Lunes, 06 de Abril 2026

LO ÚLTIMO DE Ideas

Ideas |

La guerra líquida

Por: Miguel Ángel Anaya Martínez

La guerra líquida

La guerra líquida

Hay guerras que se libran en el campo de batalla y otras que se pierden en la sala de estar, frente al precio de la gasolina y la ansiedad del siguiente recibo. Esta, la de Estados Unidos e Israel frente a Irán, parece pertenecer cada vez más a la segunda categoría. No porque falten misiles o capacidad militar, sino porque empieza a faltar algo más determinante: la voluntad social de sostenerla.

En el frente militar, la narrativa occidental insiste en avances, precisión quirúrgica y objetivos cumplidos. En el discurso, se habla de contención, de debilitamiento del adversario, incluso de un posible desenlace cercano. Pero esa narrativa, que durante décadas fue suficiente para alinear a la opinión pública, hoy encuentra una resistencia distinta. Más silenciosa, menos ideológica, pero profundamente efectiva: el rechazo cotidiano del ciudadano promedio.

El estadounidense de a pie no está marchando en contra de la guerra como en los tiempos de Guerra de Vietnam, ni hay aún un movimiento contracultural como el que erosionó la legitimidad de la invasión a Irak. Pero hay algo más incómodo para cualquier gobierno: desinterés, fatiga y rechazo pragmático.

Hoy, el ciudadano promedio no evalúa la guerra en términos de victoria o derrota, sino en función de su impacto inmediato en la vida diaria. El aumento en los precios de la energía, la presión inflacionaria y la incertidumbre económica pesan más que cualquier argumento geopolítica o ideológico sobre amenazas futuras. Dicho sin rodeos: la estabilidad económica de hoy vale más que el miedo nuclear de mañana.

Y eso cambia todo.

Porque las guerras largas, en las democracias, no se sostienen solo con poder militar. Se sostienen con legitimidad interna. Y esa legitimidad hoy es frágil. Las encuestas reflejan un rechazo mayoritario a una escalada, un deseo claro de terminar el conflicto incluso sin cumplir todos los objetivos, y una línea roja muy marcada: no más guerras que afecten el bolsillo.

Porque es claro la guerra nunca es deseable pero cuando parece lejana carece de interés real, cuando nos involucra, viene la queja real.

Este clima no es menor si se observa el contexto político. En un año electoral, con una sociedad polarizada y una economía que no termina de estabilizarse, prolongar el conflicto es un riesgo político considerable. La historia reciente lo confirma: las guerras largas erosionan gobiernos, desgastan liderazgos y reconfiguran elecciones.

Lo que antes podía venderse como una cruzada por la seguridad global, hoy compite con una realidad más inmediata y tangible: el costo de vida. Y en esa competencia, el discurso estratégico pierde terreno frente a la urgencia doméstica.

Aquí es donde entra una idea que se debe analizar: la modernidad ha cambiado la forma en que las sociedades procesan el conflicto. El sociólogo Zygmunt Bauman lo definía como “modernidad líquida”: un mundo donde las certezas son frágiles, los compromisos temporales y las prioridades volátiles. En ese contexto, pedirle a una sociedad que sostenga una guerra larga en nombre de un riesgo abstracto y futuro resulta cada vez más difícil.

La amenaza nuclear puede ser real, pero es difusa. En cambio, la inflación se siente todos los días.

Por eso esta guerra enfrenta un problema estructural: no logra conectar con una causa emocional suficientemente fuerte para justificar su costo inmediato. Y sin esa conexión, el desgaste político es inevitable.

Desde una perspectiva estrictamente estratégica, el escenario más racional para Estados Unidos no es prolongar el conflicto, sino encontrar una salida rápida que pueda presentarse como una victoria parcial. No porque haya ganado de forma contundente, sino porque ha evitado perder en el terreno más importante: el interno.

Porque al final, más allá de misiles, alianzas y discursos, hay una realidad difícil de ignorar: pocos quieren esta guerra, y menos aún están dispuestos a pagarla.

Y en el mundo actual, donde el mismo sistema ha empujado la idea que la estabilidad económica es el principal valor político y el interés individual se pone por encima del colectivo, sostener intereses y valores nacionales, es cada vez más difícil.

Temas

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones