Domingo, 19 de Julio 2026

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Cuando iba al Oratorio

Por: Abel Campirano

Cuando iba al Oratorio

Cuando iba al Oratorio

Estudié en escuela y colegio. Una diferencia ni tan sutil, porque en la primera se privilegiaba el laicismo y en el segundo aunque no se privilegiaba la religión, sí era parte de la formación moral de los educandos y hablando francamente preferí siempre el Colegio.

De mis padres recibí un gran tesoro como herencia: la religiosidad, lo cual me ha permitido tener una Fe absoluta e inquebrantable. Mi formación académica siempre ha tenido presente el sentido de la piedad y la devoción, lo que vino a complementar esa herencia paterna.

En el Colegio, después de hacer la formación en el patio principal, avanzar por orden cada uno de los grupos a los salones al compás de la marcha Radetzki, lo primero que hacíamos después de dejar nuestra mochila y útiles escolares en el mesabanco, era encomendarnos a Dios, guiados por la profesora, una monjita, la querida e inolvidable maestra Sor Guadalupe Leticia, Amequense, de la familia Anzaldo Vega.

“Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. “Envía Señor tu Espíritu” y nosotros contestábamos: “y se renovará la faz de la Tierra”. Con esa sencilla pero hermosa oración invocábamos a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad para que nos iluminara, nos abriera el entendimiento y aprendiéramos las lecciones.

En una de las paredes del salón de clases estaba la imagen del entonces venerable mártir el señor Cura Don José María Robles, hoy Santo, oriundo de Mascota, Jalisco, y quien durante la guerra Cristera fuera ahorcado en la Sierra de Quila y es el patrono de la orden de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús Sacramentado, y en su tiempo de párroco en Mascota era el capellán de las religiosas del Verbo Encarnado y posteriormente de las Siervas de Jesús Sacramentado y Director del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús.

Cuando recibíamos la visita del inspector de la Secretaría de Educación Pública, de inmediato procedíamos a descolgar el cuadro del hoy Santo, para poner en su lugar —hágame usted el favor— el de otro Cura, el padre Miguel Hidalgo y Costilla, para que no nos fueran a multar o a clausurar la escuela, pues todavía estaba reciente el intento de establecer la educación socialista en nuestro país, y se temía por el cierre o la desincorporación de los colegios al sistema educativo nacional. ¡Qué tiempos!

Pero en mi Colegio había un espacio seguro, que a mí en lo particular me encantaba visitar y estar allí: el Oratorio. Todo silencio, el olor a madera de las bancas y del piso, el de las flores, un olor suave a incienso y de la cera de las velas, pareciera que allí estoy ahora; al momento de escribir esta colaboración, mi mente se trasladó hasta mi infancia y les aseguro que llegaron hasta mí esos olores, los percibo exactamente como antes y vuelvo a sentir la tranquilidad y la paz que experimentaba en ese entonces y que en este momento vuelvo a vivir con inmensa alegría y sobre todo con mi agradecimiento a Dios por permitirme llegar en el camino de la vida hasta aquí, donde puedo compartir con ustedes estas vivencias lo que me llena por otra parte de gratitud a ustedes queridos lectores por su paciencia en leer mis artículos.

Todavía no hacía mi primera comunión y no había nada más que anhelara que recibir a Jesús Sacramentado y mientras eso sucedía, tarde se me hacía en pedir permiso para ir al Oratorio pues siempre me llenaba de paz, pero sobre todo de la presencia de Dios Nuestro Señor. Cada ocho días había misa en el Oratorio, la oficiaba el Padre Antonio Sarmina que era un sacerdote de los Misioneros de Guadalupe y les confieso que acaricié la posibilidad de abrazar la vida religiosa e irme de Misionero para dar a conocer el Evangelio, pero Dios me tenía reservado otro Ministerio. Los caminos del Señor son insondables y aquí me tienen escribiendo un artículo para mi querido periódico EL INFORMADOR.

El Oratorio estaba a cargo de las Madres en su cuidado y conservación y los alumnos que tenían el mejor promedio eran invitados de vez en cuando a participar en el aseo, y créanmelo que era una de las tareas que esperaba con ansia cada fin de semana, lo digo sin falsa modestia, era aplicado y me esforzaba porque quería ir aunque fuera un ratito al Oratorio.

Tiempo después, y no sé cuál fue la razón, pero ya no hubo más misas en el Oratorio del Colegio y empezaron a llevarnos a misa los sábados al Templo de nuestra Señora del Pilar, en Madero y Parroquia (hoy Enrique González Martínez) pero siempre añoraba las misas en el Oratorio, aunque tuve el privilegio —que sigo agradeciendo— que me permitieran las Madres hacer mi primera comunión un bien recordado 8 de diciembre día de la Inmaculada Concepción, allí en mi lugar favorito.

Los recuerdos de mi colegio son entrañables. Seguramente ustedes al momento de leer el artículo habrán evocado los suyos, en cuyo caso se cumple uno de mis propósitos, que esta columna, de alguna manera propicie la convivencia familiar, platicando con la esposa, los hijos o los nietos sus aventuras en la escuela, en el colegio, quizá en el internado, pero que son de esos tesoros que hemos acumulado a lo largo de nuestra vida y mientras estemos en este mundo, habremos de revalorar y de revivir cuantas veces queramos, porque solo necesitamos acudir a la memoria, abrir el baúl de los recuerdos y reencontrarnos con los profes, las maestras, los libros, los cuadernos, los lápices, los amigos…y los Oratorios.

Por hoy es todo, los espero Dios mediante el próximo domingo aquí en EL INFORMADOR. Tendré cafecito, bísquets, mantequilla y mermelada de fresa por si gustan. Espléndido domingo.

lcampirano@yahoo.com

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