Domingo, 14 de Junio 2026

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El tiempo de lluvias

Por: Abel Campirano

El tiempo de lluvias

El tiempo de lluvias

Una de las canciones ad hoc de esta temporada pluvial era una interpretación de Los Bribones, un dueto de los años cincuenta integrado por Ignacio Irigoyen y Fernando Ocampo, dos voces perfectamente acopladas acompañadas de un órgano Hammond y que ustedes habrán escuchado más de una vez, “Los aguaceros de mayo”.

Era el relato de un enamorado que esperaba a su amada en medio de un aguacero, y como su dulcinea no podía llegar porque se mojaba, mientras él esperaba, la dama estaba en un zaguán donde un portero le daba refugio y allí perdió su amor y cada vez que Romeo ve llorar al cielo, lo acompaña en su llanto.

El mes de mayo, el de las grandes conmemoraciones, el día del trabajo, la batalla del cinco de mayo, el día de las madres, el día del maestro y por supuesto marcaba el inicio del temporal de lluvias.

En esta época del año, cuando se acababa la venta de las pitayas, empezaba el canto de las chicharras o cigarras (hay también una canción llamada así) que eran los sonidos o “cantos” que emitían los insectos machos a las hembras y que anunciaban la inminente llegada de las lluvias.

Una bendición de Dios, porque el campo recibía las gotas del cielo con fruición porque las siembras recibirían el elemento imprescindible para lograrse y obtener buenas cosechas, los ríos recuperaban su caudal, los lagos volvían a recibir con los brazos abiertos a los paseantes, rebosantes de agua y el campo reverdecía, sin duda una de las épocas del año más esperada, más porque llega inmediatamente después de los calorones.

En nuestra noble y leal, las tormentas eléctricas siempre han sido intensas, cuando los estruendos de los rayos y la enceguecedora luz de los relámpagos parecían no tener fin, nuestros padres y abuelos quemaban la palma bendita que habían adquirido el Domingo de Ramos, y rezaban una oración que más o menos decía: “Jesucristo vencedor; aplaca tu ira y tu rigor; y por tu preciosa sangre, misericordia Señor” y poco a poco la tormenta iba amainando.

En el temporal de lluvias era, y sigue siendo, una verdadera delicia hacer días de campo. Claro está que surgen inconvenientes, como la mojada y los lodazales, pero el clima está más fresco, y sobre todo ese reverdecimiento natural hace más agradable el paseo y está comprobado científicamente que la coloración verde de la vegetación y el ocre de la tierra aunado al gris del cielo, propicia la tranquilidad.

Nuestra niñez creció al aire libre, con el sol, el aire puro, y la lluvia; los resfríos y las anginas eran lo menos cuando teníamos ese placer indescriptible de ir pisando los charquitos mientras los mayores los evitaban. Correr, gritar, cantar, jugar en el período que coincidía con las vacaciones, era lo máximo de aquellos tiempos.

Los mayates, que con un hilito los amarrábamos cuidadosamente para jugar a los avioncitos, las luciérnagas cuyas lucecitas brillaban en la oscuridad de la noche y los charcos donde el croar de las ranas ponía sonido al ambiente, han ido paulatinamente desapareciendo en nuestra ciudad, que ha privilegiado el asfalto, el concreto, el crecimiento vertical no planeado y que ha modificado el clima de manera significativa.

Por la avenida Libertad en la Colonia Americana, donde pasé buena parte de mi infancia, la calle tiene un declive casi imperceptible en dirección de poniente a oriente, con rumbo a la Calzada Independencia, pendiente que propiciaba que las aguas de lluvia y de los muchos arroyos que cruzaban nuestra ciudad fueran a desembocar al antiguo Río San Juan de Dios. Pues ese declive me permitía desarrollar la imaginación en esta época, pues hacía barquitos de papel, algo que casi todos los niños aprendimos a hacerlos y de grandes en más de una ocasión nos sacaron de apuros al utilizarlos en forma invertida para tomar agua a falta de un vaso. El barquito lo hacía con una hoja de papel cuadriculado preferentemente pintaba los cuadritos para simular puertas, claraboyas y ventanas con mis colores cuyas marcas recordaré un poco: Vividel, Fantasy, Prismacolor, Mapita, Tony, Blanca Nieves, Jungla ¿ustedes recuerdan otras?

