Hay una extraña alquimia que ocurre cada cuatro años: la cancha se convierte en un coliseo, el balón en símbolo, y de pronto, sin que nadie lo invite, aparece el antiguo rencor de los pueblos, que sube por las gradas como una sombra, con la crueldad como en tiempos de los gladiadores romanos Este Mundial ha vuelto a traerlo: el antiargentinismo, el antimessismo, ese ir contra un país entero como si fuera posible odiar a toda una nación por lo que hacen 11 jugadores en la cancha. Y confieso que me detengo a mirar este fenómeno sin escándalo alguno, sino con la curiosidad de quien detecta viejas heridas que se mezclan con el futbol.Porque el deporte olímpico aunque a veces se olvide, es una bandera de paz y concordia que nació con una promesa casi divina: que los humanos se pudieran encontrar donde las banderas fracasan. La tregua sagrada de Olimpia detenía las lanzas para que corrieran los pies. Ahí está el secreto que hoy se nos escapa entre los dedos como arena: el estadio debía ser el único territorio donde un espartano y un ateniense se pudieran mirar sin la espada. Esa es la filosofía que sostiene, como un paraguas invisible, a toda la arquitectura del deporte moderno: tolerancia, juego limpio, dignidad del adversario, y, con ello, se nos olvida la de no arrastrar la política, la guerra, el resentimiento colonial, el chisme histórico de los pueblos a los estadios.Porque cuando digo “no le voy a España, que nos conquistó hace cinco siglos”, o “no soporto a los argentinos”, no estoy hablando de futbol: estoy hablando de heridas históricas que usa al balón para no cerrarlas. El estereotipo es siempre así, un atajo de la mente resentida: en vez de mirar al otro, miro la etiqueta que le puse. Y ese fanatismo, en el fondo, se convierte en una religión mal digerida, una fe que en lugar de congregar, incendia lo hermoso. Lo que quiero rescatar aquí es que el mismo fuego que enciende el odio es el que debería prender la pasión más elevada: la que hace llorar a un padre viendo a su hijo meter un gol, la que junta a desconocidos en las gradas gritando lo mismo. La tarea no es apagar ese fuego, sería apagar lo humano mismo sino darle un mejor destino, como el río que se vuelve fértil a lo largo de su cauce. Ahí está la disciplina espiritual del aficionado sabio: es gozar sin veneno, competir sin destruir, admirar a Messi o a Cristiano sin necesitar que el otro sea humillado para que el propio ídolo brille.Cada Mundial nos ofrece esa elección: convertir un estadio en un lugar de encuentro y no en una trinchera. La pelota no sabe nada de fronteras. Somos nosotros quienes decidimos si rueda hacia la fiesta y la concordia o hacia la guerra, el resentimiento, los prejuicios y el odio bélico.dellamary@gmail.com