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Viernes, 17 de Agosto 2018

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Tránsito y prisas

Por: Juan Palomar

Tránsito y prisas

Tránsito y prisas

La prisa pareciera algo inherente a la ciudad. Por ejemplo, una cantidad importante de los conductores de vehículos experimentan, con demasiada frecuencia, una problemática premura por llegar a sus destinos. Esto se debe, naturalmente, a la cada vez más complicada circulación por las vialidades metropolitanas. O a la escasa previsión de los recorridos por determinados usuarios. Pero también a una costumbre inconscientemente impuesta: la de, sin más, automáticamente, avanzar lo más rápido posible, sin importar los riesgos inherentes.

La prisa consuetudinaria representa un muy alto costo para la comunidad: en accidentes, muertos y heridos, fuertes daños materiales, contaminación en todos los órdenes. Y en un generalizado clima de tensión nerviosa que afecta a todos los habitantes de la ciudad. El hecho de que un sector importante de automovilistas y operadores de transporte público y de carga se sientan con la necesidad de avanzar, a como dé lugar, a mayor velocidad y violando con frecuencia los ordenamientos de tránsito es un problema muy grave.

Habría que empezar, ante esta problemática, por reconocer que un gran porcentaje de los habitantes de la urbe es el factor que congestiona las vías públicas. El uso indiscriminado del automóvil particular ha rebasado con mucho las capacidades de un sistema vial que nunca estuvo preparado para las actuales cargas vehiculares. Es un hecho patente, como lo es el que las obras viales simplemente posponen por poco tiempo el estado de las cosas. Y la saturación vehicular aumenta. Ello apareja un costo exorbitante: el incremento de los riesgos que se mencionan y la incalculable cantidad de tiempo que se desperdicia cotidianamente en la cada vez más lenta circulación por nuestras calles.

Es necesario asumir las consecuencias de esta situación. Y racionalizar al máximo los desplazamientos cotidianos. Lenta, pero seguramente, el actual estado de cosas lleva a la conclusión de que la presente inercia lleva a un callejón sin salida. Resulta más  que evidente que es preciso orientar las grandes inversiones públicas en adecuados medios de transporte masivo, o en sistemas de movilidad alternativos como la bicicleta, apropiado recurso para un alto porcentaje de los viajes de un muy amplio sector poblacional.

Estas medidas están avanzando. Si bien, todavía no con la premura necesaria, una inercia de décadas parece finalmente irse aminorando. Las mismas dificultades del sistema automovilístico, su creciente lentitud y su muy alto costo, han comenzado desde hace tiempo a instalar una certeza comunitaria: debemos cambiar, adecuar y modular la manera de movernos en la urbe. A la par de lo anterior, es posible combatir la tan costosa prisa. Tener en cuenta que la realidad obliga a ser mucho más previsores con el tiempo de los desplazamientos. Actuar en consecuencia, reforzando así la seguridad y las condiciones generales de habitabilidad de la ciudad. Y, sobre todo, pugnar lúcidamente para cambiar el actual estado de las cosas.

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