Aprovechando la bajada natural de la calle, ponía mi pequeño barco a navegar, a surcar los procelosos mares en busca de un puerto seguro, el arroyo de la calle a la orillita de la banqueta empezaba la aventura que se aceleraba de cuando en vez precisamente al pasar de los vehículos —que eran pocos en ese tiempo— y que levantaban enormes olas que no lo hacían zozobrar, mientras lo seguía muy atento desde la banqueta, hasta que llegaba al límite permitido por mi mamá “Hasta Tolsá, no vayas a cruzar la calle, es peligroso”.

Una diversión que recuerdo mucho porque pasé horas divertido con mis barquitos de papel. Joan Manuel Serrat, escribió una canción más que descriptiva que hará que ustedes, como yo, recuerden esos lejanos tiempos: “Barquito de papel, sin nombre, sin patrón y sin bandera; Navegando sin timón, donde la corriente quiera. Aventurero audaz, jinete de papel cuadriculado, que mi mano sin pasado, sentó a lomos de un canal. Cuando el canal era un río, cuando el estanque era el mar, y navegar, era jugar con el viento, era una sonrisa a tiempo, fugándose feliz de país en país.”

El tiempo de lluvias va acompañado de romanticismo y mucha inspiración. En lo particular, dos épocas del año son mis favoritas: Navidad y lluvias, en ese orden. En el caso de éste último, me invita a sentarme en mi sillón favorito, acompañado de una copa con coñac, dando lectura a un buen libro y de vez en cuando voltear a ver la ventana, viendo como las gotas van formando caminitos de manera caprichosa escuchando de fondo a Chopin o Liszt.

El andar en la calle también tiene su aventura; buscando escapar de las inevitables mojadas muchas veces intencionales, de automovilistas y choferes que a propósito se orillan para bañar a los peatones que caminamos o esperamos el camión, cuidarnos de los riesgosos resbalones, o en el caso de las mujeres el cuidado imprescindible de sus zapatillas porque el agua también tiene sus consecuencias cuando se presenta el exceso; igualmente disfrutable, aunque no lo parezca, cuando nos agarra la lluvia y no traemos paraguas ni impermeable y a veces lo que traigamos en la mano, la bolsa, el portafolio y hasta el periódico es útil para cubrirnos la cabeza mientras que se moja el resto del cuerpo, o andamos buscando algún techito para guarecernos; todo es parte de la aventura.

Ya bien entrado el temporal, aparecen las chicatanas, esas enormes hormigas con alas, que si bien son inofensivas, a muchas personas las inquietan y sienten repulsión, y forman parte del paisaje, como también cuando empieza a terminar el temporal surgen las mariposas negras que a muchas personas les parecen pavorosas y que dicen que traen consigo presagios funestos; o cuando se producen las evitables inundaciones de los pasos a desnivel en nuestra poco planeada ciudad, o las tremendas granizadas que han llegado a fracturar los domos de las casas y a dañar la lámina de los automóviles, o estamos en pleno disfrute de un programa de televisión o de radio y se va la luz, pero bueno, todo es parte de lo mismo, solo hay que tratar de ver las cosas en lo positivo y disfrutar lo que la naturaleza nos da y tomar las cosas con calma, con paciencia.

Vuelvan a ser niños; hagan su barquito de papel, pisen los charquitos, mójense un poquito, pero eso sí, inmediatamente después un baño caliente en casa para evitar el resfrío, sobre todo los adultos mayores. Hay que vivir la vida, disfrutarla de momento a momento porque después de todo, es incierto el tiempo en que aquí estaremos y hay que aprovecharlo y vivirlo intensamente aunque con la consabida moderación y prudencia.

Bueno, por hoy aquí le dejamos. Los espero la semana entrante en EL INFORMADOR, si Dios quiere. Hoy se me antojaron unos hotcakes con jarabe de maple y unas lascas de tocino crujiente. Feliz domingo.

lcampirano@yahoo.com

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