Domingo, 11 de Octubre 2026

LO ÚLTIMO DE Ideas

Ideas |

La geografía y el poder

Por: Luis Ernesto Salomón

La geografía y el poder

La geografía y el poder

En 1864, Benito Juárez luchaba por la República mientras las tropas francesas sostenían en México el imperio de Maximiliano de Habsburgo. Abraham Lincoln enfrentaba una guerra civil que amenazaba con destruir a Estados Unidos. Desde Chihuahua, Juárez buscaba el respaldo de Washington. Ambos presidentes compartían un objetivo: defender sus repúblicas, aunque desde circunstancias muy distintas.

En Washington, el joven diplomático mexicano Matías Romero buscaba apoyos políticos, recursos y armamento. Lincoln, comprometido en una guerra que consumía las energías de su nación, debía evitar una confrontación con Francia. Juárez necesitaba ayuda; Lincoln tenía razones para ser prudente.

En diciembre de aquel año, Juárez instruyó a Romero para obtener la cooperación estadounidense, pero estableció un límite irrenunciable: ningún acuerdo podría comprometer la independencia ni la integridad territorial de México.

Aquella negociación ilustra una constante de dos siglos de relaciones entre México y Estados Unidos: el pragmatismo suele abrir caminos donde las diferencias políticas parecen cerrarlos.

La historia ayuda a comprender las tensiones actuales. Apenas establecidas las relaciones diplomáticas, en 1825, Joel Roberts Poinsett, primer representante estadounidense en México, manifestó el interés de Washington por adquirir territorio texano. Dos décadas después, la guerra de 1846 a 1848 terminó con la pérdida de una enorme extensión territorial mexicana. La asimetría de poder quedó establecida como un atributo incómodo y persistente de nuestra relación.

Sin embargo, esa historia no ha sido solamente de confrontaciones. En 1938, Lázaro Cárdenas y Franklin D. Roosevelt encauzaron mediante la negociación el conflicto provocado por la expropiación petrolera. Durante la Segunda Guerra Mundial, ambos países construyeron una alianza de cooperación militar, industrial y laboral.

Estos episodios revelan una constante que suele perderse entre las declaraciones de los gobernantes: la relación ha estado determinada por el pragmatismo, los intereses particulares de cada nación y, de manera creciente, por aquellos que ambas han construido y aprendido a gestionar conjuntamente. Esta es quizá la clave para comprender dónde estamos parados hoy: la gestión de intereses comunes, centrados en la economía, la migración, la seguridad y el reacomodo geopolítico.

La dimensión de esos intereses es extraordinaria. La integración iniciada con el Tratado de Libre Comercio en 1994 transformó dos economías vecinas en un sistema productivo estrechamente vinculado. A ello se suman millones de personas cuyos vínculos familiares, culturales y laborales trascienden las fronteras. La relación ha dejado de ser exclusivamente un asunto entre gobiernos para convertirse en una realidad cotidiana de empresas, trabajadores y familias.

Todo indicaría que esa convergencia de intereses debería conducir hacia una mayor coordinación y beneficios recíprocos. Pero junto a esta dimensión pragmática existe otra, cada vez más visible: la construcción de narrativas políticas coyunturales destinadas al consumo de las bases electorales de los gobernantes.

En Estados Unidos, las posiciones de firmeza frente a México en materia migratoria, comercial o de seguridad pueden resultar atractivas para determinados sectores del electorado. En México, las expresiones de defensa de la soberanía encuentran resonancia en una sociedad cuya memoria conserva las experiencias de invasiones e intervenciones extranjeras.

Son discursos que responden a sensibilidades reales, pero también a cálculos políticos. Y no necesariamente coinciden con lo que ocurre alrededor de las mesas de negociación. Pero influyen, y mucho.

La situación actual presenta dificultades adicionales. Las presiones comerciales, las exigencias de seguridad, las controversias energéticas y la incertidumbre sobre el futuro del T-MEC se acumulan y refuerzan mutuamente. Cada asunto puede convertirse en instrumento de negociación sobre los demás, mientras las declaraciones públicas elevan las expectativas de las bases políticas de cada gobierno.

Las narrativas construidas para obtener beneficios políticos internos pueden terminar condicionando las decisiones de los propios gobernantes. Una amenaza formulada para demostrar firmeza puede transformarse en una obligación política difícil de abandonar, incluso cuando sus consecuencias económicas resulten perjudiciales.

Hay, además, un hecho que no debemos perder de vista: la interdependencia es profunda, pero no simétrica. Estados Unidos conserva una capacidad de presión considerablemente mayor, mientras México dispone de una posición geográfica estratégica y capacidades productivas de creciente importancia para la economía norteamericana.

La clave para la defensa de los intereses nacionales está en instituciones sólidas, certidumbre jurídica, infraestructura competitiva, capacidad energética y una diplomacia capaz de comprender tanto los intereses estratégicos estadounidenses como las motivaciones políticas de sus gobernantes.

Las próximas semanas podrían traer nuevas acciones y declaraciones que pondrán a prueba esa gestión de intereses comunes. Por una parte, las negociaciones económicas avanzan en asuntos técnicos, aunque persisten diferencias importantes. Por otra, la seguridad, la migración y la soberanía alimentan una narrativa política que adquiere especial intensidad ante las elecciones legislativas estadounidenses del próximo 3 de noviembre.

Podríamos observar avances en las mesas de negociación y, simultáneamente, un endurecimiento del discurso público. Una aparente contradicción que, vista desde la historia, resulta menos sorprendente: el pragmatismo de los intereses y las exigencias de la política interna no siempre siguen el mismo camino.

Durante dos siglos, México y Estados Unidos han encontrado motivos para enfrentarse y razones para entenderse. Hoy sus destinos están vinculados de forma irreversible. Aquella lección de Juárez conserva su vigencia: buscar la cooperación sin renunciar a los intereses nacionales. El riesgo de nuestro tiempo es permitir que las narrativas políticas terminen por imponerse sobre la realidad de los intereses compartidos.

luisernestosalomon@gmail.com
 

Temas

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones