Sábado, 18 de Abril 2026

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El estudio adecuado de la humanidad

Por: Alonso Solís

El estudio adecuado de la humanidad

El estudio adecuado de la humanidad

A estas alturas de la historia intelectual de Occidente, debiera ser ocioso combatir la extrapolación mecánica de los criterios de la ciencia al campo de los estudios humanos. 

Ya el mayor científico de la Antigüedad defendía algo que hoy llamaríamos pluralismo metodológico: “Propio es del hombre culto no afanarse por alcanzar otra precisión en cada género de problemas sino la que consiente la naturaleza del asunto. Igualmente absurdo sería aceptar de un matemático razonamientos de probabilidad como exigir de un orador demostraciones concluyentes”. (Aristóteles, Ética Nicomaquea, traducción de Antonio Gómez Robledo, Porrúa).

Más recientemente, el polémico Martin Heidegger heredó de Heinrich Rickert, su director de tesis, la convicción neokantiana de que los tipos de conocimiento que buscan las ciencias naturales y las ciencias del espíritu (Geisteswissenschaften) son fundamentalmente distintos:

“Mirado desde las ciencias, ningún dominio goza de preeminencia sobre otro, ni la Naturaleza sobre la Historia, ni ésta sobre aquella. Ninguna de las maneras de tratar los objetos supera a las demás. El conocimiento matemático no es más riguroso que el histórico-filológico; posee, tan sólo, el carácter de “exactitud”, que no es equivalente al de rigor. Exigir exactitud de la Historia sería contravenir a la idea del rigor específico de las ciencias del espíritu.” (“¿Qué es metafísica?”, traducción de Xavier Zubiri)

Las ciencias naturales no son, en resumen, la forma más alta del conocimiento. De hecho, es un absurdo hablar en abstracto de formas “paradigmáticas” o “privilegiadas” del saber. Las disciplinas intelectuales cumplen propósitos distintos, y sus objetos de estudio requieren métodos diferentes. En el ámbito humano se lidia, por ejemplo, no sólo con causas sino con sentidos y significados; esto exige, amén de explicar, interpretar la vida social y la acción humana.

De ahí que el historiador y el científico social idealmente posean un vigoroso “sentido de la realidad”: no un conjunto de conocimientos fácticos del pasado —escribe Isaiah Berlin—, sino un agudo sentido histórico de lo que es posible o inverosímil en el teatro de las acciones humanas. No se trata de aplicar leyes mecánicas o máximas generales. Se trata de desarrollar un fino juicio que arroje luz sobre las situaciones históricas, similar al de los más sagaces hombres de acción.

Si somos incapaces de situarnos en el lugar de los actores humanos y de percibir sus esperanzas y lealtades más profundas, jamás podremos entender una época histórica, un ideario político o una práctica social.

“Sin una capacidad para la simpatía [empathy] y de imaginación superior a la que se requiere del físico, no se puede tener visión ni del pasado ni del presente, ni de otros ni de nosotros mismos; cuando se carece de ellas totalmente, el pensamiento común y corriente —así como el pensamiento histórico— no puede funcionar en lo más mínimo.” (Isaiah Berlin, El estudio adecuado de la humanidad, “El concepto de historia científica”, FCE).

Sin embargo, pese a las precauciones de Aristóteles, Heidegger, Berlin y tantos otros, seguimos imitando de manera acrítica e incluso fetichista la lógica y prácticas de las ciencias naturales. ¿En verdad deben las ciencias sociales y humanidades emular el progreso de la física o la química? ¿No hay una pérdida en sustituir el libro y la tradición ensayística por el paper y la escritura académica “científica”?

Superar el complejo de inferioridad ante las ciencias naturales sería el primer paso para entablar —como propusieron C. P. Snow, Michel Serres o Stephen Jay Gould— un diálogo entre ciencias y humanidades. Ello permitiría afrontar los desafíos actuales con más perspicacia y comprender mejor los laberintos de la condición humana.

Esta cuestión, en apariencia puramente teórica, no resulta ociosa. En una época de creciente dominio tecnológico y desorientación moral, defender el estudio adecuado de la humanidad equivale a proteger no sólo una cultura intelectual distintiva, sino los valores de la civilización frente al oscurantismo y la barbarie.

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