hace en red, si no se hace desde un nosotros; no hay posibilidad de trascender. Se trasciende y significa reconociendo que solo somos una parte que aporta. Christina inspira más allá de sus logros y su camino propio, ella ha desestructurado el logro individual pensado desde el poder. Ella nos enseña que más allá de un yo, existe un nosotros que es el único que puede trabajar para salvar a la humanidad aprendiendo de nuestras diferencias. Admirar a Christina es saber reconocer que una mujer que no busca el poder y que al mismo tiempo lo trasciende, se ve débil desde lo individual, pero poderosa desde lo que construye colectividad.ierika.loyo@udg.mx