Domingo, 11 de Octubre 2026

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Guadalajara por siempre

Por: Armando González Escoto

Guadalajara por siempre

Guadalajara por siempre

Guadalajara es la casa tapatía, Guadalajara somos nosotros y cuantos gusten venir a vivir aquí. ¿Pero podría hablarse hoy en día de muchas Guadalajaras? Sin duda, y muchos autores lo hacen, pero en esencia solo hay una Guadalajara, y es la que ha sido transmitida de una a otra generación a lo largo de los siglos. Quienes reciben esa transmisión, aunque no hayan nacido en esta ciudad, ya son parte de ella, y estas personas se cuentan por miles, como también son miles los que, viviendo aquí, lo hacen al margen de esa Guadalajara centenaria, que es, ante todo, una cultura: la cultura tapatía y, por ende, la estructura de relaciones múltiples y valores que la gente de aquí ha construido como respuesta a los condicionantes del tiempo, de la geografía y del devenir histórico y social.

Esa Guadalajara perenne es la del tiempo de aguas, más que la de cualquier otro; la ciudad que se moja y, por medio de la lluvia, revive el color de sus antiguos monumentos, de sus casonas y edificios. También es la ciudad que durante las aguas se inunda, se asombra ante los relámpagos y no deja de asustarse al escuchar el estruendo de los rayos.

Una ciudad que rebasó sus límites municipales, que exportó tapatíos por las cuatro direcciones del viento, que dio origen a tantas y tan diversas formas de urbanizar o de no hacerlo, que ha asumido esas oleadas de inmigrantes porque ella misma nació inmigrante, siempre acompañada de una imagen itinerante, triangulada, que tiene las llaves de nuestra memoria histórica. Es el lazo que nos mantiene en contacto con ese lejano siglo XVI, cuando todo recomenzó de distinta forma y cuando todo ha triunfado pese al aislamiento geográfico, a la marginación política, a la ausencia de minas fértiles y a las tantas guerras.

La Guadalajara de siempre, la de ayer, hoy y mañana, es la que no ha dejado de manifestarse desde hace ya 292 años, cuando amainan las aguas y hay que llevar a la Virgen triangulada, itinerante, de regreso a la pequeña casa que la gente le hizo, porque ella nos hizo esta casa, gran casa llamada Guadalajara.

No es posible separar, entonces, devoción de identidad, cultura de tradición, pasado de futuro, religión de sociedad, cuando se trata de conservar una imagen de la Virgen que nos ha enseñado a mantener siempre la cabeza en alto, a mirar de frente, a mantenernos en camino, en movimiento, con esa agilidad portátil que esta imagen tiene y que nos hace, al menos una vez al año, mirar todos en un solo sentido, caminar juntos hacia una única meta, mover una zona metropolitana tan vasta hacia ese leve altiplano donde Zapopan se asienta.

Si esta imagen de la Virgen fuese una cámara de video, ya podría pasarnos toda nuestra historia de siglos, de rostros europeos, indígenas y africanos, con el pasar del tiempo mestizos; la figura de los grandes personajes y de la gente sencilla y tenaz. Un historial extenso que, de algún modo, lleva la imagen en su mismo vestuario: más que decoración, simbología, memoria, conciencia de ser y de serlo de una determinada manera.

El “ciclo ritual de la llevada de la Virgen”, como lo denominó la UNESCO, no es, sin embargo, un ciclo cerrado; es una espiral que, hundiendo su raíz en los orígenes, se repite y a la vez se innova, como es típico de esta, nuestra cultura tapatía: no tanto repetirse cuanto reinventarse sin dejar de ser lo que se es. Una verdadera odisea de la identidad, un ecosistema cultural gracias al cual la verdadera y profunda Guadalajara lo ha sido desde siempre.

armando.gon@univa.mx

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