Domingo, 19 de Julio 2026

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Claudia y Zohran

Por: Luis Ernesto Salomón

Claudia y Zohran

Claudia y Zohran

Bajo las luces del MetLife Stadium, el palco tendrá algo de cumbre, algo de corte y algo de teatro. Allí coincidirán Donald Trump, Claudia Sheinbaum, Mark Carney, el rey Felipe VI, la reina Letizia y Pedro Sánchez. Javier Milei seguirá la final desde Argentina. Y en el centro aparecerá Gianni Infantino, sonriente ante los rumores sobre una inclinación de la FIFA por la selección argentina: nada demostrado, aunque en el futbol la sospecha suele adelantarse al silbatazo. Sobre la cancha se decidirá el campeonato; en las gradas, gestos y fotografías serán leídos como mensajes diplomáticos.

Sheinbaum llegará invitada por Trump. El contexto rebasa al futbol: la revisión del T-MEC, las exigencias estadounidenses en seguridad, las tensiones migratorias y una relación bilateral sometida a presiones crecientes. No se ha confirmado otra actividad, aunque la presencia de los tres gobernantes norteamericanos abre la posibilidad de conversaciones paralelas.

A pocos kilómetros se extiende Nueva York, centro financiero y cultural del mundo y también capital migratoria. Cerca del 37 por ciento de sus habitantes nació fuera de Estados Unidos. Entre ellos hay alrededor de 150 mil mexicanos, cifra que crece en toda la zona metropolitana.

Existe cierta coherencia histórica en que la ciudad sea gobernada por alguien cuya biografía encarna esa diversidad. Zohran Mamdani nació en Uganda, en una familia de origen indio, emigró durante su infancia y se naturalizó estadounidense. Es el primer alcalde musulmán de Nueva York. Pertenece a los socialistas democráticos y ha construido su trayectoria alrededor de la vivienda accesible, el transporte público y la reducción del costo de vida.

Un socialista democrático gobierna así la ciudad donde Trump nació y elaboró su personaje público. Mamdani representa casi todo aquello que el trumpismo combate: una izquierda urbana, multicultural, favorable a los migrantes y crítica de la política estadounidense hacia Israel.

Sin embargo, la relación entre ambos ha sido más cuidadosa de lo que sugerían sus posiciones. Después de los ataques de campaña, Trump recibió a Mamdani en la Casa Blanca y encontraron espacios para hablar de vivienda, costo de vida y migración. Ninguno renunció a sus convicciones: gobernar exige reconocer la legitimidad del otro.

Sheinbaum ha seguido una ruta semejante. Ha procurado mantener la cooperación sin aceptar la subordinación, responder a las presiones sin convertir cada diferencia en una crisis y administrar una relación en la que México dispone de poco espacio para la estridencia. Su trato con Trump se sostiene sobre una disciplina pragmática: negociar lo indispensable, defender la soberanía y evitar que la retórica desplace a los resultados.

Ese equilibrio enfrenta varias pruebas. Washington exige mayor colaboración contra los cárteles y sus redes financieras; México protesta por las acciones migratorias contra sus ciudadanos; el T-MEC vuelve al centro de una negociación marcada por presiones comerciales. A ello se agregó la ausencia mexicana en la reunión convocada en Washington sobre el llamado resurgimiento del terrorismo político de extrema izquierda. La decisión pudo responder al sesgo ideológico del encuentro, pero fue leída como una toma de distancia.

En estas circunstancias, una reunión entre Sheinbaum y Mamdani tendría una carga simbólica considerable. Sus adversarios podrían presentarla como el acercamiento entre dos expresiones de la izquierda continental. La fotografía de una presidenta surgida de Morena junto al alcalde socialista, musulmán y propalestino sería utilizada de inmediato en la disputa estadounidense.

Pero esa lectura sería insuficiente.

Ambos pertenecen a familias marcadas por la migración. Él llegó a Estados Unidos desde África dentro de una familia de raíces indias; ella desciende de inmigrantes judíos de Europa oriental y creció en un ambiente secular. Los dos comprenden la política desde las grandes ciudades: Mamdani gobierna Nueva York; Sheinbaum gobernó la Ciudad de México. Ambos han colocado las políticas sociales, el transporte y la vivienda en el centro de sus proyectos.

También comparten la experiencia de tratar con Trump: resistir su retórica, enfrentar algunas decisiones y encontrar fórmulas para trabajar con él. Mamdani lo hace desde una ciudad dependiente de recursos federales. Sheinbaum, desde un país cuya economía, seguridad y destino migratorio están profundamente vinculados con Estados Unidos.

Un eventual encuentro no tendría que convertirse en una declaración ideológica. Podría concentrarse en asuntos concretos: protección de los mexicanos, cooperación consular, movilidad, vivienda, cambio climático e intercambio cultural.

Quizá mañana no haya reunión. Tal vez la visita produzca sólo imágenes protocolarias y alguna conversación reservada. En diplomacia, la prudencia a veces aconseja posponer una fotografía.

Pero Claudia Sheinbaum y Zohran Mamdani terminarán coincidiendo. No porque deban construir una alianza ideológica, sino porque representan dos dimensiones de una misma transformación. América del Norte ya no puede comprenderse únicamente desde sus fronteras y tratados comerciales. También está formada por ciudades, comunidades migrantes e identidades múltiples.

La relación entre México y Estados Unidos se negocia en Washington, pero se vive todos los días en lugares como Nueva York. Allí ya existe la América del Norte plural que la política todavía intenta comprender.

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