Domingo, 14 de Junio 2026

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Mucho humo

Por: Luis Ernesto Salomón

Mucho humo

Mucho humo

Los hechos de estos días muestran con nitidez uno de los dilemas centrales del poder: decidir y representar. En el exterior, se negocia una guerra que presiona la energía, la seguridad y la diplomacia global. En México, una reunión bilateral de seguridad se celebra en la sede de la Embajada de Estados Unidos. Al mismo tiempo, el Mundial convoca la atención pública, ordena emociones colectivas y convierte cada presencia, cada ausencia y cada gesto en materia de interpretación política. No son escenas aisladas. Juntas revelan una misma condición: gobernar exige producir decisiones y, al mismo tiempo, darles una forma pública comprensible.

En el escenario internacional, la guerra entre Estados Unidos e Irán ofrece una imagen clara de esa tensión. Washington y Teherán no se aproximan a un acuerdo porque hayan desaparecido sus diferencias, sino porque ambos parecen haber llegado a una conclusión semejante: el conflicto ya produjo costos suficientes y ninguna victoria definitiva. Estados Unidos necesita estabilizar el Estrecho de Ormuz, reducir la presión energética y presentar avances verificables en materia nuclear. Irán necesita oxígeno económico, recuperar exportaciones, liberar recursos y evitar una rendición pública. Por eso un entendimiento puede volverse posible: no obliga a nadie a admitir derrota; permite a ambas partes presentar resultados, contener daños y ganar tiempo político.

México vive, en otro registro, una tensión parecida. La reunión bilateral de seguridad celebrada en la sede de la Embajada de Estados Unidos en la Ciudad de México no fue sólo un encuentro técnico. También fue un mensaje. La sede, los participantes, la oportunidad política y el lenguaje de cooperación importan porque la relación de seguridad con Washington se mueve siempre sobre una línea fina: cooperación sin subordinación, coordinación sin renuncia a la soberanía, resultados sin estridencia. En esa materia, el país necesita eficacia, pero también necesita cuidar el modo en que esa eficacia se explica.

El momento agrega densidad. La relación bilateral está cargada por extradiciones, investigaciones, alertas de viaje, presión fronteriza, tráfico de armas, crimen organizado, fentanilo y revisión económica. Cada tema tiene su expediente; juntos forman una misma atmósfera. Para México, el reto consiste en demostrar capacidad de respuesta sin permitir que la agenda sea definida desde fuera. Para Estados Unidos, el desafío es mostrar resultados internos sin convertir la cooperación en imposición. Ambos Gobiernos necesitan avances; ambos necesitan una narrativa que los haga defendibles ante sus propias audiencias.

Al mismo tiempo, el Mundial ha abierto otra escena. La inauguración en México mostró la potencia de los grandes acontecimientos deportivos para ordenar emociones colectivas. El país discutió el partido, la ceremonia, las canciones, las presencias y las ausencias, el papel de la presidenta y hasta los detalles menores que, en la época de las redes, adquieren vida propia.

Pero ese despliegue no debe leerse sólo como distracción. El deporte global también es política simbólica: reúne, proyecta, suaviza tensiones, ofrece pertenencia y permite que una sociedad se mire a sí misma en una pantalla compartida.

Algo semejante ocurre en otros planos del poder. La visita del Papa León XIV a España y la inauguración de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia recordaron que la liturgia pública no pertenece sólo a los Estados. También las iglesias, las ciudades y las comunidades culturales se reconocen en actos que condensan historia, belleza, fe, autoridad y pertenencia. Gaudí, Barcelona y el papado se encontraron en una misma imagen. Y esa imagen recorrió el mundo porque los símbolos bien construidos tienen una fuerza que ninguna explicación administrativa puede igualar.

La liturgia del poder y sus símbolos ayudan a ordenar emociones públicas, a traducir decisiones complejas y a ofrecer sentido. La sociedad actual también la comprende mediante escenas, relatos, silencios, presencias y gestos; además de datos y cifras.

La clave está en la correspondencia entre forma y sustancia. La ceremonia puede abrir una expectativa, pero necesita estar sostenida por resultados. La imagen puede condensar una intención, pero debe conducir a un hecho. La narrativa puede acompañar una decisión, pero no reemplazarla. Cuando la forma ilumina el fondo, la decisión política gana profundidad; cuando se separa de él, se vuelve apenas un destello pasajero.

Ahora se gobierna bajo observación permanente. Antes, el poder podía escoger sus ceremonias con calma. Hoy cada acto se registra, se recorta, se comenta y se disputa casi al instante. Los ciudadanos no sólo conocen las decisiones de sus líderes; también evalúan su actuación pública. Miran quién se sienta, quién asiste, quién falta, quién aparece en la fotografía y qué mensaje deja cada detalle.

Esa vigilancia obliga a la política a ser más precisa. Gobernar es sostener una expectativa razonable sobre el futuro. Es hacer creer, con hechos y con lenguaje, que existe dirección. Para eso se necesitan acuerdos, seguridad, coordinación, inversión, energía, diplomacia y resultados. Pero también se necesita una forma capaz de comunicar todo eso sin empobrecerlo.

El dilema, entonces, no está entre el fondo y la escena. La política siempre ha necesitado ambas cosas. El desafío consiste en lograr que la representación ayude a entender el rumbo, y que el rumbo no se pierda entre demasiadas representaciones. Ahora mismo en México y en Estados Unidos hay mucho ruido, mucha representación, mucho humo.

luisernestosalomon@gmail.com

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