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Miércoles, 16 de Octubre 2019
Ideas |

Y la luz se deshizo

Por: Paty Blue

Y la luz se deshizo

Y la luz se deshizo

Algo muy malo debo traer entre los más ocultos intersticios corporales, que recientemente me han vuelto una temible dama de peligro. Dirán ustedes que mi natural deslenguado anda provocando desastres y desatando sentimientos tempestuosos entre quienes me rodean, pero nada más lejos de eso porque, aunque tal afirmación pudiera desatar recelos y suspicacias entre mis incrédulos parientes que no pocas veces me tachan de incómoda, creo que la vejez me comenzado a redituar en la tolerancia, paciencia y prudencia de las que nunca antes hice gala.

De repente pensé que por fin había dado con las vitaminas adecuadas para dotarme de esa robustez anímica que a ratos me anda haciendo falta, y que la persona que con tanto énfasis me las recomendó era tan íntegra, como mi convicción de no volver a caer en garlitos de charlatanes mercadológicos que le ensartan a uno esos milagrosos revitalizantes, que no obran mayor prodigio que el que se consigue, a ciertas horas del día, con una Coca (la Pepsi también funciona) bien helada.

Mas, pronto me di cuenta de que no traía yo tan inaudita energía renovada por efectos de la maravillosa herbolaria contenida en las tabletas sugeridas e ingeridas sino, más bien, que por alguna extraña razón, traía yo los electrolitos internos haciéndome corto circuito, y éstos descargaron su letal potencia en cuanto mi dedo índice entró en contacto con el apagador de mi recámara, con la intención de encender un foco que, con un deslumbrante estertor, lanzó su último aliento.

Apenas dos días después, cuando apliqué un idéntico operativo sobre una lámpara de escritorio para iluminar mis pocas luces tempraneras, ésta repitió la fulgurante postrimería, antes de morir sin haber presentado la mínima agonía. Ahí sí pensé que, como le pasó al Hombre araña, el mordullo que salió volando de un árbol y encontró en mi cuello su pista de aterrizaje ideal, con su piquete me había conferido poderes electrizantes. Buen fundamento tuve para, por lo menos, sospecharlo, porque haciendo memoria me percaté de que dos semanas atrás, con el mismo e inocuo procedimiento, me había cargado la bombilla del cuarto de mi hermana.

No me empavoreció asumir que había yo adquirido un superpoder que en lo sucesivo podría servirme para aniquilar mosquitos o freír chicharrones; lo que me espantó fue advertir que los tres fanales fundidos, en su calidad (y precio) de unidades “ahorradoras”, no respondieron al augurio de sus fabricantes, al incumplir con los seis años de duración ostentados en su envoltura.

Recordé entonces que sus predecesores, aquéllos focos que la propia CFE expendía en abonos, con cargo al recibo de consumo, eran realmente más costosos, pero ciertamente más efectivos a la hora de ahorrarnos vueltas a la tlapalería para reponerlos. Hoy sé que no soy un fenómeno digno de protagonizar un cómic de Marvel, pero también estoy cierta de que los faroles domésticos que se han vuelto obligatorios, porque ya no venden de los baratitos de antes, además de proyectar esa horripilante luz fría (como de morgue), son un genuino, indiscutible y probado fraude, además de un desacato al mandato divino de hágase la luz.

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